Evangelio del día: «Al ver a las gentes, se compadecía de ellas». Mt9,35-10,1.6-8

Familia, hogar de misericordia

Soy religiosa y trabajo como maestra de primaria. Así que, por una parte, no he creado mi propia familia aunque, por supuesto, tengo una (incluso dos, contando con mi familia religiosa). Y, por otra parte, trabajo día a día con familias y con el mayor tesoro que tienen éstas: sus pequeños. Por eso, hacer esta reflexión me produjo dos sentimientos. El primero, pensar que no era persona cualificada para hacerla y, después, el gusanillo del deseo de ponerme a pensar algo sobre el tema de la familia desde lo que observo día a día. Y así empezó esta aventura.

Para todos es sabido y sufrido en propias carnes que vivimos en una sociedad muy demandante que nos afecta y condiciona nuestro modo de entendernos, de vivir y organizarnos. Esto en todos los aspectos, incluido el tema de la familia. Quizá éste hasta se ve más afectado por ser un aspecto tan central y vital en nuestras vidas. ¿Qué voy a contaros de esto que no sepáis mejor que yo? Prisas, quebraderos de cabeza de cómo organizarnos, contar con los abuelos, etc.

Por mi condición de maestra soy testigo de primera fila de cómo se les parte el corazón a los papas/mamás al dejar a su retoño de 2 añitos en el aula, de su orgullo cuando les ven ir descubriendo tantas cosas en  infantil, de la sonrisa al verles ya bajar las escaleras del pabellón de primaria en el primer ciclo, de la preocupación en el salto al 2º ciclo donde todo se complica más. Y los interrogantes ya en 5º y 6º donde se les ve mayores, sí, pero niños/as aún. Y de todo el amor gratuito que se invierte en la adolescencia y que en el corto plazo a veces no tiene recompensa.

Yo sé que, como María y José, los papás y mamás “guardan todas estas cosas en su corazón” (cf. Lc 2,51 b) y disfrutan de ver a sus hijos/as “progresar en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres”  (cf. Lc 2,52)

Sagrada FamiliaPoco sabemos de la Sagrada Familia. ¿Tiene algo que decirnos hoy? ¿Tenemos algún punto de contacto que pueda hacer que nos sintamos motivados por ella o urgidos, al menos comprendidos? ¿Tienen nuestras familias, metidas en la vorágine del s. XXI, algo que ver con aquella familia aparentemente apacible de Nazaret a la que el imaginario artístico nos la presenta en foto fija, siempre correcta, siempre feliz, siempre placentera? Sabemos por los Evangelios que no todos los momentos fueron tan “impecables”: fue angustiosa la búsqueda de alojamiento con María a punto de dar a luz y acabaron en un lugar para animales (cf. Lc 2,7); tuvieron también que huir de una persecución con su hijo bebé (cf. Mt 2, 13-15); supieron de la angustia de dar a su hijo por perdido y tener que buscarle hasta dar con él (cf. Lc 2,41-52). En orden a cosas más cotidianas, no me cuesta imaginar a María riñendo a Jesús por alguna trastada, ni a José pensar cómo transmitir a su hijo el amor por el oficio de carpintero.

A esta Sagrada Familia nos une lo central: la familia es el espacio privilegiado del amor, donde aprendemos a ser amados y a amar. Este es el marco común en el que la mayoría de las familias nos reconocemos. Soy testigo desde el colegio de toda la inversión de amor que se hace en la familia porque hay cosas que no se improvisan. La familia es el primer espacio del amor elevado al grado de misericordia donde adquirimos la mochila básica de seguridad, cuidados, confianza, perdón… que nos van a acompañar toda la vida.

La familia es, también, el lugar donde podemos aprender a cuidar unos de otros, especialmente de los más frágiles y pequeños, y a relacionarnos respetuosamente con los demás y con nuestro entorno. Como dice el Papa Francisco en su encíclica Laudato si´: “En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida… se aprende a pedir permiso sin avasallar, a decir `gracias´ como expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad o la voracidad, y a pedir perdón cuando hacemos algún daño. Estos pequeños gestos de sincera cortesía ayudan a construir una cultura de la vida compartida y del respeto a lo que nos rodea” (LS 213).

Cartel Jornada de la Sagrada Familia 2015Como familias cristianas también tenemos una fuerte experiencia de Dios como amor y misericordia. Dios también fue el centro de la familia de Nazaret. Sin duda a Él acudieron para buscar explicación a tantas cosas que no podían entender. En estos tiempos difíciles, a Él tenemos que acudir nosotros también para encontrar sosiego y acierto.

Estamos ya a las puertas de la Navidad. Ojalá estos días de fiesta podamos tener el valor de decir “stop” a la locura en la que cierto clima social nos quiere meter y sacar tiempos de calidad en familia para contemplar esa estampa inagotable del portal de Belén que tanto nos habla de cuidados, ternura, pequeños detalles en el seno de la unidad familiar.

Mertxe Orobio
Misionera Mercedaria de Bérriz

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