Homilía del Obispo de Vitoria por la Misa Crismal 2026

Compartimos el texto íntegro de Mons. Juan Carlos Elizalde, Obispo de Vitoria, leído durante la Misa Crismal del Miércoles Santo de 2026 en la Catedral de Santa María de Vitoria.

 

HOMILIA DEL OBISPO DE VITORIA,
MONS. JUAN CARLOS ELIZALDE
POR LA MISA CRISMAL 2026

 

Es una alegría enorme poder celebrar la Misa Crismal en nuestra Catedral de Santa María con todo el presbiterio y bien representada la vida consagrada, la vida laical, familiar y matrimonial. Que el Ungido nos unja a todos con óleo de alegría para que su Iglesia pueda renovarse. Agradezco el generoso ejercicio del ministerio sacerdotal en la Diócesis de Vitoria al servicio del sacerdocio bautismal.

En las palabras de mi homilía soy deudor de Yves Congar cuando aborda los criterios de la renovación eclesial en su obra ‘La reforma de la Iglesia’ y de Emilio Justo en su libro ‘Una Iglesia viva’, cuando los comenta. Extraigo de los textos proclamados varios criterios de renovación diocesana.

1.- ARRAIGO EN LO ESENCIAL.

“Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre y nos ha hecho un reino de sacerdotes para Dios, su Padre. A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir, el todopoderoso”. (Ap 1,5-8).

Jesús, el Señor, a quien acabamos de proclamar, es la clave de la renovación eclesial de nuestra Diócesis. El objetivo de toda renovación eclesial consiste en arraigarse en la fe y dejar que la forma de Jesús impregne y configure la vida de la Iglesia y la existencia de cada cristiano.

Joseph Ratzinger señalaba que «la reforma es siempre un quitar, para que se haga visible la nobilis forma, el rostro de la Esposa, y junto con él también el del Esposo, el Señor vivo». La Iglesia no busca un ideal propio o imponerse eficazmente en el mundo; su objetivo es transparentar el misterio de Jesús, para que todos los hombres puedan conocerlo y unirse a él.

Se ha convertido en un lugar común la exhortación a volver a las fuentes, porque en la Tradición se encuentra aquello que permanece, es esencial y hace vivir. A menudo no se trata de innovar, sino de renovar. Henri de Lubac insiste: «La abertura que se me pide estará en función de mi arraigo en lo esencial. La renovación que he de promover estará en función de mi fidelidad».

La “fidelidad que genera futuro”, en palabras del Papa León XIV, es la renovación de las promesas sacerdotales que haremos enseguida como lo que somos: signos sacramentales, representación de Cristo, cabeza, pastor, siervo y esposo de la Iglesia. Queremos arraigarnos en lo esencial. Gracias sacerdotes y diáconos de Vitoria por vuestra entrega.

2.- PASIÓN POR COMUNICAR EL EVANGELIO.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres”. (Is 61,1). “Concédenos Dios todopoderoso, que quienes han participado en tus sacramentos, sean en el mundo buen olor de Cristo”. Oración después de la comunión.

Una vez resucitado les hace partícipes de su propia misión: «Como el Padre me ha enviado, también yo os envío» (Jn 20, 21). En el ejercicio de esa misión, los discípulos actúan y Jesús mismo actúa con ellos, como se indica al final del Evangelio según Marcos: «Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que la acompañaban» (Mc 16, 20). Los discípulos no son meros ayudantes de Jesús, sino que entran a formar parte de su vida y de su misterio personal.

Pertenecen al misterio de Jesús, "porque él vive en ellos” (Gal 2, 20) y “los considera amigos y hermanos" (Jn 15, 1-17; Rom 8, 29; Heb 2, 11). Romano Guardini ha explicado esta presencia de Jesús en sus discípulos como una acción del Espíritu en Pentecostés: «Una vez que el Espíritu ha descendido sobre ellos, se ha efectuado una misteriosa 'modificación del lugar'. Ahora ellos hablan desde él. Ya no está 'frente a ellos'.', está 'en' ellos. Cuando ellos hablan, es él quien habla».

Aquí se encuentra la máxima relevancia de la Iglesia. No se trata simplemente de que ella ayude a acercarse a Jesús y a vivir la fe. Antes bien, Jesús mismo la ha formado y se ha unido a ella, por lo que la manera de conocer a Jesús, de seguirlo y de recibir el don de su vida es a través de su comunidad de discípulos, de su Iglesia. Y por eso la Iglesia se hace relevante en el acontecimiento salvífico y en la vivencia de la fe. Conviene recordar que esto acontece no porque, primariamente, ella porte a Jesús, sino porque Jesús se ha identificado con ella; a través de ella se comunica, ya que su misterio es eclesial. Según esto, cuando alguien se une a Jesús, queda incorporado a su Iglesia; asimismo, quien entra en relación con la Iglesia, se vincula con Jesús.

Hoy como nunca, somos conscientes que “la Iglesia existe para evangelizar” (Evangelii Nuntiandi 14) y que los bautizados, “discípulos misioneros” (Papa Francisco) “deben buscar maneras de ser una Iglesia misionera, una Iglesia que tiende puentes y fomenta el diálogo, una Iglesia siempre abierta a acoger con los brazos abiertos a todos aquellos que necesitan nuestra caridad, nuestra presencia, nuestra disposición al diálogo y nuestro amor”. (Papa León XIV en su primer saludo).

El celo pastoral y la pasión por anunciar el Evangelio están en el origen de la acogida de seminaristas en nuestra Diócesis y de la presencia de sacerdotes de Asia, América Latina y África para colaborar pastoralmente y para estudiar en nuestra Facultad de Teología, que en parte, gracias a ellos, está en un momento magnífico.

Los sacerdotes que se forman en el Seminario Diocesano Misionero Redemptoris Mater de Vitoria son sacerdotes de la Diócesis de Vitoria, que incardinados en ella, dedicarán la mitad de su ministerio a lo largo de su vida a evangelizar en Vitoria y la otra mitad como itinerantes del Camino Neocatecumenal, en cualquier otra diócesis de la Iglesia universal.

Los seminaristas de otras diócesis, sobre todo africanas, dedicarán cuatro años de su ministerio sacerdotal a evangelizar nuestra Diócesis y después regresarán a la suya. Mientras, a cuenta gotas, se están ordenando seminaristas de Vitoria que, gracias a sus compañeros, se están pudiendo formar en nuestra Facultad y en el Seminario. Es un servicio a nuestras Iglesias hermanas del cual la Diócesis de Vitoria es la primera enriquecida.

Los más de 40 sacerdotes que colaboran pastoralmente en nuestra Diócesis están estudiando su licenciatura o doctorado en nuestra Facultad y esto es una riqueza enorme para sus diócesis y para la nuestra, los pocos años que estén entre nosotros. La vieja Europa, más secularizada pero de más larga tradición cristiana, está más preparada para formar a sus sacerdotes en la corresponsabilidad sinodal integrando en la evangelización a laicos, hombres y mujeres, y a la vida consagrada.

Y los sacerdotes venidos de otras tierras nos aportan una multiculturalidad que enriquece la Iglesia universal y que ayuda a evangelizar esta tierra también muy mezclada y de puertas abiertas. Deberíamos vivirlo como un enriquecimiento mutuo, no como un peligro. Hacemos un gran servicio a sus iglesias pero ellos también nos enriquecen. La Diócesis en el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, el 21 de marzo de este 2026, se expresó así en el Manifiesto: “Denunciar actitudes racistas, xenófobas y discriminatorias dentro de la Iglesia, evitando generalizaciones y discursos falsos y estigmatizantes hacia personas o colectivos procedentes de otros lugares y culturas, y mimando entre todos, los procesos de integración con sentimientos de familia”.

Hay una gran diversidad entre los sacerdotes de Africa, Asia y América Latina, como entre nosotros. No vale criticarles y no acogerles; no vale ser acogedores con todos los migrantes menos con ellos. Las comunidades les deben exigir y agradecer, como a nosotros, a los pastores autóctonos. Y de hecho ya hay comunidades que sólo se pueden apoyar en ellos.

Agradezco la labor de laicos, religiosas y religiosos y sobre todo de sacerdotes que están ayudando a forjar una comunión sacerdotal, fraternidad sacramental, para evangelizar nuestra tierra. Gracias por su participación activa en reuniones, tertulias, fiestas y proyectos pastorales. Me cuesta mucho entender la falta de colaboración de algunos y de algunas generalizaciones racistas que tratan de impedir la integración de seminaristas y sacerdotes en nuestras comunidades y proyectos pastorales, pero yo soy el padre y tengo que aceptar a todas las personas aunque no comparta sus ideas. Pido al Señor en la Misa Crismal una conversión personal y pastoral de laicos, religiosas y religiosos y de sacerdotes en nuestra Diócesis de Vitoria. La unción del Espíritu para nuestra conversión es alma de esta Misa Crismal.

3.- CONVERSIÓN PERSONAL, ESTRUCTURAL Y PASTORAL.

“Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán, por mi nombre crecerá su poder. Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora».” (Salmo 88)

Una verdadera renovación eclesial pasa por la conversión de cada bautizado, por su acercamiento a Jesús, por la identificación con su Evangelio, por su compromiso con la comunidad eclesial.

La conversión personal y la reforma de estructuras van de la mano y se alimentan entre sí. La conversión personal aporta motivación y contenido; los cambios de estructuras concretan esa conversión y la vivencia comunitaria del ser eclesial. La conversión personal no es capaz de renovar por sí misma automáticamente las estructuras. Se necesita, en definitiva, que ambos aspectos interaccionen entre sí. En ese momento estamos.

Por eso sería bueno preguntarnos: ¿cómo queremos vivir este año la Semana Santa?

Hay un pasaje del evangelio especialmente iluminador: el de la hemorroísa. Jesús avanza entre la multitud camino de la casa de Jairo cuya hija está gravemente enferma. Y, de pronto, Jesús pregunta: «¿Quién me ha tocado?». La pregunta parece extraña, porque iba rodeado por la gente. Podría parecer que la pregunta debiera haber sido: «¿Quién no me ha tocado?». Porque todo el mundo le estaba tocando en el tumulto en el cual caminaba. Pero Jesús distingue que alguien le ha tocado de modo diferente: el de quien se acerca con fe. Y eso provoca que salga fuerza de Jesús. Y eso provoca que la vida de la persona que le ha tocado se transforme.

También nosotros vamos a tocar a Jesús en esta Semana Santa. Pero la cuestión es: ¿cómo queremos tocarlo? ¿De un modo superficial, o con la fe que permite que salga fuerza de él y transforme nuestra vida?

De poco serviría asistir a las celebraciones o participar en las procesiones si todo ello no nos condujera a experimentar que Cristo resucita para darnos su vida. Cristo nos comparte con nosotros su triunfo sobre el pecado y sobre la muerte. Cristo nos hace partícipes de su resurrección.

Por ello, al comenzar la celebración de la Semana Santa, puedo preguntarme: ¿Qué esclavitudes tengo en mi vida cuyas cadenas quisiera que fueran rotas? ¿Qué partes de mi vida están muertas y necesitan resucitar? ¿En qué momentos me siento llevando una cruz y necesito un «cireneo» que me ayude a llevarla? ¿Cuándo me veo crucificado y quiero la presencia cercana de Dios? ¿Cuándo he gritado con decepción: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» y espero una intervención divina? ¿Cuándo he recriminado a Jesús: «¡Si eres el Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y a nosotros!», deseando que su presencia invada mi vida? ¿En qué situaciones experimento la soledad y anhelo la proximidad maternal de María?

4.- CUIDADO DE LA COMUNIÓN.

“Él no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, preceden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos. Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y han de darte testimonio constante de fidelidad y amor.” Prefacio de la fiesta.

Ninguna reforma puede dar fruto si no cuida la comunión eclesial, que es vivencia del amor entre los hermanos; de hecho, desde la experiencia del amor es como se renueva la Iglesia. La forma de renovarse está en dejarse llevar por el Espíritu Santo, que derrama su amor en los creyentes (Rom 5, 5) e impulsa por medio de él la vida eclesial. Fruto de este amor es la vivencia auténtica de la fraternidad. Sin el amor fraterno resulta imposible la comunión en la Iglesia. Al final, el amor es camino y fin de toda renovación.

El amor no se ejercita en abstracto, sino a través de acciones concretas –en la esfera del compartir, escuchar, dialogar, convivir y ayudar– que buscan el bien. Todo ello requiere una mirada de simpatía y de solidaridad con los demás, especialmente cuando piensan distinto o proponen iniciativas que no se comparten. También supone una actitud de acogida y el reconocimiento de que todos formamos parte de la Iglesia. Para renovar la vida eclesial hay que vencer la tentación de buscar una Iglesia ideal, que no existe y seguramente no existirá.

El criterio de la comunión se ejercita integrando a todos, tanto a aquellos que viven con radicalidad como a los más normales. Una exigencia desmedida de autenticidad puede debilitar el sentido comunitario. Para cuidar la comunión, todos debemos aportar algo; cada uno puede hacer algo y enriquecer a todos. El diálogo es una forma de integrar a todos y genera un estilo que ha de impregnar las distintas instancias eclesiales, las más cercanas y las más generales o institucionales.

Los que no están de acuerdo con algunos caminos no deben parar la marcha que ve la mayoría. La comunión concreta ha de integrar la diversidad, e incluso la distancia de algunos, ya que una unanimidad deseable puede convertirse en una uniformidad impuesta, y el uniformismo ahoga la vida. Poder pensar de otra manera y hacer propuestas alternativas, sean acertadas o no, es indicio de vitalidad. La apertura a todos los carismas en esta Diócesis y la certeza de que cabemos todos aceptándonos como compatibles, distintos e incluyentes, es un reto en nuestra actualidad.

La implementación del Sínodo comienza con la revalorización y el funcionamiento óptimo de los consejos de consulta y de los órganos de participación que la la Diócesis ya tiene.

El diálogo sincero, la conversación espiritual, la promoción del laicado, y la conversión de las relaciones, de los procesos y de los vínculos, debe marcar el itinerario sinodal en nuestras comunidades y en nuestra Diócesis.

La aceptación de los diferentes y opuestos es comunión y el Obispo debe tener corazón grande para amar a todos, pero no se puede transigir con la pretensión del pensamiento único de algunos grupos que no admiten otras alternativas y estilos que los suyos, erigiéndose en única identidad diocesana con tradición.

5.- AUDACIA: LA DIÓCESIS EN CLAVE VOCACIONAL.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír.”

Todos somos ungidos y enviados. Y esto nos llena de audacia. La renovación supone ser valientes para avanzar. Pasar de las ideas a la acción requiere coraje, porque uno sale de sí mismo y se arriesga. Cuando la Iglesia quiere dejarse guiar por el Espíritu Santo y seguir sus impulsos, no cabe la precipitación, porque hay que discernir bien sus llamadas, pero tampoco se ha de temer a lo nuevo ni a los posibles cambios.

El coraje se vive en la comunión, y algunos lo comparten con otros y lo aportan al camino común. Aquel que tiene coraje también ha de ser humilde para reconocer errores, intentarlo de otra manera o desistir en algo que se constata imposible. En la Iglesia hay que encontrar un ritmo común a todos, que no sea ni apresurado ni perezoso. No se puede esperar indefinidamente.

Cada uno podemos decir: “El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido y me ha enviado.” Hoy el Señor sigue llamando a cada ser humano a un proyecto apasionante. Todos tenemos vocación al seguimiento de Jesús. Cada persona bautizada es invitada a la vida familiar y matrimonial, a la vida consagrada y sacerdotal, a vivir la vida como vocación, como la mejor respuesta personal a las necesidades de la humanidad. Si nuestros jóvenes tienen referencias cercanas de matrimonios que se quieren mucho, de laicos comprometidos, de consagradas y consagrados voluntarios 24 horas y de sacerdotes entregados, ya irán aclarándose y averiguando dónde les quiere el Señor.

“La vocación no nace nunca de manera aislada. Florece cuando encuentra un entorno familiar y comunitario adecuado que la sostiene, la alienta y la hace posible. Una auténtica cultura vocacional requiere comunidades vivas, creyentes, capaces de mostrar con hechos que seguir a Cristo merece la pena. Las vocaciones nacen allí donde la fe se vive y se celebra con alegría; donde se sirve con humildad y donde la vida compartida es signo de esperanza. Realmente seguimos necesitando preparar el terreno y seguir fomentando en nuestra Diócesis una cultura vocacional, que no es otra cosa que alimentar un ambiente propicio para que la vocación sea comprendida como una llamada para todos a descubrir ese “¿para quien soy yo?” Un ambiente en el que cada cual pueda descubrir su lugar y su responsabilidad en la comunidad.” Así se expresaba el Obispo de San Sebastián en Adviento.

Hemos hablado los dos muchas veces en estos años sobre la apuesta vocacional. Asumo con entusiasmo sus propuestas que son las de muchas diócesis en la Iglesia. De hecho durante bastantes años estamos impulsando la Gazte Meza conmigo en San Miguel los domingos a las 19:30h. Desde esta Pascua tendrá un carácter vocacional. Ya lo tiene Las tardes de los jueves en el Seminario desde las 19:30h. E igualmente la Marcha Vocacional a Estíbaliz, los primeros sábados desde la Virgen Blanca a las 08:30h.

Quiero incorporar la iniciativa de la diócesis de San Sebastián: Centinelas de la mañana. Es decir, grupos de oración para rogar por las vocaciones tal como Jesús desea (Lc 10,2). Se trata de juntarse periódicamente para “pedir al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”, por parroquias, comunidades, zonas pastorales o en la modalidad que se desee. Cualquiera puede tomar la iniciativa. Un sacerdote de la Diócesis, Javier La Rosa, estará disponible para aconsejar, acompañar o facilitar materiales. Será una cadena de oraciones comunitaria y diocesana que sensibilice a las comunidades y ayude al Señor a realizar el milagro vocacional. Especial protagonismo tendrán nuestros mayores y de entre ellos, los que viven más aislados o en la enfermedad.

Cada dos meses me juntaré yo con estos grupos en la Concatedral de María Inmaculada y una vez al año serán convocados los Centinelas de la mañana para un encuentro oracional y festivo.  La Delegación de Pastoral con jóvenes ha pasado a ser Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil-Vocacional. Y desde el 4º domingo de Pascua comenzarán las nuevas iniciativas incluida la de Centinelas de la mañana.

Empezaremos trabajando el Mensaje del Papa León XIV para la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones titulado ‘El descubrimiento interior del don de Dios’. Nos dice: “En este espíritu, invito a todos —familias, parroquias, comunidades religiosas, obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, educadores y fieles laicos— a comprometerse cada vez más a crear contextos favorables con el fin de que este don pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado para dar fruto abundante. Sólo si nuestros ambientes brillan por la fe viva, la oración constante y el acompañamiento fraterno, la llamada de Dios podrá surgir y madurar, convirtiéndose en camino de felicidad y salvación para cada uno de nosotros y para el mundo. Recorriendo el camino que Jesús, el Pastor bello, nos indica, aprendemos entonces a conocernos mejor a nosotros mismos y a conocer más de cerca a Dios que nos ha llamado.”

6.- AMOR PACIENTE

“Me ha enviado a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”. (Lc 4, 19-20). Liberar, sanar y predicar tienen su precio. No es nada romántico. No hay que olvidar cómo termina la escena. Cuando Jesús les dijo que ningún profeta era aceptado en su pueblo, “Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba  edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino” (29-29).

Sólo cuando te intentan echar de tu trabajo, de tu parroquia, de tu comunidad o de tu Diócesis, puedes amar con un amor purificado y paciente que sólo el Señor puede dar. Y esto es una bendición para nuestra autorreferencialidad innata. El Señor corrige de cuajo el proyecto de nuestra vida teñido de narcisismo y de autocomplacencia.

Una verdadera reforma, para que tenga éxito en la Iglesia, es preciso que vaya acompañada de paciencia; cierta disposición del alma y de la mente, sabedora de las dilaciones necesarias; cierta humildad y flexibilidad del espíritu; la conciencia de la imperfección y hasta de las inevitables y fatales impurezas son necesariamente asumibles.

Las actitudes de la paciencia y de la serenidad desenmascaran posibles tentaciones de puritanismo e incluso de integrismo. La paciencia es un ejercicio de comunión. Habrá que evitar que creamos que podemos hacer una renovación con gestos y actitudes, con fuegos artificiales de palabras atrevidas. Habrá que atarse al estudio y al trabajo, al diálogo y a la espera, a la serenidad y a la mesura, al realismo y a las bien cimentadas convicciones. Es nuestra apuesta.

La prueba del algodón en la renovación eclesial es el afecto, la caridad y el amor fraterno. “Mirad cómo se aman”, sigue siendo el signo distintivo de la comunidad eclesial. Quien más ame y lo exprese mejor, será quien más esté contribuyendo a la renovación diocesana. La renovación eclesial en la implementación del Sínodo ¿nos está haciendo mejores? Para eso es. Si no, andaríamos en una sutil lucha por cotas de poder, y no es el caso. Agradezco de corazón todo el afecto puesto por los presbíteros y diáconos de Vitoria en el ejercicio de su ministerio.

En el anuncio de la resurrección de Jesucristo que hizo Pedro el día de Pentecostés describió a Jesús como un hombre que pasó haciendo el bien. Ojalá, al final de nuestra vida, pueda decirse también de cada uno de nosotros eso mismo: que hemos pasado por este mundo haciendo el bien.

Éste es mi deseo para todos nosotros: que las celebraciones de esta Semana Santa no sean un mero recuerdo exterior, sino una experiencia viva; que esta Pascua toque nuestro corazón; que nos haga pasar de la oscuridad a la luz, del miedo a la esperanza, del cansancio a la confianza, de la muerte a la vida. Cristo ha resucitado, resucitemos nosotros con él. Que así sea..

 

+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

En el Catedral de Santa María, en la Misa Crismal
1 de abril de 2026, Miércoles Santo

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