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Evangelio del día ¿Qué quieres que haga por ti? Señor, que vea otra vez Lc18,35-43

Recuerdos de la residencia Juana Jugan

Hermanitas de los Pobres

Recuerdos de la residencia Juana Jugan

Algunas personas han ido recordando en las semanas previas a la despedida de las Hermanitas de los Pobres de Vitoria las experiencias vividas, muy de cerca, en la residencia Juana Jugan.

Hermanitas de los PobresDedicación en amor servicial, vivida y pronunciada en silencio: Las Hermanitas de los pobres en Vitoria.

Desde mi experiencia

Durante varios años, mi hermano Jesús fue portero en Seminario Diocesano de Vitoria.

Una tarde del mes de junio de 1997 le sorprendió repentinamente un aneurisma cerebral durante su turno de trabajo. Trasladado urgentemente al hospital de Cruces fue intervenido quirúrgicamente. A consecuencia de la intervención perdió el habla definitivamente y tuvo problemas motores de cierta importancia.

En septiembre de ese año fue acogido en la casa de las Hermanitas de los pobres de Vitoria, donde permaneció hasta el día 9 de enero de 2017, fecha de su fallecimiento.

En las Hermanitas Jesús se sintió muy bien, muy querido y cuidado; fue progresando en autonomía personal gracias a la cercanía y al trato humano cálido tanto de las religiosas de la comunidad de las Hermanitas con su sobresaliente cariño fraterno-maternal, como de los y las empleadas, de los voluntarios y las voluntarias y de todos los residentes.

Jesús no se acomplejó por la imposibilidad de comunicarse verbalmente; se expresaba y se hacía entender por medio de un rico lenguaje no verbal que inventaba. Utilizaba una única expresión verbal: “Paquito pa”. Todos y todas en las Hermanitas le conocían como “Paquito pa”, más que por su nombre.

Gracias a la acogida cálida y al trato cordial que experimentó por parte de todos en las Hermanitas, Jesús pudo ser él mismo a pesar del freno de sus limitaciones. La sonrisa estaba siempre presente en sus labios como respuesta agradecida sin palabras. Sin duda esa experiencia tan positiva ha sido también la de todas las personas que convivían en esa bendita casa grande. Así lo expresaban con frecuencia.

La casa de las Hermanitas de los Pobres ha sido siempre un verdadero hogar, con el calor de familia para los y las residentes acogidos en ella, de modo que pudiesen sentirse como en su casa. La talla de la Sagrada Familia que destacaba en la capilla ponía de relieve el deseo y el propósito de hacer de la casa de las Hermanitas de los pobres una casa grande de familia numerosa.

La atención religiosa a los residentes ocupó siempre un lugar importante, destacando la celebración diaria de la Eucaristía que reunía diariamente a muchos residentes en torno al altar.

Entre todos: religiosas, personal profesional, empleados y empleadas, voluntarios y voluntarias, habéis mantenido vivo el fuego del hogar de familia en las Hermanitas. Mi hermano Jesús, desde el cielo os dice: “Paquito pa. Gracias”.

Tasio Lesaga, sacerdote.

“La historia de las Hermanitas de los Pobres en Vitoria está llena de pequeñas historias, como la de mi madre que fallecía en esta casa, su último hogar, la mañana del 13 de septiembre de este año. Le habían dado de desayunar en la habitación y colocado en su butaca mientras le hacían la cama. Un suspiro e inclinó la cabeza. Rodeada de quienes habían sido también su familia en el último año. Solo tengo palabras de agradecimiento por todo el cariño y la atención que recibió mi madre en esta casa. Historias como esta las hay muchas más. Pero también hay historias hermosas con los familiares de los residentes, con el personal sanitario y las cuidadoras de cada día; con los voluntarios y hasta con algunos jóvenes como los que el pasado día 28 de diciembre, atendiendo a una llamada hecha desde el Colegio de San Viator, se animaron a compartir unas horas con las hermanitas y los ancianos. Ellos y ellas quedaron impresionados y las monjas les dijeron en varios momentos: “no dejéis de venir a visitar a los ancianos”. Esta llamada seguía resonando en la cabeza de algunos de los jóvenes que habían experimentado la paciencia que se necesita para dar de comer a un anciano con un grado alto de dependencia. Quizá alguno se haya encontrado con su futura vocación personal y profesional. Historias como la de un profesor de religión que recuerda nítidamente la imagen de las monjas cuando atendían a los pobres y ancianos en la casa ubicada en lo que hoy es el Parque del Norte”.

Vicente L. García

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