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Carta del Obispo de Vitoria por el día de San José

Carta del Obispo de Vitoria por el día de San José

Carta del Obispo de Vitoria, D. Juan Carlos Elizalde, por la Solemnidad de San José.

En medio de la austeridad cuaresmal celebramos la solemnidad de San José, esposo de María y padre legal de Jesús. Con más austeridad, incluso litúrgica, este año en medio de la pandemia que nos encierra en nuestras casas. Es el día del padre:¡Felicidades a todos los padres! Y a los Pepes y Pepas, José y Josefas y a nuestros Joxes. Es el patrono de los seminarios, así que, ¡Felicidades a seminaristas y formadores! Encomendamos a San José muchas y santas vocaciones sacerdotales para nuestra Diócesis. ¡Intención preferente en esta cuarentena! ¿De acuerdo? ¡A por ello! Es San José también patrono de la buena muerte, entre María y Jesús. A él encomendamos a todos los que están falleciendo por esta pandemia.

Al hilo de la lectura de la Palabra de Dios, quiero hacer varias consideraciones sobre San José que nos pueden ayudar.

1.- Dios es reconstructor de historias.

Históricamente San José es descendiente de la casa de David. Este rey quería construir al Señor una casa y por medio del profeta Natán, Yahvé le contesta: ¿Tú a mí una casa? ¡Yo sí que te voy a construir una casa!.

«Ve y dile a mi siervo David: «Esto dice el Señor: cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre»», hemos proclamado en la primera lectura del segundo libro de Samuel.

El texto juega con la palabra «casa«. David quiere construir para Dios una casa en el espacio con piedra, madera y mármoles. Dios construirá para David una casa en el tiempo, una descendencia, la casa real de David. Dios es constructor, mejor, reconstructor de historias. De eso entiende. Nosotros somos especialistas en construir casas con sus hipotecas y sus gastos de mantenimiento y llega el coronavirus y tambalea nuestra casa cuando nos enfrenta a nuestra historia, a nuestro proyecto y a la descendencia que dejamos. Tanto tiempo en casa nos puede ayudar a seguir construyendo nuestra historia o al menos a intentar reconstruirla.

Dios a San José le complica la vida. Como cualquier joven de su tiempo, soñaría con una chica y querría formar una familia. Y en cambio, el Señor tenía para él otro proyecto: una casa en el tiempo, una descendencia, una familia nueva y universal, la Iglesia, de la que también será patrono. San José querría construir una casa como todo el mundo y hoy le recordamos por su increíble cometido en la historia de la salvación: ser custodio de María y de Jesús. No hay proyecto más importante en el mundo. A él entregó todas sus energías.

2.- Somos importantes por las vidas que acompañamos.

De Abraham se nos dice en la segunda lectura de San Pablo a los romanos: «Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia».
Por lo cual le valió la justificación»
.

De San José no sabemos casi nada. De María sabemos más cosas e incluso alguna palabra que pronunció. De San José ninguna, nada de nada. Y sin embargo ¿Quién recibió una misión más importante en la historia de la salvación? Dios le confió las personas más importantes de la humanidad. José es lo que es no por sus destrezas y habilidades, no por su pasado genealógico, sino por las personas que acompaña, para las que vive y por las que da la vida. Somos importantes no por nuestros títulos y medallas sino por las personas que acompañamos, a las que ayudamos a crecer y por las que nos desvivimos. Esta pandemia es indiscreta. Nos interroga implacable: ¿Con quién estamos recluidos?, ¿con quién nos gustaría estar?, ¿a quién estamos entregando la vida? Realmente, ¿para quién vivimos?, ¿quién nos importa de verdad? San José lo tuvo bien claro. Siempre estuvo ahí, con María y José, cuando y como le necesitaron. Aunque eso implicara renunciar a un proyecto personal en el sentido posesivo. San José sí que creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones. ¿Hay vida más grande que vivir para? Sólo tenemos de verdad lo que entregamos. Acaba siendo nuestro sólo lo que compartimos. Lo que no, se pierde, como el grano de trigo si no se pudre para dar fruto.

3.- El Señor nos habla desde los acontecimientos que nos desbordan.

Leemos en el evangelio de San Mateo hoy: «María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor»
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Y más adelante, cuando Herodes busca al niño para matarlo, también el ángel del Señor, le avisará en sueños para que con María huyan a Egipto. Siempre en sueños. ¿Por qué en sueños? Porque no nos podemos defender. Si Dios nos habla de día, cuando estamos despiertos, nosotros vamos a lo nuestro y pasamos de Él. Nosotros somos Dios y hacemos y deshacemos. Ni le escuchamos ni le añoramos. Cuando la vida nos desborda y palpamos nuestra impotencia, al menos estamos receptivos. Por eso, «sueños» no es estar dormidos en la cama, sino las situaciones de pasividad: paro laboral, crisis familiar o enfermedad.
Estos días estamos experimentando nuestra natural fragilidad. Claro que esto no lo quiere Dios, pero tenemos que ser lúcidos y sacar las consecuencias más inteligentes para nuestra vida. Cuando siento que mi vida se detiene y que todo me desborda, ¿qué es lo más importante en este momento y qué debo priorizar? Cuando ya no me puedo apoyar en mis fuerzas ¿en qué o quién tengo que confiar? Cuando no puedo gestionar mi futuro ¿cómo tengo que vivir el presente o releer el pasado? Tiempo interesante para confiarnos a San José.

4.- Hay situaciones en que todos sufrimos y nadie tiene la culpa. A veces nos envenenamos cuando buscamos culpables.

Uno de los evangelios que se puede elegir en esta solemnidad es el de Jesús perdido y hallado en el templo, tal como está relatado en el capítulo 2 de San Lucas. Después de buscarlo, sus padres angustiados, lo encuentran al tercer día en el templo.

«¿No sabíais que tenía que estar en la casa de mi Padre?» La verdadera sabiduría de Jesús, que había admirado a los doctores, es estar en la casa, en las cosas, en la voluntad del Padre. En silencio, sin reproches, sin bronca, «María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón».

Todos los padres del mundo saben que los problemas con los hijos son causa segura de discusión matrimonial. Aquí María y José no se hacen ningún reproche, ninguna palabra que delate falta de sintonía. Karl Rhaner, en sus Meditaciones sobre los Ejercicios Espirituales, comenta con agudeza que la Virgen sufre, José sufre, el niño sufre y nadie tiene la culpa. Hay situaciones en la familia, en la Iglesia, en el trabajo, en que todo el mundo está sufriendo y nadie tiene la culpa. Nos envenenamos cuando buscamos culpables. Estos días de estrecha convivencia familiar y comunitaria pueden ser propicios a echarnos la culpa. Es inteligente la postura de José y el silencio de María. «El niño crecía en estatura y gracia ante Dios y ante los hombres». Está en juego el crecimiento de los nuestros.

Termino con unas palabras de Santa Teresa de Jesús sobre la devoción que tenía a San José. A él se encomendó especialmente en el momento de su terrible enfermedad, en los albores de su conversión y en los inicios de sus experiencias místicas extraordinarias. Pero su relación es constante. Lo cuenta de maravilla en el capítulo 6 del Libro de la Vida. Palabras muy certeras para comprobarlas en este momento que vivimos.

«Como me vi tan tullida y en tan poca edad, y cuál me habían parado los médicos de la tierra, determiné acudir a los del cielo para que me sanasen… y tomé por abogado y señor al glorioso San José y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo. De los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma. Que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; de este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas; y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra…, así en el Cielo hace cuanto le pide… Procuraba yo hacer su fiesta con toda la solemnidad que podía, más llena de vanidad que de espíritu… Querría yo persuadir a todos fuesen devotos de este glorioso Santo por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud… Paréceme ha algunos años, que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida. Y si va algo torcida la petición, él la endereza, para más bien mío. Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargara en decir por menudo las mercedes que ha hecho este glorioso Santo a mí y a otras personas. Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial personas de oración siempre le habían de ser muy aficionadas … Quien no hallare Maestro que le enseñe oración, tome este glorioso Santo por maestro y no errará el camino. Plegue al Señor que no haya yo errado en atreverme a hablar de él, porque, aunque publico serle devota, en los servicios y en imitarle siempre he fallado».

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