Evangelio del día: «Jesús cura a dos ciegos que creen en él». Mt9,27-31

Homilía Funeral por Monseñor Miguel Asurmendi

Señor Cardenal Presidente de la Conferencia Episcopal Española, señores arzobispos y obispos, queridos salesianos y otros religiosos y religiosas, sacerdotes y laicos, diocesanos todos de Tarazona y Vitoria, queridas autoridades, amigas y amigos todos: Don Miguelen heriotzak goibeldu gaitu. Beraren alde eska dezagun.

Hoy como los discípulos de Emaús caminamos tristes por el golpe inesperado de la muerte de D. Miguel. Yo no puedo evitar un sentimiento de orfandad. El Señor Jesús en la Eucaristía se hace el encontradizo para preguntarnos cómo estamos. En la muerte somos incapaces de reconocerle. Por eso necesitamos que nos dirija la Palabra y "comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les contó los que se refería a Él en la Escritura". Sus palabras nos dan un horizonte nuevo: "el Mesías tenía que padecer para entrar en la gloria". Lo que vivido en singular les deprime y entristece, vivido en plural, desde Jesús les anima y les llena de alegría: "Cómo ardía nuestro corazón mientras íbamos de camino". También nosotros necesitamos este ardor del corazón que nos ayude a superar la tristeza y la Palabra definitiva de Jesús, su Resurrección, que nos devuelva la esperanza. Los discípulos volvieron contentos a Jerusalén y contaron cómo le habían reconocido al partir el pan. Él está vivo y eso hace nuevas todas las cosas.

Miguel vive en el Señor Resucitado y desde esa certeza rescatamos mucho consuelo y mucha alegría para nuestra propia vida. La resurrección de Jesús, no nuestros deseos, nos da verdadera esperanza. La Resurrección de Jesús tan real que la cruz ¿qué transparenta en la vida de D. Miguel? Varios destellos:

  1. Que la vida es para una misión.
    Miguel sólo llevaba 5 meses como obispo emérito. Cuando al momento de fallecer me dieron la noticia las primeras palabras que vinieron a mi mente fueron las del Papa Francisco en el número 273 de Evangelii Gaudium: "Yo soy una misión en esta tierra y para eso estoy en este mundo". Pensé: D. Miguel ha vivido para la misión y terminada la misión se ha terminado la vida. "La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme...Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego para esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar." Despedimos a un pastor que ha vivido siempre para la misión. El Papa advierte del peligro de vivir desde la privacidad de los cobertizos personales a distancia de la gente y sus problemas, sin olor a oveja. Para quien ha vivido entregado la muerte es la última entrega. La vida de D. Miguel me interroga: ¿Vivo yo para lo nuclear de mi misión, desde lo esencial o vivo entretenido entre cuestiones secundarias?
  2. Culminamos la vida como una obra de arte. D. Miguel en esta nueva misión de obispo emérito estaba lleno de ilusión, planes, proyectos, amistades y sueños. Quería culminar la vida como una obra de arte y así ha sido aunque no de la manera que él y nosotros esperábamos. Tenía conciencia de que le quedaban muchas cosas por hacer. El Papa les preguntaba a los jóvenes en Cracovia: ¿Os atrevéis a soñar? ¿Creéis que las cosas se pueden cambiar? D. Miguel nunca renunció a sus sueños ni a los vocacionales y una y otra vez intentó con sus colaboradores más cercanos  dar con las propuestas juveniles más acertadas para la pastoral vocacional. Hoy al encomendarle refrescamos nuestros sueños, alimentamos los grandes deseos, los que Dios ha puesto en cada uno de nosotros, seguros como decía el Papa a los jóvenes, de que una vida de es bella si deja su propia huella, su impronta, lo que Dios espera de cada uno.
  3. Todos y cada uno somos únicos e irrepetibles. Dios sobre cada uno pronuncia un nombre. Todos tenemos un sello, un estilo, una impronta, una manera única e irrepetible de ser y de querer. Un autor contemporáneo dice que "nacemos originales y morimos copias". Con D. Miguel no ha sido así. Nacer en una familia entrañable, crecer desde el cariño de sus padres, hermanas, tíos y abuelos le dio siempre ese aire cálido, cercano y cariñoso. ¡Bendita familia! ¡Qué suerte tuvo D. Miguel! Gracias por estar ahí arropándole siempre. Para vosotras sus hermanas nunca dejó de ser el pequeño ¿verdad? Vuestra herencia familiar, esa humanidad cordial, la hemos disfrutado todos. Algo tendrá que ver la familia salesiana en ese trato respetuoso, solemne, digno y delicado de D. Miguel. Te hacía sentirte importante cuando te dedicaba toda su atención. Transparentaba las palabras del Papa en el número siguiente: "Necesitamos reconocer también que toda persona es digna de nuestra entrega...cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida". ¿Planto mi sello personal en lo que hago y vivo? ¿Contribuyo a un mundo mejor?
  4. Un gran pastor en comunión con grandes pastores. D. Miguel ha sido obispo en los pontificados de San Juan Pablo II, Benedicto XVI y del Papa Francisco. Ha tratado de recoger lo mejor de cada uno en su modelo pastoral y la impronta de San Juan Bosco le ha acompañado siempre. Despedimos a un gran pastor atento siempre a la evolución de la Iglesia en medio del mundo. En 25 años de obispo de los cuales 20 han transcurrido en Vitoria se han superado muchas dicotomías y muchos enfrentamientos. El modelo de pastor que él ha encarnado y acompañado favorece la reconciliación social y la administración personalizada del sacramento de la penitencia; la acción social entre los más desfavorecidos y la adoración eucarística; la promoción del laicado y la clara identidad sacerdotal; el compromiso social y la espiritualidad; la pastoral diocesana y los nuevos movimientos y carismas. El frente de evangelización en un mundo secularizado es tan inmenso que ser pastor de pastores de distintas sensibilidades en un cauce eclesial hondo y fecundo ha sido uno de sus retos. Nadie sobra, todos nos necesitamos, todos somos necesarios.
  5. Lo más sagrado de su persona, su intimidad vuelta a Dios. Lo más grande de D. Miguel se nos escapa. ¡Con qué cariño preparó la capilla de su casa de Pamplona para estos pocos meses! ¡Cómo durante varios meses tuvo que celebrar la misa en su casa de Vitoria por encontrarse lleno de achaques y de "goteras"! Su amistad con el Señor, su intimidad con Él las conocemos por indicios. El mundo nos prepara para la acción: hacer, deshacer, programar, evaluar. Y ha sido D. Miguel un hombre de acción. Pero sobre todo ha sido grande en la pasividad y en la contemplación siempre. En el último año de su vida en Vitoria por  sus enfermedades D. Miguel se agigantó. La fecundidad, la felicidad nos la jugamos en la pasividad: asumir, aceptar, tragar, acompañar y en todo esto D. Miguel fue un maestro. Fue grande. Él sabría sus penas, sus preocupaciones, su pasión interior, su dolor. Nunca nos quiso importunar. Nos quedamos con su juicio benévolo, con su alma grande y con su corazón de pastor. Queremos seguir sus pasos yo el primero. Nos encomendamos y le encomendamos a San Prudencio de Armentia y a Santa María de Estíbaliz, la Blanca, María Auxiliadora.

Kristoren berpizkundea gure argia da. Encomendamos nuestra diócesis de Vitoria y nuestra Iglesia universal. Son tiempos recios y apasionantes. Como en Iglesia en salida, en el funeral de D. Miguel, renovamos nuestra vocación de servicio a nuestro pueblo y a nuestra sociedad, especialmente a los últimos. Agradecemos a Su Santidad el Papa Francisco su telegrama de condolencia.

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