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Evangelio del día Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura Jn12,1-11

Cuaresma también para reconciliarte con el Señor

Cuaresma también para reconciliarte con el Señor

La Cuaresma es un tiempo para la conversión a Dios. Un momento para volver al origen de nuestra fe: Jesús. Semanas para intensificar la oración, la visita al Sagrario, para la lectura tranquila y sosegada de la Palabra, para prepararnos a contemplar la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. En definitiva, para estrechar el vínculo entre Cristo y tú.

Así, el Papa Francisco nos anima a vivir nuestra vida de una manera limpia, en paz, sin pecados que estorben este propósito de estar más cerca del Señor. Para ello, los cristianos tenemos uno de los sacramentos más bonitos y con unos efectos inimaginables para todo hombre y mujer : el sacramento de la reconciliación.

Así lo explica el Papa: «Hemos caído. Somos hijos que caen continuamente, somos como niños pequeños que intentan caminar y caen al suelo, y siempre necesitan que su papá los vuelva a levantar. Es el perdón del Padre que vuelve a ponernos en pie: el perdón de Dios, la confesión, es el primer paso de nuestro viaje de regreso. Los confesores, por favor, sean como el padre, no con el látigo, sino con el abrazo».

En el primer encuentro de esta Cuaresma entre los jóvenes de la Diócesis y el Obispo de Vitoria versó precisamente sobre este sacramento. Una treintena de chicos y chicas dialogaron sobre la confesión y leyeron textos de los tres últimos papas –Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco– con este sacramento en el centro. El Obispo contestó a las dudas de quienes preguntaron acerca de cómo hacer una buena confesión o qué significa confesarte y ante quién lo haces y quién es quien perdona tus faltas o errores.

Así, compartimos aquí este material que se trató en esta cita de los jóvenes que puede ayudar a realizar una buena confesión y a prepararse para acudir a este sacramento que tanto bien hace a quien admite sus errores, se reconcilia con el Señor y vuelve al mundo limpio y con la energía de trasformarlo todo en Evangelio.

COMPARTIMOS ESTOS TEXTOS DE AYUDA PARA ENTENDER LA IMPORTANCIA DE ESTE SACRAMENTO.

JUAN 20, 19-23

19. Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». ( Biblia de la Conferencia Episcopal Española)

Hay varios textos clave en el Nuevo Testamento, especialmente en los Evangelios, donde el mismo Jesús nos deja expresamente en sus palabras su institución. El fundamento de este sacramento está en las palabras originarias de Jesucristo Resucitado, que se aparece el día de Pascua por la tarde a los discípulos miedosos y encerrados en el cenáculo. El momento es muy solemne, espectacular y trascendental. Acababan de tener la tremenda experiencia de la muerte de Jesús. Algunas mujeres ya les habían dicho que Jesús había resucitado, “pero ellos no las creyeron”. Se proclama en el segundo domingo de Pascua: “Y en esto entró Jesús y se puso en medio y les dijo: “¡Paz a vosotros! Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: ¡Paz a vosotros! Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados y a quienes se los retengáis les quedan retenidos” ( Jn 20, 19-23).

Descubrimos inmediatamente que el momento, las palabras y los gestos de Jesús son de capital importancia. Ante todo tiene que afianzar la fe de sus discípulos mostrándose resucitado, apareciendo de repente en medio de ellos. La fe es el fundamento de lo que les va a decir. Es un sacramento nacido de la Pascua. Les da su paz, para que tengan serenidad, confianza y dejen el miedo. Estas condiciones son necesarias para acoger un mensaje sin zozobras ni titubeos. Compara la misión que les va a dar con la que Él mismo ha recibido del Padre. Les hace vicarios, representantes suyos y del Padre. Y para dejar claro que así sucede en verdad hace el gesto de soplar sobre ellos. Esto indica que les quiere transmitir y traspasar su propio ser, su alma. Además junto con el gesto invoca la acción eficaz del Espíritu Santo. Y finalmente pronuncia las palabras imperativas de la fundación del “Sacramento de la Reconciliación”.

Esta sola cita muestra el poder de perdonar los pecados en la Iglesia y la necesidad de su mediación y la de sus ministros. Otras muchas citas, que irán apareciendo en estas reflexiones, nos demostrarán el poder de “perdonar y retener”, de “atar y “desatar”, de “abrir y cerrar” que concedió a la Iglesia.

Papa Francisco:

«El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de la Pascua el Señor se aparece a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23). Este pasaje nos descubre la dinámica más profunda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él.” (Audiencia general, 19.II.2014).

Papa Benedicto XVI:

La fuerza liberadora del Sacramento de la Penitencia necesita ser redescubierta y hecha propia por cada católico. En gran parte la renovación de la Iglesia en América depende de la renovación de la costumbre de la penitencia y del crecimiento en la santidad.” (Homilía Nationals Park Stadium 2018)

San Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Reconciliatio et Poenitentia.

Sobre la esencia del Sacramento ha quedado siempre sólida e inmutable en la conciencia de la Iglesia la certeza de que, por voluntad de Cristo, el perdón es ofrecido a cada uno por medio de la absolución sacramental, dada por los ministros de la Penitencia”. ( Folleto SD. La confesión. Un servicio de la familia. Info)

MODO DE HACER UNA BUENA CONFESIÓN

(Folleto SD. La confesión. Un servicio de la familia.)

Examen de conciencia.
Una condición indispensable es, ante todo, la rectitud y la transparencia de la conciencia del penitente. El acto llamado examen de conciencia debe ser siempre no una ansiosa introspección psicológica, sino la confrontación sincera y serena con la moral interior, con las normas evangélicas propuestas por la Iglesia, con el mismo Cristo Jesús, que es para nosotros maestro y modelo de vida.

Dolor de los pecados.
Pero el acto esencial de la penitencia, por parte del penitente, es la contricción, o sea un rechazo claro y decidido del pecado cometido, junto con el propósito de no volver a cometerlo, por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento. (…) De esta contrición depende la verdad de la penitencia.

Propósito de la enmienda.
En realidad, la negligencia para solicitar el perdón, incluso la negativa de convertirse, es lo propio del pecador, hoy como ayer (Aloc. 15-VIII83).

Acusación de los pecados.
Acusar los pecados propios es exigido ante todo por la necesidad de que el pecador sea conocido por aquél que en el Sacramento ejerce el papel de juez el cual debe valorar tanto la gravedad de los pecados, como el arrepentimiento del penitente y a la vez hace el papel de médico, que debe conocer el estado del enfermo para ayudarlo y curarlo. (…) La acusación de los pecados es también el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la misericordia que perdona. Tened presente que todavía está vigente y lo estará por siempre en la Iglesia la necesidad de la Confesión íntegra de los pecados mortales (Discurso, 30-I-8 1).

Cumplir la penitencia.
La satisfacción es el acto final, que corona el signo sacramental de la Penitencia. En algunos Países lo que el penitente perdonado y absuelto acepta cumplir, después de haber recibido la absolución, se llama precisamente penitencia.

Carta del Nuncio Apostólico al Obispo de Vitoria. 17 de febrero del 2021:

El Papa Francisco exhorta con oportuna frecuencia a los fieles, mostrándose al mismo de rodillas en el confesionario. Como se dice popularmente, una imagen vale más que mil palabras. El mismo Papa, además, recordando la práctica del sacramento, ha dicho en una de sus Catequesis: “no basta pedir perdón al Señor interiormente; es necesario confesar con humildad los propios pecados ante el sacerdote, que representa a Dios y a La Iglesia(19/02/2014).

PAPA FRANCISCO. CURACIÓN Y CONVERSIÓN

La curación ocurre a través de mediaciones muy humanas como el sacerdote.
«En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote” (Audiencia general, 19.II.2014).

Confesarse con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. Es una manera de ser concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no a uno mismo reflejado en un espejo (…) Es cierto que puedo hablar con el Señor, pedirle enseguida perdón a Él, implorárselo. Y el Señor perdona, enseguida. Pero es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que en ese momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura” (El nombre de Dios es misericordia).

Merece la pena superar la dificultad de la pereza o la vergüenza.
«Puede haber algunos obstáculos que cierran las puertas del corazón. Está la tentación de blindar las puertas, o sea de convivir con el propio pecado, minimizándolo, justificándose siempre, pensando que no somos peores que los demás. Así, sin embargo, se bloquean las cerraduras del alma y quedamos encerrados dentro, prisioneros del mal. Otro obstáculo es la vergüenza de abrir la puerta  secreta del corazón. La vergüenza, en realidad, es un buen síntoma, porque indica que queremos tomar distancia del mal; pero nunca debe transformarse en temor o en miedo. Y hay una tercera insidia: la de alejarnos de la puerta. Esto sucede cuando nos escondemos en nuestras miserias, cuando hurgamos continuamente, relacionando entre sí las cosas negativas, hasta llegar a sumergirnos en los sótanos más oscuros del alma. De este modo llegamos a convertirnos incluso en familiares de la tristeza que no queremos, nos desanimamos y somos más débiles ante las tentaciones. Esto sucede porque permanecemos solos con nosotros mismos, encerrándonos y escapando de la luz. Y sólo la gracia del Señor nos libera. Dejémonos, entonces, reconciliar, escuchemos a Jesús que dice a quién está cansado y oprimido «venid a mí» (Mt 11, 28). No permanecer en uno mismo, sino ir a Él. Allí hay descanso y paz” (Homilía Miércoles de Ceniza, 10.II.2016).

“«Pero padre, yo me avergüenzo…». Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable. Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un «sinvergüenza». Pero incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas, que tanto pesan a mi corazón. Y uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. No tener miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza, pero después, cuando termina la Confesión sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la Confesión!” (Audiencia general, 19.II.2014).

 

El examen de conciencia – 30 preguntas propuestas por el Papa Francisco para hacer una buena confesión:

En relación a Dios

¿Solo me dirijo a Dios en caso de necesidad? ¿Participo regularmente en la Misa los domingos y días de fiesta? ¿Comienzo y termino mi jornada con la oración? ¿Blasfemo en vano el nombre de Dios, de la Virgen, de los santos? ¿Me he avergonzado de manifestarme como católico? ¿Qué hago para crecer espiritualmente, cómo lo hago, cuándo lo hago? ¿Me rebelo contra los designios de Dios? ¿Pretendo que Él haga mi voluntad?

En relación al prójimo

¿Sé perdonar, tengo comprensión, ayudo a mi prójimo? ¿Juzgo sin piedad tanto de pensamiento como con palabras? ¿He calumniado, robado, despreciado a los humildes y a los indefensos? ¿Soy envidioso, colérico, o parcial? ¿Me avergüenzo de la carne de mis hermanos, me preocupo de los pobres y de los enfermos?

¿Soy honesto y justo con todos o alimento la cultura del descarte? ¿Incito a otros a hacer el mal? ¿Observo la moral conyugal y familiar enseñada por el Evangelio? ¿Cómo cumplo mi responsabilidad de la educación de mis hijos? ¿Honro a mis padres? ¿He rechazado la vida recién concebida? ¿He colaborado a hacerlo? ¿Respeto el medio ambiente?

En relación a mí mismo

¿Soy un poco mundano y un poco creyente? ¿Como, bebo, fumo o me divierto en exceso? ¿Me preocupo demasiado de mi salud física, de mis bienes? ¿Cómo utilizo mi tiempo? ¿Soy perezoso? ¿Me gusta ser servido? ¿Amo y cultivo la pureza de corazón, de pensamientos, de acciones? ¿Nutro venganzas, alimento rencores? ¿Soy misericordioso, humilde, y constructor de paz?

 

 

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