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Evangelio del día Dios mandó su Hijo al mundo, para que el mundo se salve por él Jn3,16-18

Evangelio comentado 2 abril

Evangelio comentado 2 abril

Lee la Palabra de Dios y tómate un tiempo para meditarla. ¡Feliz lectura!

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 8, 51-59

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».

Los judíos le dijeron:
«Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?».

Jesús contestó:
«Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría».

Los judíos le dijeron:
«No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?».

Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy».

Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.

Comentario por Marijose Rodríguez 

Pocas certezas tenemos. Una de ellas es la de la muerte. Porque todo lo que está vivo, muere. Es parte del ciclo de la vida. Y teniendo en cuenta esa certeza, ¿nos puede extrañar la reacción de los que estaban oyendo -que no escuchando- a Jesús?

Sus palabras les debieron de sonar, efectivamente, a las de un loco, un endemoniado. Alguien que se ponía por encima de los profetas que, como todos sabían, a pesar de ser profetas, habían acabado muriendo, igual que el resto de los mortales… Y por oírlo a Él, ¿ya no iban a morir? ¡Qué locura es esa!

Jesús trata de aclarar que no les está pidiendo que hagan algo para ensalzarlo a Él, sino que «guarden sus palabras«, esto es, que las escuchen, que las mediten, que saboreen la Vida que se desprende de ellas, la alegría de la bendición (promesa a Abraham) y que pongan en práctica lo necesario para ser cauces de la misericordia de Dios a los otros (responder al Amor siendo sus colaboradores).

Al igual que Él lo está haciendo. Porque todo ello, viene de Dios, a quien conoce. Porque Él es. Nuevamente esta última afirmación fue demasiado para sus mentes, que si ya estaban predispuestas al no, ahora estaban también ofendidas, y solo podían ver ya en Jesús a un hereje. Por ello, se perdieron la alegría y la esperanza a la que estaban siendo invitados.

¿Y nosotras? ¿Acertamos a guardar su Palabra? ¿Vemos la vida que palpita cuando lo hacemos?

En estos días extraños que vivimos, quizá hayamos pensado en la muerte más que nunca. Siempre la habremos tenido presente, por los fallecidos conocidos y por las noticias de muertos en atentados, guerras, en éxodos, de hambre… Pero ahora el bombardeo de datos sobre los muertos con coronavirus cada vez más cerca (China, Italia, Madrid, nuestra ciudad) nos ha traído un sentimiento de fragilidad que pocas veces antes habremos experimentado de manera tan generalizada. Y un sentimiento de dolor compartido por la gente que muere sola, sin que la puedan «tocar», y por las familias a las que no se puede acompañar en su duelo con un abrazo. 

Pero al mismo tiempo, parece haber habido un «despertar» a la solidaridad, al compartir los dones, al reconocimiento del trabajo del otro, a la propia responsabilidad para salvaguardar el bien común. 

Y ante la imposibilidad de estar junto a otros físicamente, también la Palabra está siendo compartida por los medios que la técnica pone a nuestro alcance.

Ojalá, aún en la distancia, sepamos acompañar, compartir dones y alegría, valorar los esfuerzos ajenos y meditar la Palabra, para no ver la muerte para siempre, sino la vida.

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