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Corresponsabilidad en el cuidado: Hacia la “cuidadanía”

Corresponsabilidad en el cuidado

Corresponsabilidad en el cuidado: Hacia la “cuidadanía”

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Se acerca otro 25N, día internacional de la Eliminación de la Violencia Contra la Mujer, y la cotidianidad de este problema tan grave sigue siendo abrumadora: más de 1026 mujeres han sido asesinadas en España por sus parejas o exparejas desde el 2003, 50 de ellas este año 2019.

Ésta es, utilizando la imagen gráfica de Am­nistía Internacional, la parte visible del ice­berg: el asesinato, la agresión física, la viola­ción, el abuso sexual… pero debajo, mucho menos visible, hay una amplia base que es sostenedora de esa punta de iceberg: la hu­millación, el chantaje emocional, el lenguaje sexista, la invisibilización, los micromachis­mos… Tenemos claro que, en la medida en que reflexionemos e intervengamos en mi­nar esa base inferior, lograremos “hundir” ese iceberg para que ninguna mujer vuelva a vivir ningún tipo de violencia contra ella.

El año pasado, Ritxar Bacete nos ayudó a reflexionar sobre el papel que tienen los hombres y la masculinidad en la violencia contra las mujeres, y como buscar y poner en valor modelos pacíficos y cuidado­res como alternativa a aquellos que generan desigualdad y relaciones violentas.

Y esa idea de profundizar en la importancia del cuidado, y del cuidado correspon­sable, nos ha llevado a elegirlo este año como tema a profundizar y trabajar. ¿Nos acompañais?

Ecodependientes e interdependientes

Nos cuestiona Yayo Herrero, antropóloga: ¿de qué depende nuestra vida como se­res humanos?

Por una parte, ella nos recuerda, que somos seres profundamente eco-dependientes. Vivimos insertas en un medio natural del que obtenemos todo lo que necesitamos para satisfacer nuestras necesidades y que debemos cuidar con responsabilidad.

Por otra parte, la especie humana es irremediablemente interdependiente. Nues­tra especie es profundamente vulnerable, nuestros cuerpos son profundamente vulnerables…

Solo podemos existir si es dentro de una comunidad, de una sociedad. Desde que nacemos, durante nuestra vida, en la enfermedad, en la vejez… somos dependien­tes del cuidado y el trabajo de otras personas.

Aprendemos a amar, incluso a nosotras mismas, gracias al reflejo de otras perso­nas que nos enseñan cómo hacerlo.

La vida humana tiene que sostenerse deliberada y explícitamente porque no pue­de sostenerse sola…

Por lo tanto, el cuidado debe ser un bien fundamental y profundamente central en nuestras casas, comunidades, instituciones, Iglesia…

Crisis de los cuidados

Pero a pesar de tener que ser un valor primordial y universal, todavía hoy existe una gran desigualdad en las responsabilidades asumidas por hombres y mujeres en las labores de cuidado, asumiendo ellas, como rol asignado a su género, la ma­yor parte de esta responsabilidad vital.

La participación de las mujeres en el mercado laboral y el incremento de su auto­nomía personal son valores aceptados por la mayoría de la población, pero en el tema del cuidado, en la práctica, siguen siendo mujeres de diferentes generacio­nes o diferentes orígenes étnico-sociales las que se distribuyen los trabajos y las responsabilidades del cuidado.

Corresponsabilidad en el cuidadoEsta menor incorporación al cuidado por parte de los hombres en proporción a la incorporación de la mujer en el mercado laboral, provoca que muchas mujeres se vean obligadas a recurrir a empleos a tiempo parcial (el 80% de los contratos a tiempo parcial son de muje­res; en consecuencia, un menoscabo económico en su presente, y en su fu­turo por una menor o nula cotización a la Seguridad Social), al delegar el cui­dado de sus criaturas a familiares cer­canos, generalmente mujeres, o a asumir la sobrecarga de trabajo (“dobles jorna­das”, dentro y fuera del hogar), privándolas de tiempo personal. Por otra parte, a ellos les hace perder oportunidades de desarrollo personal y de crear lazos afecti­vos con sus familiares. Además, en muchos casos, puede ser fuente de conflicto en las familias, motivo de rupturas de pareja y descenso de la natalidad.

Por tanto, esta falta de corresponsabilidad, está yendo en detrimento de una atención adecuada a niños, niñas, mayores y personas dependientes en la fami­lia, lo que está llevando a esta crisis de los cuidados.

Otra gran dificultad en esta feminización del cuidado es que sigue siendo un tema unido sobre todo al entorno de lo privado. De ahí que haya sido fundamental llevar la lucha de los cuidados fuera de la familia, de la casa, y trasladarla a las calles. Por eso, la huelga de los cuidados, por eso la potencia de la lucha de las trabajadoras de hogar en la lucha por sus derechos, por eso la importancia de los derechos de paternidad y maternidad, o la urgencia de los llamamientos desde algunos secto­res para que se desarrolle una ley de cuidados.

Pero tal vez no debamos quedarnos solo en una «lucha por». Tal vez lo que necesi­tamos es un cambio más profundo.

Desde la ciudadanía a la “cuidadanía”

Debemos esforzarnos por tanto en buscar sistemas de relaciones y de organiza­ción social que pongan en el centro la sostenibilidad de la vida y el cuidado como una categoría fundamental e indispensable.

Julia Pérez Correa en su artículo “Corresponsabilidad y cuidados: el impacto fami­liar y la repercusión en la vida de las mujeres. Revista con la A (2014) nº 34” realiza una propuesta clara:

“La corresponsabilidad significa compartir con justicia y de manera equitati­va los beneficios y las tareas que comporta el cuidado”; “por el bienestar co­mún es necesario modificar los estilos de vida de hombres y mujeres, rom­piendo comportamientos estancos y sustituyéndolos por una convivencia basada en la justicia, en el reparto de responsabilidades y en la que hom­bres y mujeres construyan juntos no sólo el espacio público sino también el privado…” “…sólo así lograremos mejorar nuestro bienestar y nuestra convi­vencia, tanto dentro como fuera de nuestras familias”.

Y entre todas las propuestas, ésta nos interpeló especialmente como dirección en la que trabajar: Pasar de la ciudadanía, de los derechos de hombres y mujeres al cuidado, a la “cuidadanía”. Es decir, el derecho al cuidado y la responsabilidad del cuidado es cosa de todas las personas, hombres y mujeres.

Para ello, necesitamos un cambio colectivo, en las familias, en la sociedad, en la Iglesia, donde la organización de la vida ponga el cuidado en el centro, recono­ciendo, así, la vulnerabilidad del ser humano y que, sin cuidado, la vida no es posi­ble.

La “cuidadanía” está en la esencia de lo humano y hacerlo en corresponsabili­dad significa compartir con justicia y de manera equitativa los beneficios y las tareas que comporta el cuidado. Por tanto, es un derecho universal que hay que desfeminizar: es imprescindible que mujeres y hombres desaprendan algunos comportamientos que hasta ahora les han sido asignados por su género para aprender otros nuevos que permitan establecer el cuidado como valor universal que debe ser optado y compartido por ellos y ellas.

La corresponsabilidad requiere también el apoyo del Estado, con servicios públi­cos adecuados y apoyo al cuidado; de las empresas, con planes de igualdad y conciliación; y de los agentes sociales, como centros educativos y los medios de comunicación.

Crecer, además, en el cuidado y la ternura nos llevará a modelos de sociedades donde la vida sea nuclear, y romper con los modelos basados en la explotación y dominación que nos llevan a relaciones violentas y destructivas, como,por desgracia, seguimos poniendo sobre la mesa este 25N.

La apuesta por la revolución de los cuidados nos llevará a sociedades donde la justicia social lleve al bienestar y la sostenibilidad de la vida.

Dios: Madre-Padre “Todo-Cuidadosa”

La aspiración a un cuidado mutuo, corresponsable, no jerárquico, sin privilegios y que englobe el cuidado de la tierra, es algo también profundamente instalado en nuestra vocación cristiana. Nuestra teología y nuestra espiritualidad deben tener el cuidado y la ternura como algo nuclear que debe afectar a nuestras comunidades cristianas, a nuestras estructuras, a nuestra vida eclesial.

Sin embargo, si miramos a nuestra Iglesia, estamos, en cierto sentido, atados y ata­das a una práctica demasiado «masculina» en sus lenguajes, en sus formas, en su liturgia, en sus representaciones de lo divino… en las que todavía prevalece más la imagen de un Dios Creador frente a la de un Dios Cuidador-Cuidadora.

¿Cómo dar cuerpo a una teología y una espiritualidad del cuidado?
¿Cómo leer la Biblia desde esa clave?

Necesitamos recuperar una imagen de Dios en la que no sólo es Creador, sino también Cuidador, y que se mantiene fiel en el cuidado.

Y no sería difícil, pues la Biblia recoge numerosos pasajes de la historia de la salva­ción atravesados por esa iniciativa todo-cuidadosa de Dios que cuida del pueblo; que vela por la dignidad de cada criatura, de la justicia, de la paz; que sostiene y alienta la fragilidad. Que nos anima a que, como parte que somos de una creación que es vulnerable, la cuidemos.

  • Salmo 16, 1: Cuídame, oh Dios, porque en ti busco refugio.
  • Salmo 54, 6: Dios es quien me auxilia, mi Dios me sostiene.
  • Isaías 46, 4: Seguiré siendo el mismo hasta vuestra vejez, os seguiré soste­niendo hasta vuestra ancianidad. Yo los hice, y os cuidaré. Os sostendré y os liberaré.
  • Lucas 10, 34-35: Y acercándose, le vendó sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas; y poniéndolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó.

Creemos firmemente que encontrar las liberadoras “líneas moradas” de la Bi­blia, el mensaje igualitario de las escrituras, y llevarlo a la práctica, nos llevará al logro de una comunidad-Iglesia tierna y cuidadora a imagen de nuestro Dios Madre-Padre Todo-Cuidados@.

Algunas preguntas para seguir dialogando

En el vídeo de Pepa Torres, que os invitamos a ver, se nos planteaban algunas pre­guntas que nos parecen interesantes, y alguna más que hemos añadido nosotras, para podernos cuestionar y compartir:

  1. ¿Crees que los cuidados están valorados en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia? ¿Por qué crees que es así?
  2. ¿Cómo gestionar la interdependencia en términos de reciprocidad y no de explotación o desigualdad?
  3. ¿Cómo avanzar en una sociedad, en una economía, en una Iglesia en la que el cuidado, y no el capital, esté en el centro de ellas?
  4. ¿Qué tenemos que aprender y desaprender los hombres y las mujeres para avanzar en una cultura del cuidado (EG231)?
  5. ¿Qué puede aportar el Evangelio a todo ello?

Desde la Comisión, queremos animar a las personas y grupos que trabajáis este tema también y os apetezca tener un rato para compartirlo con otras personas, nos escribáis a laicado@diocesisvitoria.org y organizamos un día de “café-tertulia”, para encontrarnos. Nosotras encantadas! 😉

Referencias utilizadas en esta reflexión y para seguir profundizando

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