El Señor ha llamado a Maxi Goy, religiosa vedruna volcada en la educación infantil
En el amanecer del 20 de marzo de 2026, y tras una larga vida entregada al Señor a través de la educación y la familia, regresaba a la Casa del Padre la religiosa Vedruna Maximina Goy.
Cerca de cumplir los 86 años –el próximo 12 de abril los hubiera cumplido– esta Carmelita de la Caridad Vedruna nació en Galicia en 1941. Fruto de los vaivenes de aquella España, su familia emigró hasta Eibar y luego a la localidad vizcaína de Ermua para labrarse un futuro como miles de familias hicieron migrando de otras regiones españolas donde la industria necesitaba de mano de obra.
Así, con 11 años, Maxi, como le llamaron siempre familiares y amigos, se estableció en esta ciudad a escasos 55 kilómetros de la capital alavesa. Nacida en el seno de una familia cristiana y numerosa, contaba con dos hermanos sacerdotes. Ella sintió la llamada a seguir a Jesús desde la Vida Religiosa, ingresando en el noviciado de las Carmelitas de la Caridad con apenas 17 años, ubicado donde hoy se ha celebrado su misa funeral, en la calle Ramón y Cajal, frente a la Catedral Nueva. Así, inspirada bajo el carisma de Santa Joaquina, decidió emprender el viaje de su vida.
Desde entonces, no se separó de Vitoria, donde desempeñó su tarea como religiosa Vedruna, especialmente en los colegios del Niño Jesús y del Sagrado Corazón. Allí, y durante casi 5 décadas, se dedicó a la enseñanza infantil con alumnos de 5 años, siendo tutora la mayoría de sus años como profesora.
"Mujer con mucha energía, muy activa, dispuesta siempre a ayudar a todos, especialmente a sus alumnos, así como a su familia. Sus sobrinos, aquí presentes, la recordáis como una segunda madre, quien, de niños, os dedicaba sus vacaciones, allí en Galicia, manteniendo siempre un vínculo muy fuerte". Así la describían las religiosas Vedruna en la misa esta mañana en la que se ha rezado por su alma. "Su vocación religiosa se desplegó con los pequeños, quienes la recuerdan como la que les enseñó a leer y a escribir y donde su afecto se dejaba sentir cuando en la calle la paraban para saludarla con cariño", han recordado.
Y es que una nota distintiva de Maxi era su vehículo. En bici, pero sobre todo en moto, a esta religiosa siempre se le relacionaba con este vehículo a motor en una época en la que no era habitual ver monjas moviéndose con moto por Vitoria. Miles de alumnos y alumnas de ambos centros educativos la recuerdan así, y, hoy, sabedores de su fallecimiento, seguro recordarán con una sonrisa el cariño, la alegría y la cercanía de la hermana Maxi para con todos ellos.
Enseñaba con dulzura y mucho amor quién es Jesús y quién es su madre. "Nos enseñaba a hablar con él y con la Virgen de una manera única, emotiva y llena de sentido", definía una alumna suya visiblemente emocionada quien, además, recuerda que Maxi "no nos castigaba, nos mandaba a pensar, a reflexionar sobre cómo habíamos actuado ante situaciones que estaban mal".
En el último lustro, su vida activa y luchadora se fue apagando por una larga enfermedad que le llevó a la inmovilidad total. "Para nosotras, las hermanas, ha sido un misterio su vida y agradecemos mucho los cuidados y el cariño que ha recibido por parte de nuestras gerocultoras y de su familia. Nunca la hemos dejado sola", recordaban.
Pese a su niñez y casi toda su vida entre Eibar y Vitoria, nunca se olvidó de su Lugo natal. Allí pasaban todos los veranos como lugar de reunión familiar y también invitando a hermanas Vedruna. Y es que sus dos hermanos curas en Galicia hacían de punto de reunión para la familia biológica así como para la religiosa.
Tras una vida dedicada al Evangelio y entregada a los hermanos, especialmente los más pequeños, el Señor la ha llamado tras el día de San José, patrono de la buena muerte y custodio del Señor en su infancia, tal y como fue Maxi con tantos niños y niñas a lo largo de su fecunda vida.
Rogamos una oración por su alma para que, desde el Cielo, la patria a la que estamos todos llamados, nos ayude a llegar allí tras nuestro peregrinaje terrenal.



