Homilía del Obispo de Vitoria por el Jueves Santo

Compartimos el texto íntegro de Mons. Juan Carlos Elizalde, Obispo de Vitoria, leído durante la Santa Misa de la Cena del Señor en el Jueves Santo en la Catedral de María Inmaculada, Madre de la Iglesia, de Vitoria.

 

HOMILIA DEL OBISPO DE VITORIA
MONSEÑOR JUAN CARLOS ELIZALDE
JUEVES SANTO 2025

 

Comenzamos el Triduo Pascual en este día de Jueves Santo. Agradecemos la Eucaristía, el Sacerdocio y el Amor Fraterno. Desde el Cenáculo nos identificamos con Cristo que ardientemente quiere celebrar la Pascua con nosotros y adelanta su entrega.

Es el Jueves Santo del Año Jubilar de la Esperanza. Queremos empaparnos de esperanza.

Kristok bere presentzia agindu eta Eukaristia utzi zigun, guk, orain, geure bizitzan, benetako maitasun zeinu bezala har dezagun. Eta horrelaxe gonbidatzen gaitu Jesusek testigu izatera; Jesusengan agertu den Aitaren maitasunaren ogi zatitua eta egiazko presentzia izatera daraman Jainkoaren bizi berria iragartzera.

La Carta Pastoral de los obispos de Pamplona y Tudela, Vitoria, Bilbao y San Sebastián ‘El contrate paciente’, dedica cuatro números (68-71) a la Eucaristía como la clave que forja la identidad cristiana y su manera de manifestarse en la sociedad:

“Kreider destaca un elemento frecuentemente subestimado en los análisis seculares: el papel central del culto compartido en la formación de la identidad cristiana primitiva. Aunque estas celebraciones no eran accesibles a los no creyentes, su poder transformador se manifestaba visiblemente en la vida cotidiana de los cristianos, forjando ese habitus distintivo que tanto impresionaba a los observadores externos.

Las reuniones semanales, fuesen banquetes vespertinos o servicios matutinos, constituían el núcleo vital de la comunidad. No eran meros actos rituales, sino encuentros transformadores donde se alimentaba la relación con Dios, se profundizaba en la fe y se fortalecían los vínculos fraternos. Tres prácticas resultaban especialmente significativas:

1. La Eucaristía: comunión con Dios y los hermanos. Las comidas compartidas, especialmente la Eucaristía, creaban y fortalecían el sentido de familia en Cristo. Inicialmente celebradas como cenas en hogares evolucionaron hacia servicios matutinos más breves, pero manteniendo su profundo simbolismo de comunión con lo divino y entre los creyentes.

2. La oración: diálogo vital con Dios. A diferencia de las oraciones paganas, formales y rígidas, la oración cristiana se caracterizaba por su espontaneidad y autenticidad. Como señalan Tertuliano, san Cipriano y Orígenes, los creyentes oraban con los ojos abiertos y las manos elevadas, expresando tanto su confianza como su disposición para afrontar con Dios cualquier desafío cotidiano o extraordinario.

3. El beso de paz: signo de reconciliación. Este gesto, tomado de la cultura romana, pero reinterpretado cristianamente, expresaba y promovía la unidad de la comunidad. Más que un rito formal simbolizaba la igualdad fundamental de todos en Cristo, fomentando relaciones de respeto mutuo que trascendían las diferencias sociales.

Los documentos primitivos confirman el impacto transformador de estas prácticas. La Didascalia subraya cómo el culto, especialmente la Eucaristía, moldeaba el carácter de la comunidad, promoviendo virtudes como la humildad y el cuidado de los necesitados. Los Cánones de Hipólito enfatizan que no era la belleza del ritual lo que atraía conversos, sino los cambios visibles en quienes participaban en él.

En definitiva, el culto cristiano primitivo actuaba como crisol donde se forjaba un modo de ser distintivo. Estos encuentros fraternos con Dios y entre creyentes moldeaban vidas transformadas que brillaban como luz de esperanza en un mundo hambriento de autenticidad.”

Recuperando este asombro, este estupor eucarístico, redescubrimos algunas expresiones vinculadas a la Eucaristía y el potencial revolucionario que encierran.

1.- "TAMBIEN VOSOTROS DEBÉIS LAVAROS LOS PIES UNOS A OTROS" Juan 13,14

Jesús lavando los pies de Judas. Ante lo más sucio y menos amable de cada uno, el Señor se arrodilla y reduplica su amor. Ante lo peor de nosotros, en los límites de nuestros carácter, el Señor se abaja. Es un oficio de esclavos en Israel. ¡El Señor es el primer servidor! La revolución que esto supone en la historia no tiene límite. De aquí arrancan las grandes reformas de los santos.

Decía el Papa Francisco el Domingo de Ramos: "Jesús «se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo» (Flp 2,7). Con estas palabras del apóstol Pablo, dejémonos introducir en los días santos, donde la Palabra de Dios, como un estribillo, nos muestra a Jesús como siervo: el siervo que lava los pies a los discípulos el Jueves santo; el siervo que sufre y que triunfa el Viernes santo (cf. Is 52,13); Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es Él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva... El drama que estamos atravesando en este tiempo nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve. Porque la vida se mide desde el amor. Pidamos, mirando al Crucificado, la gracia de vivir para servir."

Nos dejamos lavar los pies por el Señor para lavar nosotros a los hermanos. Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada.

2.- "PARTIÓ EL PAN Y SE LO DIÓ," Marcos 14,22

Tan honda es esta expresión, que una de las formas más antiguas y principales de referirnos a la Eucaristía, es la Fracción del Pan.

Él mismo es el pan. Partiendo el pan, Jesús se "partía" a sí mismo. Se entregaba al Padre y a los hermanos venciendo cualquier resistencia: "He aquí Padre que vengo a hacer tu voluntad". Hebreos 10,7. Jesús recoge toda nuestra resistencia humana a la voluntad de Dios para servir a los hermanos y arrastra nuestra voluntad rebelde hacia la colaboración con el Padre y los hermanos: "No se haga mi voluntad sino la tuya" Lucas 22,42.

Lo que Jesús da a comer a sus discípulos es el pan de su obediencia y de su amor al Padre y a los hermanos. Comulgar, entrar en comunión con Jesús, es "partirme" a mí mismo, deponer cualquier rigidez ante Dios y ante los hermanos, partir mi orgullo, doblegarme y decir sí ante lo que el Padre y los hermanos me piden con verdad.

Partir el pan es entregar mis resistencias y rendirme, suplicar al Señor mi rendición. Aceptar al enemigo, al hermano incompatible, esta sensibilidad eclesial que no comparto o, simplemente, mis propios límites. Abandonarme al Señor y a los hermanos.

Partirse para repartirse, para que llegue a todos, para que nadie se quede sin Él.

3.-"TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL". Mateo 26,27

Hoy no recordamos nostálgicamente la Cena del Señor en el Cenáculo. La celebramos. No es el Cristo del Cenáculo, sino el Resucitado, el que " murió y ahora vive para siempre". Cf. Apocalipsis 1,18. Es el Cristo total, Cabeza y cuerpo inseparablemente unidos.

Dice San Agustín que la Iglesia "en lo que ofrece, Ella misma se ofrece." De la Ciudad de Dios 10,6. "La celebración eucarística es acción no sólo de Cristo, sino de la Iglesia. Cristo se ofrece al Padre por la salvación del mundo. Y la Iglesia, su esposa, lo ofrece al Padre y juntamente, se ofrece ella misma con Él." Eucharisticum mysterium 3.

La Iglesia en la Eucaristía es oferente y ofrenda al mismo tiempo y en cada uno de sus miembros. Nos ofrecemos con Jesús que se ofrece.

Hay una doble epíclesis en cada Eucaristía. El Espíritu Santo transforma el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. Y a nosotros, Iglesia y comunidad, pedimos "que nos transforme en ofrenda permanente". Henri de Lubac dirá que "La Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía".  Somos pan que no quiere ahorrarse, que se ofrece a los hermanos. La Eucaristía es un sacramento y una manera de vivir, de desvivirse.

Con San Pablo podemos decir todos: "Completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia". Colosenses 1,24. A la Pasión de Cristo ¿le falta algo?

Le permitimos hoy al Señor actualizar su entrega encarnada en nosotros. Porque históricamente Él fue hombre, no mujer, fue joven y no anciano, israelita y no centroeuropeo. En nuestra entrega eucarística, el Señor vive la experiencia de la mujer, del anciano o de cualquier ciudadano del mundo. Le permitimos completar sus padecimientos porque como dice S. Juan de Ávila: "Más amó que padeció."

4.- "ÉSTO ES MI CUERPO, ÉSTA ES MI SANGRE." Marcos 14,22-24

La mentalidad judía y bíblica del tiempo de Jesús entendía por "cuerpo" algo más que músculos y huesos. Se trataba de toda la vida de la persona en su condición corporal y mortal. Por tanto, cuando Jesús entrega su cuerpo, está entregando su tiempo, salud, energía, corazón, afecto y mensaje. "Esto es mi cuerpo".

Y por "sangre", se entiende algo más que lo que fluye por venas y arterias. Si para el judio, la sangre es la sede de la vida, aquí, el derramamiento de la sangre, es equivalente a la muerte. Cuando Jesús entrega su sangre derramada, está haciendo la entrega de su vida hasta la muerte, pero también de todo lo que nos lleva a la muerte y nos mortifica: humillaciones, fracasos, enfermedades y todas las realidades que amenazan y limitan la vida.

San Ignacio de Antioquía, yendo a Roma para sufrir el martirio, escribía: "Yo soy trigo de Cristo molido por los dientes de las fieras, para transformarme en pan puro para el Señor." ¿Quiénes son las fieras que nos muelen? Las críticas, las oposiciones, las zancadillas y las dificultades en la relación. Hoy hay que agradecer a los hermanos que nos mortifican, porque nos dan la posibilidad de configurarnos con el Señor. Por eso San Ignacio decía también: "Aquellos que me adulan, me flagelan." Vamos, que no nos ayudan.

"Esto es mi Cuerpo, esta es mi sangre". Sólo los sacerdotes podremos pronunciar en voz alta, in persona Christi, esta palabras. Admirable audacia de Dios.

Pero todos, cada uno según su vocación y circunstancia, las puede repetir en su corazón. "Esto es mi Cuerpo, esta es mi sangre".

Pueden repetirlo los padres y madres. Su vida literalmente desmenuzada en pequeñas ofrendas y trabajos extenuantes dentro y fuera de casa: "Esto es mi Cuerpo, esta es mi sangre".

Lo repiten religiosas y religiosos, dispersos en mil servicios heroicos también y sobre todo en estos días, en su entrega a ancianos, niños, familias o a la humanidad entera en plegaria incesante: "Esto es mi Cuerpo, esta es mi sangre".

Les ayuda mucho también a los jóvenes repetir en cada eucaristía: "Esto es mi Cuerpo, esta es mi sangre".  Decía el P. Cantalamessa: "El mundo ¿qué quiere de los jóvenes? ¡Su cuerpo, sólo su cuerpo y mientras es joven!" Le gente necesita vuestro testimonio. Que podáis decir en verdad y con Jesús: "Esto es mi Cuerpo, esta es mi sangre".

5.- "¿PODÉIS BEBER EL CÁLIZ QUE YO VOY A BEBER?. PODEMOS" Mateo 20,22

¿Podéis pasar por donde yo voy a pasar? ¿Podéis tragar lo que yo voy a tragar?

La entrega de Jesús en el Jueves Santo interroga muestra entrega. Nos pide una respuesta. Con su ayuda, con Él, ¡podemos! Con nuestra propia vida y, en medio de esta pandemia, ya estamos respondiéndole. Cada uno en este día del amor fraterno respondemos: ¡podemos! Desde todas las vocaciones y circunstancias, ¡podemos!

Pero en el día del sacerdocio recogemos la entrega de tantos diáconos, presbíteros y obispos y les encomendamos. Agradezco públicamente la entrega incansable de los presbíteros y diáconos de nuestra Diócesis. Ahora vivimos el Triduo del Señor como una ocasión privilegiada de comunión.

El Papa San Juan Pablo II, a los jóvenes, en la Vigilia de  Cuatro Vientos en Madrid el 3 Mayo 2003 les decía: "Os doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años. Desde entonces han pasado 56. Entonces, ¿cuántos años tiene el Papa? ¡Casi 83! ¡Un joven de 83 años! Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!"

A su sombra me atrevo también a terminar mis palabras con con este llamamiento a la vocación sacerdotal: "A ti joven, como Obispo de Vitoria te digo: te necesito para presidir y cuidar nuestra comunidades cristianas. Te necesito para educar a nuestros niños y para acompañar a nuestros jóvenes. Te necesito para animar y sostener a nuestras familias y a nuestros mayores. Te necesito para ayudar a la gente más vulnerable y necesitada. Te necesito para rejuvenecer el presbiterio. Te necesito para tender puentes en esta sociedad nuestra enferma y necesitada. Te lo digo en el nombre del Señor, porque es el Señor el que verdaderamente te necesita. La Diócesis de Vitoria te necesita con extrema urgencia.

Te hago la propuesta con enorme esperanza porque lo que más pesa en mí no es el mucho trabajo pastoral,  sino la inmensa alegría de ser pastor, una vocación que llena toda una vida entregada al Señor y a los hermanos. No te comunico una carga sino una buena noticia y una gran suerte que me gustaría compartir. ¡Cuenta conmigo y con todo el presbiterio!"

Senideok: Jauna gurekin izatearen poza ospatu dugu. Kristoren gorputzak bakean elkartzen gaitu eta suspertu egiten du gure itxaropen ahula. Ospakizun hau bukatzean, bana dezagun guztiekin gure eguneroko ogia, eta gure bizieraz susper dezagula, inguratzen gaituztenen artean, egiazko Biziaren Ogi den Kristoren gosea

Que Santa María, la Virgen Blanca, Nuestra Señora de Estíbaliz, nos ponga con su hijo, Jesús.

+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

 

En la Concatedral de María Inmaculada, Madre de la Iglesia
a 17 de abril de 2025, Jueves Santo

 

Puedes descargarte aquí la homilía en PDF.

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