Homilía y fotografías por la fiesta de San Prudencio
Si el año pasado un apagón general llegaba tras la misa, en esta edición la normalidad ha regresado a esta fiesta tan querida en honor al patrón de los alaveses. La basílica de San Prudencio y las campas de Armentia han vuelto a ser el epicentro de este 28 de abril.
A las 11:00h comenzaba en este templo románico la Misa Pontifical –una de las cuatro organizadas para hoy– por este día grande para Álava. Presidida por el Obispo de Vitoria, D. Juan Carlos Elizalde, a ella han acudido las principales autoridades del territorio encabezadas por el lehendakari, Imanol Pradales, el diputado general de Álava, Ramiro González, la alcaldesa Maider Etxebarria y la presidenta de las Juntas Generales, Irma Basterra, flanquedos por junteros, concejales, miembros de la Junta Administrativa de Armentia y por la Junta Directiva de la Cofradía de San Prudencio con su presidente José Antonio Cristobal a la cabeza. Y tras ellos, un numeroso público que ha abarrotado esta iglesia basílica cuyo titular es San Prudencio.
De esta manera y con motivo de la fiesta de San Prudencio, Ángel de la paz, patrón de los alaveses, compartimos aquí la homilía del Obispo de Vitoria, Mons. Juan Carlos Elizalde.

HOMILÍA DEL OBISPO DE VITORIA
MONSEÑOR JUAN CARLOS ELIZALDE
POR LA FIESTA DE SAN PRUDENCIO
PATRÓN DE ÁLAVA
Queridas autoridades, hermanos sacerdotes, amigos de San Prudencio y amigos todos: ¡Feliz Pascua de Resurrección! Pazko Zoriona denoi! ¡Que Viva San Prudencio!
San Prudencio, nuestro patrono, siempre acompaña a nuestra Diócesis y a nuestro pueblo en sus penas y en sus alegrías. El Ángel de la paz sabe de nuestros conflictos, de nuestras tensiones y de nuestras alegrías. Su fiesta, el 28 de abril, es siempre primavera, aunque llueva, y es anuncio de esperanza, pese a todas las noticias que nos llegan día tras día y que pocas, muy pocas, son dignas de aplaudir.
Hoy celebramos con alegría y buena unión la fiesta más alavesa, la que nos une por encima de todo, la que nos recuerda a un hombre de fe sencilla y profunda, sembrador de esperanza y paz en tiempos difíciles. Su figura, nacida de esta tierra y entregada al servicio del Evangelio, sigue hablándonos siglos después con una fuerza sorprendentemente actual. Porque los santos no pertenecen solo al pasado: son luz para el presente y camino para el futuro.
San Prudencio vivió en una época marcada también por incertidumbres, cambios sociales y tensiones humanas como nosotros estamos siendo testigos. No conoció un mundo perfecto ni tranquilo, al igual que nosotros. Y, sin embargo, eligió no encerrarse en el miedo, sino abrirse a Dios y entregarse a los demás para poner paz. Esa es la primera gran lección que hoy nos regala: cuando el mundo se agita, los creyentes estamos llamados a ser sembradores de paz.
Contemplando guerras dolorosas, pueblos enteros desplazados, familias rotas por la violencia y millones de personas que sufren las consecuencias del odio, la ambición o la indiferencia, hoy más que nunca necesitamos Prudencios en todos los foros posibles y a toda escala: política, económica y social. Pero la paz no tendrá éxito si no comienza en el corazón de cada persona, de cada uno de los que hoy llenamos este templo y estas campas. La paz se hace presente cuando se perdona, cuando se dialoga, cuando se escucha, cuando se renuncia a la violencia de las palabras y de los gestos y cuando se deja de odiar a quien no tiene mi visión de las cosas.
En esta nuestra tierra, venimos de una historia donde hemos conocido el terror y todo el sufrimiento que conlleva y que llega hasta nuestros días. Por eso sabemos bien que la paz verdadera cuesta, exige memoria, justicia, respeto y grandeza de alma. San Prudencio, hombre conciliador y pastor de unidad, nos anima a no reabrir trincheras, a no vivir enfrentados permanentemente, a no convertir al diferente en enemigo. La convivencia se construye cada día con verdad y con voluntad de encuentro.
Todos querríamos vivir en nuestra tierra. Con los nuestros. Pero muchos llaman a nuestras puertas escapando de la guerra, del hambre o de la falta de futuro: son los migrantes. Algunos llegan desconcertados e incluso engañados. Otros encuentran rechazo o sospecha antes incluso de ser conocidos. San Prudencio, pastor cercano a los pobres y caminante incansable, nos enseñaría sin duda a mirarles con ojos humanos y cristianos.
Detrás de cada migrante hay una historia, una familia, lágrimas, sueños y una enorme valentía. Nuestra tierra alavesa, siempre trabajadora y abierta, puede seguir siendo ejemplo de acogida responsable, integración inteligente y fraternidad sincera. Acoger no significa ingenuidad; significa humanidad. Ordenar no significa cerrar el corazón; significa buscar el bien común sin perder la compasión. Ayudar en origen es darles esperanza para seguir construyendo sus vidas en su contexto como nos gustaría a cualquiera de nosotros. Pero la indiferencia, jamás.
San Prudencio nos invita hoy a preguntarnos: ¿qué clase de sociedad queremos ser? ¿Una sociedad crispada, temerosa y encerrada en sí misma? ¿O una sociedad capaz de convivir, de respetarse, de tender la mano y de construir juntos? La respuesta no se juega solo en grandes decisiones políticas; se juega en nuestras calles, en nuestras comunidades, en los centros de trabajo, en las escuelas, en las familias y también en nuestra Iglesia. La Diócesis de Vitoria en el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, el pasado 21 de marzo de este 2026, se expresó así en su Manifiesto: “Debemos denunciar actitudes racistas, xenófobas y discriminatorias dentro de la Iglesia, evitando generalizaciones y discursos falsos y estigmatizantes hacia personas o colectivos procedentes de otros lugares y culturas, y mimando entre todos, los procesos de integración con sentimientos de familia”.
Al hilo de esto me serviré brevemente de palabras del Papa León XIV y del Presidente de la Conferencia Episcopal, Mons. Argüello para comentar las tres oraciones presidenciales de la Eucaristía de San Prudencio.
APOSTAMOS POR LA PAZ
“Oh Dios, fuente de la paz,
que concediste a san Prudencio
el don admirable de restablecer la paz
entre los hermanos divididos;
te pedimos que, por su intercesión,
nos concedas vivir siempre unidos a tus deseos”.
En medio de esta geopolítica loca apostamos por la paz y pedimos la intercesión de nuestro santo. Monseñor Argüello nos decía en su discurso inaugural de la última Asamblea de la Conferencia Episcopal que este tiempo de emociones reduccionistas se contagia también a la convivencia social y política en el fenómeno de la polarización, pues no es solo un choque de ideas, es, fundamentalmente, un fenómeno afectivo. En la psicología social moderna, se habla de «polarización afectiva», donde el rechazo hacia el otro es más fuerte que la adhesión a las propias ideas. La polarización transforma las opiniones en identidades. Ya no «opinas» de una manera, sino que «eres» de una forma. Y, así, perteneces a un grupo que ofrece seguridad emocional para sentir que estás en «el lado correcto de la historia». El miedo es el pegamento más fuerte de la polarización. No se ve al oponente como alguien con quien se discrepa, sino como una amenaza existencial. Se cultiva la sensación de que, si el otro bando gana, el estilo de vida propio o los valores fundamentales desaparecerán. Esto es visible en nuestra sociedad, lo vemos, lo palpamos.
Surge también el miedo a ser excluido del propio grupo si se muestra tibieza o acuerdo con el rival. Diversas emociones se ponen en juego y se alimentan en la polarización, como la indignación moral o la convicción de que el otro no solo está equivocado, sino que es «malo» o «inmoral»; el resentimiento acumulado desde el que se juzga que el otro grupo ha recibido privilegios injustos, o ha causado daños históricos, es lo que justifica la hostilidad, la deshumanización y el desprecio que rompe el puente del diálogo y hace perder la capacidad de ver al oponente como un ser humano con miedos y deseos similares; así se reduce a la otra persona a un estereotipo o a una caricatura; la superioridad moral otorga la satisfacción narcisista de sentir que uno posee la verdad absoluta y que los demás son ignorantes o están manipulados, esa superioridad refuerza la «cámara de eco» como alivio emocional de estar rodeado de personas que piensan igual, lo cual refuerza la sensación de seguridad e inmovilismo.
La polarización surge porque la dialéctica de los contrarios del tramo final de la Modernidad niega las polaridades que nos constituyen y nos hacen fecundos: la polaridad trinitaria fundante de todas las demás, pues a su imagen hemo sido creados; la polaridad antropológica varón y mujer; la polaridad tú y yo, nosotros y la sociedad; la polaridad historia y vida eterna. Cada una de las polaridades es fundamento de los vínculos que nos unen. Sin estos vínculos solo queda la lucha por el poder entre los polos enfrentados.
«Esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente», nos decía el Papa León XIV en su primer saludo.
LA ALEGRÍA SE ABRE PASO EN NUESTRA FIESTA
“Porque nos concedes la alegría
de celebrar hoy la fiesta de san Prudencio,
que has puesto al frente de tu pueblo,
para sembrar unidad y paz”.
Las campas de Armentia rezuman alegría en las fiestas de San Prudencio y la Virgen de Estíbaliz. Necesitamos el horizonte de las fiestas para vivir con sentido el día a día más gris y más monótono. La proximidad del Viaje Apostólico del Papa León XIV a nuestro país nos llena de alegría. Estamos en plenos preparativos. Monseñor Argüello nos recordaba que la presencia del Papa en España y su encuentro con instituciones diversas de la sociedad española, en Madrid, Barcelona, Las Palmas y Tenerife, será también una oportunidad para un nuevo diálogo entre Iglesia y sociedad que ensanche la mirada respecto a nuestros problemas locales y los abra a la universalidad.
Las sedes que el Papa va a visitar en su visita son especialmente significativas. La etapa de las Islas Canarias, en sus dos diócesis, hace visible el deseo manifestado por el Papa Francisco de visitar este lugar que hace visible un sufrimiento injusto y poner en la mesa de la Iglesia y de la sociedad la cuestión migratoria.
En la acogida de inmigrantes, indudable signo evangélico, percibimos las tensiones ideológicas entre dos polos de la Doctrina Social de la Iglesia: la dignidad humana y el bien común. Una lectura de la dignidad humana, basada en un humanitarismo compasivo, aislada del bien común que reconoce el derecho de los Estados a regular los flujos migratorios, provoca reacciones, a veces emotivas, usadas ideológicamente por supuestos defensores del bien común de la nación. Es un bien cerrado al bien común internacional que pide abordar las causas políticas y económicas de las migraciones. Dignidad y bien común, nacional e internacional, han de ser tenidos en cuenta para abordar uno de los signos del mundo actual, sin perder la mirada a los rostros concretos de sufrimiento. Caer en el emotivismo compasivo y en las manipulaciones ideológicas es, en este campo, un riesgo muy alto.
Es también la visita de un Jefe de Estado, y por eso supone una visita a la sociedad. Confirmará en la fe a los creyentes y, en la medida en que es una visita a todos, ese «confirma en la fe» que nosotros escuchamos, para la sociedad puede ser un «confirma en la confianza». Vivimos en una sociedad en la que, fruto del individualismo y de diversas circunstancias, ha ido creciendo la desconfianza. Por eso, recibir la visita del Papa puede hacer crecer la confianza para que se traduzca en una llamada a construir un «nosotros», un pueblo, que es imprescindible para que exista una democracia. Es la existencia de un pueblo con conciencia de ser pueblo y que quiere empeñarse por el bien común, que es lo que sostiene la sociedad. La visita del Papa es un acontecimiento de gracia que tiene una dimensión espiritual, pastoral y también política, entendida en sentido clásico: como la acción de los ciudadanos que se organizan para alcanzar el bien común, defender la dignidad de la vida y promover su desarrollo integral, sin olvidarse de los pobres de nuestro mundo interconectado e interdependiente.
El Estado es aconfesional, pero el Gobierno tiende a tomar posturas «confesionales» en materia antropológica, definiendo el comienzo y el final de la vida, la definición del matrimonio y de la familia, y el significado de la sexualidad humana con criterios de fe ideológica, al margen de la ciencia y de las experiencias humanas más elementales. Tiene también una mirada confesional sobre la historia, y selectiva sobre las víctimas. Manifiesta un deseo desmedido de intervenir en la sociedad civil y de controlar las instituciones que aseguran la división de poderes en lo político y la libre concurrencia en lo económico, además de una doble vara de medir, según a quién afecten los asuntos de abuso de poder o de corrupción. Todo ello queriendo asegurar el control sobre los medios de comunicación. Es de mínima honradez reconocer que varias de estas características valdrían para casi todos los gobiernos.
Denunciar estas realidades no resta alegría en medio de la fiesta porque apostamos por la transparencia.
JUNTOS
“Derrama, Señor, sobre nosotros tu Espíritu de caridad
y concédenos a los que hemos participado en una misma mesa,
en la festividad de san Prudencio,
permanecer siempre unidos en el amor fraterno”.
El Papa León XIV nos decía en las ordenaciones sacerdotales de este domingo que “la necesidad de seguridad vuelve los ánimos agresivos, encierra a las comunidades en sí mismas, instiga a buscar enemigos y chivos expiatorios. A menudo hay miedo a nuestro alrededor y quizás también dentro de nosotros.
Con frecuencia, lo que les falta a las personas es un lugar donde experimentar que juntos es mejor, que juntos es hermoso, que es posible vivir juntos. Facilitar el encuentro, ayudar a reunirse con quienes de otro modo no se conocerían nunca y acercar a los contrarios está íntimamente unido a la celebración de la Eucaristía y la Reconciliación. Reunir es, siempre y nuevamente, establecer la Iglesia. ¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse.”
Necesitan el testimonio de gente feliz, que en medio de las dificultades, puedan confesar: “Me fío, con Dios la vida puede ser verdaderamente hermosa, quiero recorrer el camino de esta belleza”. Y lo más extraordinario es que, convirtiéndonos en sus discípulos, a su vez nos volvemos “bellos”; su belleza nos transfigura. Como escribe el teólogo Pável Florenski, la ascética no hace al hombre “bueno”, sino al hombre “bello”. El rasgo que distingue a los santos, además de la bondad, es la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo. Así, la vocación cristiana se revela en toda su profundidad: participar de su vida, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza”, decía en el Mensaje para La Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones.
Pidamos la intercesión de San Prudencio para que toque nuestro corazón, que nos regale gobernantes sabios, ciudadanos responsables, jóvenes con ideales altos y familias unidas. Que proteja a quienes sufren soledad, desempleo o incertidumbre. Que nos haga ver a quienes han venido de lejos y buscan aquí un hogar como hermanos. Que consuele a las víctimas de toda violencia. Que fortalezca a quienes trabajan por la paz silenciosamente cada día. Y sobre todo, que nos enseñe a ser constructores de puentes y no de muros; servidores del bien común y no prisioneros del egoísmo; hombres y mujeres de esperanza.
San Prudencio, patrono querido de Álava, ruega por nosotros. Ruega a Dios por la ciudad de Vitoria, por nuestros pueblos y por todos los que los habitan. Que estas fiestas de San Prudencio y Nuestra Señora de Estíbaliz sean siempre un recordatorio para ser mejores en amor, servicio y compasión, mejores vecinos, mejores ciudadanos y mejores cristianos. Que así sea.
+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria
En la Basílica de San Prudencio de Armentia,
28 de abril de 2026, fiesta del Ángel de la Paz
Programa de las fiestas en honor a San Prudencio y Nuestra Señora de Estíbaliz.










