Homilía del Obispo de Vitoria por el Jueves Santo 2026

Compartimos el texto íntegro de Mons. Juan Carlos Elizalde, Obispo de Vitoria, leído durante la Santa Misa de la Cena del Señor en el Jueves Santo en la Catedral de María Inmaculada, Madre de la Iglesia, de Vitoria.

 

HOMILIA DEL OBISPO DE VITORIA
MONSEÑOR JUAN CARLOS ELIZALDE
JUEVES SANTO 2026

 

Tres adverbios para expresar el misterio que se encierra en el Jueves Santo: la eucaristía, el sacerdocio y el amor fraterno.

1.- ARDIENTEMENTE.

“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer.” Lc 22,15

Este adverbio lo pone Jesús. Expresa su afecto, su corazón, sus sentimientos, su amor apasionado por nosotros, lo que mueve su vida: el Padre y la humanidad. Lo dirá en el Cenáculo con palabras: “Nadie tiene más amor más grande que el que da la vida por los amigos. Nadie me quita la vida, la doy porque quiero”. Lo dirá con gestos como hoy en el lavatorio de pies. Y a la vez con gestos y palabras: la Eucaristía; tomad, comed, tomad, bebed. Y tendrá sus consecuencias en nosotros: “Amaos unos a otros como yo os he amado.”

Este ardor, este deseo vehemente del Señor en el día de la institución de la Eucaristía, ¿tiene eco en nosotros? ¿Le deseamos también nosotros ardientemente? ¿Tenemos hambre y sed del Señor?

Y, para comulgar, para comer, lo primero que uno necesita es tener hambre. Esta realidad, estremecedora en dos tercios de nuestro mundo y  que tendría que quitarnos el sueño al tercio restante, tiene mucho que ver con un cierto «estado de vigilia» que mantiene despierto el deseo.

“Mi alma te ansía en la noche,
mi espíritu en mi interior madruga por ti,
¡con qué ansia por tu nombre y tu recuerdo!” (Is 26,8-9).

«Mi garganta tiene sed de ti, mi carne tiene ansia de ti,
como tierra seca, agostada, sin agua… Me saciaré como de enjundia y de manteca y mis labios te alabarán jubilosos» (Sal 63,2.6).

«Escucha, pueblo mío, por lo que más quieras,
Israel, a ver si me escuchas:
abre toda tu boca, que yo la llenaré....
Ojalá me escuchara mi pueblo
y caminara Israel por mi camino:
te alimentaría con flor de harina,
te saciaría de miel silvestre ... » (Sal 81,9.16).

Cuenta el libro de los Reyes que, cuando Elías caminaba por el desierto hacia el Horeb y desfallecía en la marcha, un ángel lo reconfortó con pan y agua, «y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta llegar al Horeb, el monte de Dios» (1 Re 19,8).

Experimentamos hambre cuando estamos en marcha hacia algún «Horeb», cuando nos desgasta el trabajo por el Reino, la preocupación por los otros, la lucha por un mundo más humano y por abrir caminos al Evangelio; pero el andar pendientes sólo de nosotros mismos y de nuestro ombligo, nos anestesia peligrosamente y paraliza la urgencia de acudir a ese Pan  que sostiene nuestras fuerzas.

«Querellémonos de nosotros –decía Juan de Ávila–, que, por querer mirar a muchas partes, no ponemos la vista en Dios y no queremos cerrar el ojo que mira a las criaturas para, con todo nuestro pensamiento, mirar a sólo él. Cierra el ballestero un ojo para mejor ver con el otro y acertar en el blanco, ¿y no cerraremos nosotros toda la vista a lo que nos daña, para mejor acertar a cazar y herir al Señor?. Coja y recoja su amor y asiéntelo en Dios quien quiere alcanzar a Dios» .

«Sin Eucaristía no podríamos vivir», dicen que decían los primeros cristianos, ballesteros determinados a dar en el blanco, convencidos de necesitar un alimento de vida que viniera de fuera de ellos mismos, y revelando una actitud que está en las antípodas de la autosuficiencia y de la dispersión. “Y nosotros ¿nos atreveríamos a decir con sinceridad que no
podríamos vivir sin Eucaristía, o ésta es para nosotros una especie  de «plus piadoso», un complemento alimenticio que no nos dejaría hambrientos si prescindiéramos de él?”, pregunta Dolores Aleixandre.

A los ancianos y enfermos que, además normalmente, han participado diariamente de la Eucaristía, se aconseja que lo comuniquen en la parroquia para que se les lleve la comunión, si por razones de edad o de salud no pueden salir de casa. Privan de un bien a sacerdotes o a agentes pastorales que harían este servicio.

El canon 904 dice así: “Los sacerdotes, teniendo siempre presente que en el misterio del Sacrificio Eucarístico se realiza continuamente la obra de la redención, deben celebrarlo frecuentemente; es más, se recomienda encarecidamente la celebración diaria, la cual, aunque no pueda tenerse con asistencia de fieles, es una acción de Cristo y de la Iglesia, en cuya realización los sacerdotes cumplen su principal ministerio.” En nuestra Diócesis de Vitoria, tanto laicos como sacerdotes, es habitual que se renuncie a la comunión diaria. Si el Señor ha deseado ardientemente celebrar con nosotros es hora de cambiar esta tendencia.

Es hora de sumarse a la sensibilidad de San Pablo VI cuando tres meses antes de clausurar el Concilio Vaticano II decía: “Toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz.” Mysterium Fidei 4

2.- AMARGAMENTE.

Este adverbio se refiere a Pedro. Después de negar tres veces al Señor, al oír cantar al gallo: “saliendo afuera, lloró amargamente.”

El cristiano no es ajeno a la amargura. Por nuestros pecados, por las dificultades de la vida, por la enfermedad o por la persecución, nos puede invadir la amargura. El optimismo vital de muchos cristianos en sus años jóvenes, puede trocarse en amargura a causa de tantas esperanzas truncadas. El mundo y su geopolítica pueden acabar con nuestra esperanza. Nos podemos acabar amargando.

Refiriéndose a la Sagrada Eucaristía, Santo Tomás de Aquino escribió que "Cristo instituyó este sacramento y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia". Frente a la amargura, dice Dolores Aleixandre, la bendición. Es el verbo central de la Eucaristía y la médula de nuestra vida.

La palabra griega eucharistía (acción de gracias) tuvo más fortuna en el Nuevo Testamento que eulogia (alabanza), la otra palabra con que la Biblia  griega traduce la berakah hebrea (bendición); y cuando decimos  «Eucaristía», estamos recogiendo toda la herencia de bendición, de  alabanza y de agradecimiento desbordante que recorre todo el Antiguo Testamento.

Una de las experiencias más gozosas de Israel es la de reconocer que la bendición de su Dios le concede vida, fecundidad, protección. Decir «bendición» es decir regalo, don gratuito (el «bendecir» de Dios es «bienhacer», dice Alonso Schökel), y los creyentes bíblicos reaccionan con una «bendición ascendente» que dirige hacia el Señor su alabanza y su acción de gracias.

La bendición es el término que condensa la riqueza y la originalidad de la tradición en que aprendió a orar Jesús. A través de ella, el creyente israelita entra en una triple relación con Dios, con el mundo y con los demás: al repetir insistentemente a lo largo del día «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por ... », reconoce a Dios como origen de todo lo que existe, al mundo como un don que hay que acoger, y a los demás como hermanos con los que hay que participar del único banquete de la vida.

«Bendecir significa revelar la última identidad de las cosas, su profunda interioridad, que consiste en hacer entrar en relación con el Creador» 13. Los objetos, la actividad, el trabajo, las relaciones, el espesor de la vida… pueden volverse opacos y ser ocasión de desencuentro; pero la bendición consigue que la realidad se vuelva translúcida: ilumina nuestra mirada y la hace llegar hasta llegar  hasta Dios, que es su origen 14.

La Eucaristía, que nació en ese contexto («Tomó el pan y, pronunciada la bendición, se lo dio ... » [Mc 14,22; cf. Mt 26,26; Lc 22,15;1 Cor 11,241) es para nosotros la ocasión de convertir en bendición nuestra vida entera, de «arrastrar» hasta ella todo el peso de nuestro agradecimiento, todo lo que en nosotros y en toda la creación está llamado a convertirse en canción, en «un himno a su gloriosa generosidad» (Ef 1,14).

Tenemos en las manos y en el corazón la opción de vivir «en clave de murmuración» (quejas, resentimiento y desencanto, como Israel en el desierto (cf. Ex 16-171) o «en clave de bendición», descubriendo en la vida, más allá de su opacidad, la presencia que hacía estremecerse de alegría a Jesús (cf. Mt 11,25) cuando sentía la «afinidad» de sus preferencias con las del Padre.

La Eucaristía nos invita a comulgar con su bendición, su gozo se nos ofrece como un pan que se parte: «Al que venga, le daré un maná escondido ... » (Ap 2,17). «Estoy a la puerta y llamo: si alguien escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3,20).

Es la Eucaristía la que nos ancla a la esperanza en clave de bendición, liberándonos de la amargura, la queja y la negatividad sistemática.

3.- VERDADERAMENTE.

Este último adverbio está puesto en boca de la primera comunidad cristiana. Parece ser que era una aclamación litúrgica de los primeros cristianos. Se pronuncia cuando vuelven los dos de Emaús a comunicar que han reconocido al Resucitado al partir el pan. La comunidad confiesa: “Verdaderamente, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Lc 24,34

Esa es nuestra fuerza y nuestra alegría; nuestra aportación a la sociedad surge de su resurrección y nuestro ánimo indomable se alimenta de ella. El deseo de felicidad que la humanidad ansía hunde su raíces en su resurrección y nosotros hacemos una propuesta verdadera cuando la encarnamos. “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección”, decimos en cada Eucaristía.

La Eucaristía está siempre en nuestro horizonte. Cuando huimos tristes de Jerusalén o cuando regresamos entusiasmados, la Eucaristía es la clave. Hemos elegido este encuentro del Resucitado como hilo conductor de nuestro Plan Diocesano de Evangelización, Surrexit, porque queremos que nos retrate: ojos abiertos, corazones ardientes y pies en camino.

Queremos abrir los ojos y analizar bien la realidad. Queremos afrontar también la ceguera, la tristeza, el desánimo y el escepticismo de los de Emaús. Son realidades que afectan también a nuestras comunidades eclesiales, no solo a la sociedad. Porque el Señor nos acompaña siempre, sale a nuestro encuentro y toma la iniciativa, queremos reconocerle porque esté ardiendo nuestro corazón. Porque su palabra da sentido a cada circunstancia de la vida y la queremos compartir con todo ser humano hecho a imagen y semejanza de su corazón. Queremos reconocerle como culmen de la iniciación cristiana en la Eucaristía, corazón de nuestras comunidades.

Y desde ahí salir al encuentro de todos nuestros hermanos, confirmados por la certeza de la Iglesia: “Verdaderamente, surrexit, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”. Con el Papa León XIV estamos tratando de implementar el Sínodo de la Sinodalidad como una manera de ser y de proceder en la Iglesia. Surrexit, nuestro Plan Pastoral, nos permite concretar acciones e iniciativas sinodales para que en estos próximos cuatro años, sigamos creciendo en corresponsabilidad.

Verdaderamente Emaús no es un esquema catequético, no es un recurso narrativo. Es la Iglesia, es el encuentro con el Resucitado, es el corazón de la misión y el envío; es la Eucaristía y es la comunidad cristiana enviada a la humanidad sufriente. Claro que da forma a nuestro Plan Diocesano de Evangelización, pero queremos entrar en esta escena evangélica cada día y en cada circunstancia significativa. Queremos vivir el seguimiento de Jesús desde esta atmósfera, desde este encuentro y en esta compañía.

Porque Emaús es acompañamiento en la familia y en la comunidad, desde pastores, laicos y consagrados. Verdaderamente Emaús es la Eucaristía del día del Señor y la del del alimento de cada día que sostiene al creyente y a la comunidad. Emaús es la misión en el desánimo y en el entusiasmo. Emaús es la Iglesia pequeña de la pareja y la Iglesia grande de los Apóstoles y de la comunidad entera. Vivir desde Emaús, con el Resucitado, en su misión, sería vivir la Eucaristía: ojos abiertos, corazones ardientes, pies en camino.

Estos cuatro años son vitales para seguir poniendo a toda la Diócesis en clave vocacional. ¿Para quién soy? Es la pregunta que se hace cada bautizado que va madurando en el seguimiento del Señor. Si nuestras comunidades tienen familias que caminan unidas, matrimonios atractivos, pastores entregados y consagradas y consagrados voluntarios 24 horas, nuestros jóvenes tendrán verdaderamente referencias vocacionales cercanas para dar la mejor respuesta al Señor. Podrán vivir verdaderamente Emaús como un itinerario vocacional y como una bendición para esta Iglesia y para esta tierra.

Finalizo con unas palabras del Cardenal de Colonia en la Misa Crismal de este año: “La celebración de la Eucaristía es la cima a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que mana toda su fuerza. Para los sacerdotes, la liturgia no es una parte más de su ministerio, sino su centro mismo: tanto culminación como origen de toda acción pastoral. La Eucaristía realiza la comunión con Cristo y renueva al mismo tiempo la vida espiritual de las comunidades. La Misa diaria es constitutiva del ser y del obrar sacerdotal. Aunque acudan pocos fieles o incluso ninguno, su celebración diaria es para nosotros, sacerdotes, espiritualmente vital.”

Y a continuación dijo algo escandaloso en nuestra tierra: “Cada vez con más frecuencia, los domingos, celebraciones de la Palabra, a menudo con distribución de la Sagrada Comunión, sustituyen a la celebración de la Eucaristía. Esta tendencia afecta al núcleo mismo de la identidad católica. Eso, queridos hermanos, ya no es católico, y les pido encarecidamente que se opongan a ello desde el principio. La celebración eucarística dominical no es sustituible ni intercambiable por nada. La Iglesia es, por su propia naturaleza, «asamblea eucarística» y nace de la celebración de la Eucaristía misma.”

Los obispos franceses, abanderados de las celebraciones en ausencia de presbíteros, ya están de vuelta, porque la fe se estaba resquebrajando y ahora se mueven las comunidades para reunirse en Eucaristías zonales y donde esto no es posible ya no hay celebraciones en ausencia de presbítero sino la celebración de las horas litúrgicas, vía crucis o rosarios. Está en juego la fe.

Termina: “La Iglesia primitiva se reunía en comunidad el domingo en torno a una Eucaristía común. Recuperar esa práctica podría fortalecer la unidad de las comunidades parroquiales e impulsar una renovación espiritual y eucarística.” Parece señalar que cualquier praxis pastoral que se desvincule deliberadamente del ministerio sacerdotal o lo considere prescindible no se corresponde con la comprensión católica de la Iglesia. Agradecemos los tres dones de hoy: la Eucaristía, el sacerdocio y el amor fraterno.

+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

 

En la Concatedral de María Inmaculada, Madre de la Iglesia
a 2 de abril de 2026, Jueves Santo

 

Puedes descargarte aquí la homilía en PDF.

 

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