Evangelio del día: «Esto os mando: que os améis unos a otros». Jn15,12-17

Evangelio comentado 13 abril

Lee la Palabra de Dios y tómate un tiempo para meditarla. ¡Feliz lectura!

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 8-15

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo:
«Alegraos».
Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
Jesús les dijo:
«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:
«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernados, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

Comentario por D. Carlos García Llata, Vicario General

Los primeros versículos del texto evangélico coinciden con los últimos del que proclamamos en la noche de la Vigilia Pascual. El mensaje de hoy es una prolongación de lo que el ángel anunció a las mujeres en la madrugada del sábado, pues toda la semana de Pascua es una celebración del “hoy” del Domingo de Resurrección: “sé que buscáis a Jesús crucificado. No está aquí ha resucitado”. En el contexto de la proclamación de la resurrección del Señor, me fijo en tres ideas del evangelio de este lunes de la Octava de Pascua.

La primera se refiere a “las mujeres que se marchan a toda prisa del sepulcro”. Ellas habían acudido allí, el domingo de madrugada, a honrar el cuerpo de un difunto. Y allí mismo viven la profunda experiencia de la resurrección que les transforma la vida. Pasan de la tristeza y del temor a la alegría y a la prisa por anunciar a sus hermanos que Jesús está vivo, que ha vencido a la muerte. Se convierten así en testigos cualificados para las comunidades cristianas. Mateo, al inicio de su Evangelio, había proclamado a Jesús como el “Dios con nosotros” (Mt 1,23). En este momento, y al final del mismo Evangelio, las mujeres proclaman la misma certeza de fe: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,20). Y, por esto, cuando Jesús sale a su encuentro, se postran ante él. Es la postura de quien cree y acoge la presencia de Dios, aunque sorprenda y supere la capacidad humana de comprensión. La escena me recuerda a tantas mujeres que prolongan en nuestras comunidades y en nuestro mundo la misión de las que fueron primeros testigos de lo acontecido en la madrugada de aquel sábado: anunciar que Jesús está vivo. ¡Cuántas comunidades perseveran en la fe gracias a la presencia de mujeres fuertes y generosas que, impulsadas por la fuerza del Espíritu Santo, han colaborado a su edificación! Lo han hecho a través del testimonio de vida, de su labor evangelizadora como catequistas y animadoras de grupos, de su generosidad en favor de los más pobres, de la alegría y esperanza que han transmitido a su alrededor, incluso en medio del sufrimiento, de su ejemplo de oración y de adoración, dejando que Dios sea Dios en sus vidas… “Durante siglos las mujeres mantuvieron a la Iglesia en pie en esos lugares con admirable entrega y ardiente fe” (Francisco, Querida Amazonia, 99). Como dice el Papa Francisco, sin ellas la Iglesia se derrumba. 

La segunda idea se refiere al mandato de Jesús: “id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. Las mujeres también han de anunciar que el Resucitado espera en Galilea, allí donde todo empezó. Los discípulos, los “hermanos” de Jesús, podrán ver, de nuevo, al Señor, en lo cotidiano de su vida, donde se vive de fe y por la fe. Es en lo cotidiano donde debe construirse la nueva humanidad y la nueva fraternidad que brotan de Jesús, el Hombre nuevo. En ese espacio, contando con la presencia de Jesús, se ha de construir el bien contra la lógica y el poder del mal. Lo ordinario de nuestra vida, incluso lo más doloroso o trágico (como puede ser la pandemia que nos amenaza), es el lugar para vivir la Pascua del Señor, para encontrarnos con el Resucitado, para verlo…

El texto evangélico alude también al sepulcro vacío. Las autoridades del pueblo encargaron decir a los soldados que custodiaban el sepulcro que los discípulos de Jesús habían robado su cuerpo mientras ellos dormían. “Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy”. Sólo desde la fe se accede al misterio de la resurrección del Señor. Por esto hay personas que, como una gracia, viven y testimonian la resurrección del Señor de manera espontánea y natural… Otros pueden vivirla de una manera más “dramática”, como Pablo, que es derribado del caballo (símbolo de prejuicios, de orgullos, de ideologías de todo tipo…), como condición previa para encontrarse con el Señor… Pero también tenemos que convivir con personas que, de modo consciente o inconsciente, combaten la resurrección y la vida que de ella proviene, rechazando así la Buena Nueva. Vivimos nuestra fe pascual en medio de esta ambigüedad, sufriendo situaciones de noche y de oscuridad en las que el anuncio de la resurrección es una lucecita en el camino, pero sólo esto…, aunque nos baste para caminar y nos anime a ello. Es la única manera de vivir nuestra fe. Nuestros aleluyas de estos días no eliminan la presencia de la cruz en nuestra existencia. Al igual que la de las mujeres del evangelio, la fe pascual combina nuestra presencia en la muerte y en sepulcro con la presencia en la resurrección. Por esto, al mismo tiempo que damos gracias a Dios por el don de la fe, que nos dice que Cristo ha muerto y ha resucitado por nosotros, también pedimos a Dios que la alegría de la resurrección siga conmoviendo nuestro corazón y fortalezca nuestra esperanza.

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