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Evangelio del día El día del juicio le será más llevadero a Tiro y Sidón y a Sodoma que a vosotras Mt11,20-24

Evangelio comentado 14 mayo

Evangelio comentado 14 mayo

Lee la Palabra de Dios y tómate un tiempo para meditarla. ¡Feliz lectura!

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 9-17

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

Comentario por David de Andrés, laico

Hoy contemplamos una de las últimas palabras de Jesús a los Apóstoles en el contexto de la última cena, en la que los eleva a la categoría de amigos.

Empieza declarando su amor a los discípulos, que no es sólo amor genérico, sino “el amor del Padre”. Dios ama a todas las cosas en la existencia porque son buenas (o, más bien, son buenas como el las ama), pero el amor que tiene el Padre por el Hijo es el amor perfecto con el que Dios se ama a sí mismo, el Amor infinito que exige el Bien infinito. No dice que los ama simplemente como hombres, con el amor debido al ser humano de acuerdo a su dignidad intrínseca, sino con el amor del Padre, el amor de Dios por su único Hijo. ¿Cómo puede ser eso? Porque, por el bautismo, nos hemos hecho nosotros también hijos adoptivos de Dios, y ese amor que Cristo recibe por naturaleza como segunda persona de la Trinidad, nosotros, los bautizados que nos hemos unido al Cuerpo de Cristo, recibimos por gracia.

Esa gracia por la que hemos merecido amor no sólo de hombres sino de Hijos de Dios, es la que debemos mantener a toda costa, y dice seguidamente lo que debemos hacer para ello: guardar sus mandamientos. ¿A qué mandamientos se refiere? ¿a los diez mandamientos? ¿a los muchos consejos y mandatos morales que se encuentran en los Evangelios? Sí, pero todos ellos los resume en uno solo: “que os améis unos a otros como Yo os he amado”. Porque, como dice el Papa San Gregorio Magno, “¿por qué hace el Señor del amor un especial mandato, sino porque en el amor radica todo mandato? Porque así como de un solo tronco nacen muchas ramas, así también todas las virtudes se derivan de la caridad”. El amor de Dios sobre todas las cosas y del prójimo por amor de Dios no es sólo el único medio para vivir una vida moral, sino para que “la alegría de Dios esté en nosotros y llegue a plenitud”. En la búsqueda continua por la felicidad que es la vida, los anhelos infinitos sólo pueden cumplirse plenamente por un fin infinito, los deseos de alegría plena sólo pueden alcanzarse en un Bien pleno, y no en todo lo parcial y perecedero. Eso es lo que Jesús nos promete: la alegría plena en el amor permanente de Dios, primero en esta vida y plenamente en la que viene.

Sigue con un aviso de la Pasión, pero no un aviso amargo, sino mostrando lo alto y maravilloso de nuestra Redención: el mayor amor es el del que da la vida por sus amigos, y por tanto Dios nos ha rescatado dando su vida por amor (¡el mayor que existe!) y nos ha elevado así a la categoría de amigos. El amor de Dios existe desde el primer momento de la Creación, y existiría aún si no hubiera decidido redimirnos, o si lo hubiera hecho por otros caminos. Pero nada podía manifestar a los hombres el amor que Dios les tiene de forma tan clara y tan evidente como el santo sacrificio de la Cruz. Es por ese sacrificio que nos elevamos de la dignidad de meros siervos (de los siervos dominados por el temor servil, como dice San Agustín, ya que también hay una servidumbre y un temor de Dios llevados por el amor que son dones del Espíritu Santo) a la de amigos, y por el que Su gracia nos hace capaces de mantener sus mandamientos.

Y esta gracia, como su propio nombre indica, no la hemos merecido ni podemos hacerlo: no somos nosotros los que le hemos elegido, sino que Él nos ha elegido a nosotros. Como dice San Agustín, “si eligió a los creyentes, Él los hizo creyentes para elegirlos”. Démonos cuenta de cómo, en un tiempo y lugar plagado de ateísmo, agnosticismo o simple indiferencia, en el que parece que Dios haya desaparecido de las mentes de los hombres, si nosotros somos cristianos no es por nuestros propios méritos, sino por gracia. Un pequeño remanente, que no existe sino porque Dios lo ha querido, ha sido graciosamente apartado de los males del siglo. No rechacemos, pues, esa gracia que se nos ha dado, y esforcémonos por dar esos frutos de los que Nuestro Señor habla, y porque esos frutos permanezcan para siempre en la Eternidad. 

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