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Evangelio del día Si tuvierais fe, nada os sería imposible Mt17,14-19

Evangelio comentado 22 mayo

Evangelio comentado 22 mayo

Lee la Palabra de Dios y tómate un tiempo para meditarla. ¡Feliz lectura!

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Juan 16, 20-23a

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.
La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.
También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada».

Comentario por D. Juan Carlos Elizalde, Obispo de Vitoria

Último comentario diocesano del Evangelio diario en tiempos de pandemia. Una madre lo habría hecho mejor que el obispo, porque la imagen que pone Jesús es la angustia antes del parto. Pero sólo es una imagen. La realidad es la alegría por el amor del Señor que se abre camino en nuestra vida.

Jesús dice que la alegría del mundo no es la suya ni la de sus discípulos. Lo hemos experimentado. Se nos desmorona el estado de bienestar y la alegría del mundo desaparece. Con Jesús descubrimos una alegría que nadie nos puede arrebatar y que es compatible con el dolor, las dificultades y el sacrificio. El sentido que aporta Jesús a la vida asegura la alegría, la verdadera alegría. La razón de nuestra alegría es el amor apasionado del Señor por cada persona y su existencia.

Lo acabamos de proclamar: “También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría.” Volver a verle, saberle cerca, es recuperar la alegría. Nos suena desde los orígenes de la salvación. “Alégrate, el Señor está contigo.” Es la alegría de la hija de Sión, la alegría de María, de Isabel, de Jesús unido siempre al Padre y es la alegría de los testigos del Resucitado.

Cuando llega el dolor a nuestra vida, lo instintivo es sentirnos dejados de la mano de Dios. Cuando llegan las dificultades en la relación, en el proyecto y en el trabajo, la tentación es tirar la toalla. Pensamos que otra vez nos hemos equivocado y que es mentira esa promesa de felicidad que llevamos en el corazón.

Jesús encarna el amor incondicional del Padre, trata de hacer un mundo de hermanos y entrega la vida por cada persona y especialmente por las más vulnerables. Una opción así en un mundo vuelto sobre sí mismo, tiene como resultado la persecución, el desprecio y la lucha frontal. En estas palabras, unas horas antes de su muerte, Jesús habla de la angustia previa al parto, de las expectativas de dolor antes de una nueva vida, de un nuevo mundo y del proyecto del Padre sobre nuestra humanidad. Sólo su Resurrección asegura nuestra alegría porque es la señal de que la última palabra no la tiene el mal sino el amor fiel del Señor.

Jesús dice que “en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.” El dolor, las dificultades y la cruz son adelanto y prefiguración de la nueva vida y de la nueva humanidad. El grano de trigo tiene que pudrirse para dar mucho fruto, dice Jesús. Vamos saliendo de una etapa de dolor y de confinamiento. Que la alegría renovada que estamos experimentando, guíen nuestros pasos para edificar la Iglesia de Jesús y la humanidad fraterna que todos deseamos. Siempre la señal es la alegría. Y si aún estamos en la prueba, la alegría no es jaranera, sino que se transforma en esperanza, ánimo y fortaleza inasequible al desaliento. Es eco de la certeza de que el amor fiel del Señor nunca nos va a faltar. “Con Cristo siempre nace y renace la alegría.” Evangelii Gaudium 1

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