Evangelio del día: «Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a vosotros». Lc11,15-26

Evangelio comentado 21 marzo

Lee la Palabra de Dios y tómate un tiempo para meditarla. ¡Feliz lectura!

EVANGELIO

Lectura del santo evangelio según san Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:

“Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.

Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Comentario por Txomin Gómez

En esta parábola, Jesús nos revela el auténtico corazón de Dios; por eso es tan interpelante para mí. Siempre me toca profundamente pues no cuestiona mi fidelidad al Señor sino que la reafirma.

Estamos ante un camino por delante donde la Cuaresma nos llama a la conversión y a la vuelta a los valores auténticos de la vida cristiana y del seguimiento al Señor.

Se nos habla aquí de la auténtica oración hecha a Dios: el fariseo se cree importante pues ocupa los primeros puestos y dice toda una serie de cosas que, efectivamente, son reales y objetivas pero le falta humildad y le falta sencillez. Te doy gracias Señor porque no soy como los demás, ni siquiera como ese publicano.

El fariseo de ayer y de hoy son esencialmente las mismos personas: satisfechas de si mismas, seguras de su valer, que se creen siempre con la razón de tener en exclusiva la verdad y que se sirven de ella para juzgar y condenar a los demás. El fariseo juzga, condena, clasifica; el fariseo no cambia ni se arrepiente nunca; no se corrige, no se siente cómplice de ninguna injusticia.

Dice Jesús que su oración no le sirvió para nada; salió igual que había entrado. No le hizo bien, no le hizo justo, no le hizo santo; en cambio el publicano no se atrevía a levantar la mirada del suelo: no dice más que Señor ten compasión de mí que soy un pecador, que soy un desastre. Dice Jesús que este sí salió cambiado. La oración le cambió;  salió santificado, hubo un auténtico encuentro personal con Dios. Y es que esto es lo que necesitamos: encuentros con Dios, pero el camino único es la sencillez y la humildad, la vulnerabilidad.

Señor ten compasión de mí que soy un pecador. ¿Por qué no lo repetimos en este sábado para prepararnos para la misa del domingo que viviremos desde casa por televisión, internet o radio?

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