Evangelio del día: «No hacen lo que dicen». Mt23,1-12

Reflexiona en Navidad sobre el consumismo

La Comisión de Ecología Integral de la Diócesis de Vitoria invita a toda la sociedad a reflexionar sobre lo que estas fechas provocan en muchas personas y a otras les causa frustración por no tener los recursos económicos para ello. En ambos casos, la Navidad suele ser un tiempo de excesos y de consumismo frenético, olvidando el daño que hacemos al planeta, a la naturaleza, a la biodiversidad y a nosotros mismos. Navidad es celebrar un nacimiento, en la pobreza de un humilde pesebre, con la paz y la armonía que emanan de Jesús recién nacido.

A continuación, compartimos el comunicado elaborado por los miembros de la Comisión para estos días de Navidad. ¡Feliz y reflexiva lectura!

“Mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir” (Laudato si’, 204).

CONSUMIR PARA VIVIR, NO VIVIR PARA CONSUMIR

El consumo y la producción mundiales (fuerzas impulsoras de la economía mundial) dependen del uso del medio natural y de los recursos de una manera que continúa teniendo efectos destructivos sobre el planeta. El progreso económico y social conseguido durante el último siglo ha estado acompañado de una degradación ambiental que está poniendo en peligro los mismos sistemas de los que depende nuestro desarrollo futuro y nuestra supervivencia.

El modelo consumista surge como estrategia para remontar la economía durante la crisis provocada por la primera guerra mundial y se basa en un patrón de producción-consumo en masa y despilfarrador. Desarrollado durante el siglo XX, el consumismo ha sido impulsado por: el capitalismo, la globalización, la asociación del consumo al éxito y a la satisfacción de deseos, en lugar de necesidades, y la publicidad como sistema social de aspiraciones.

Desde hace más de tres décadas, la ONU cuenta con un panel de expertos internacionales, el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático, conocido por sus siglas en inglés, IPCC, que analizan la ciencia climática para establecer las bases científicas del conocimiento sobre el calentamiento global. Periódicamente realizan evaluaciones. La sexta concluyó esta primavera. Entre otras muchas conclusiones, el IPCC deja claro que los combustibles fósiles —el petróleo, el gas y el carbón— son los principales responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero y, por tanto, del cambio climático.

El Papa Francisco nos dice que “por más que se pretendan negar esconder, disimular o relativizar los signos del cambio climático están ahí, cada vez más patentes” (Exhor. Apóst. Laudate Deum, 5).

Cada año, se estima que un tercio de toda la comida producida (el equivalente a 1.300 millones de toneladas con un valor cercano al billón de dólares) acaba pudriéndose en los cubos de basura de los consumidores y minoristas, o estropeándose debido a un transporte y unas prácticas de recolección deficientes. Si todo el mundo cambiase sus bombillas por unas energéticamente eficientes, se ahorrarían 120.000 millones de dólares estadounidenses al año.

En caso de que la población mundial alcance los 9.600 millones de personas en 2050, se podría necesitar el equivalente a casi tres planetas para proporcionar los recursos naturales necesarios para mantener los estilos de vida actuales. El rastro material per cápita en los países de renta alta es 10 veces superior a la de los países de renta baja. Las crisis mundiales han provocado un resurgimiento de las subvenciones a los combustibles fósiles, que casi se duplicaron de 2020 a 2021. Solo con los subsidios que reciben cada año, del orden de 7.000 millones, cubriríamos el 75% del gasto sanitario.

Diariamente, unos mil mensajes nos incitan a comprar artículos que no necesitamos. Estamos inmersos en una sociedad consumista alimentada por una publicidad basada en ideas tan falsas como que la felicidad depende de la adquisición de productos. Consumir quiere decir tanto utilizar como destruir. No sólo sentimos cada vez mayor dependencia de nuevos bienes materiales y derrochamos los naturales, sino que el consumir se ha convertido en un elemento de significación social. Se compra para mejorar la autoestima, para ser admirado, envidiado y/o deseado.

El consumo y la producción sostenibles consisten en hacer más y mejor con menos. Se trata de desvincular el crecimiento económico de la degradación ambiental, aumentar la eficiencia del uso que hacemos de los bienes de la naturaleza y promover estilos de vida sostenibles. También pueden contribuir de manera sustancial a la mitigación de la pobreza y a la transición hacia economías verdes y con bajas/nulas emisiones de carbono.

También el Papa Francisco nos invita al cambio de estilos de vida. Nos dice: “Dado que el mercado tiende a crear un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus productos, las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los gastos innecesarios. El consumismo obsesivo es el reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico (…). Tal paradigma hace creer a todos que son libres mientras tengan una supuesta libertad para consumir, cuando quienes en realidad poseen la libertad son los que integran la minoría que detenta el poder económico y financiero” (Laudato si’, 203).

Comisión de Ecología Integral de la Diócesis de Vitoria
Vitoria-Gasteiz, 15 de diciembre de 2023

 

Descarga aquí el comunicado en PDF.

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