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Evangelio del día El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra Jn8,1-11

Evangelio comentado 26 marzo

Evangelio comentado 26 marzo

Lee la Palabra de Dios y tómate un tiempo para meditarla. ¡Feliz lectura!

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 5, 31-47

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:
«Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí.
Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.

Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.

Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis.

Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros.

Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis.

¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Comentario por José Ignacio Calleja

Tiempos difíciles estos para los seguidores del Evangelio, pero cuáles no lo fueron.

Sucede que habíamos previsto que en la extrema necesidad, fácil sería decir en el mundo, “amigos, hermanos, aquí está Dios, todo en Él, Amor y Sentido, Padre y Madre de la compasión y la ternura, desvivido siempre por nosotros y a nuestro lado; vaciado de todo hasta la muerte de cruz, como nosotros, y sin embargo Vivo, para nosotros. Venid todos, ¿hay algo más consolador? Venid todos, ¿hay fracaso más cargado de esperanza? Venid todos, ¿hay amor que pueda dejar un resquicio más claro de fraternidad?”.  No era fácil decir esto, pero en el desastre todos nos volvemos más atentos al sentido. 

Y de pronto la tragedia llega pidiendo que nos encerremos para evitarla, que nos alejemos físicamente para ganarle la partida. Los caminos del Evangelio samaritano no eran los que habíamos previsto y aquí estamos, vueltos a la Palabra, por ver qué pudiera estar mostrando. Y vueltos a la realidad de la gente y de nuestro empeño comunitario, queriendo trenzar esa realidad y la Palabra, seguros de que Dios ha de estar diciéndonos algo. Caminando al lado y susurrando algo. Como el grano de mostaza, como la semilla en el surco, como la sal de la tierra, como la luz sobre el celemín. 

Jesús se sabe en el evangelio de Juan el enviado del Padre, el que dice sus palabras y hace sus obras, pero ¿quién le creerá? Ya se lo había respondido a los discípulos de Juan Bautista, “id y contadle lo que oís y veis… y dichoso aquel que no se escandalice de mí”. Pero Juan, al cabo un humano como nosotros, no es suficiente testimonio. El Evangelio de Juan reclama que es Dios mismo quien está dando testimonio de que Jesús es su Mesías, y lo hace por sus obras y palabras. Toda la Escritura lo avala y nadie que la lee, en la cátedra de los sabios y entendidos, lo está reconociendo. No miráis a Jesús como al Enviado del Padre. Y, así, Jesús se queja, entonces y ahora, de que observamos sus obras y no las reconocemos de Dios, y escrutamos la Escritura y no vemos a su Enviado. 

No podemos hallar vida, dice hoy el Evangelio, en obras y palabras que no sean las de Cristo, porque éstas son las de Dios en su Enviado. Las palabras y obras que expresan el amor de Dios, lejos de los honores humanos, y cerca de su corazón de Padre, dador de vida. Pero ¿cuáles son éstas y en este momento? Decía Jesús, decidle a Juan, “los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios… los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva”. ¿Cuáles son éstas hoy? Las que dan vida buena, las que realizan la vida de Dios en la vida humana, “porque cada vez que lo hicisteis con uno de esos hermanos míos tan insignificantes, lo hicisteis conmigo”. ¿Podemos hacer algo de esto?, ¿podemos hacerlo más unidos? Pidamos luz a Jesús y a los más frágiles para verlo.

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