Evangelio del día: «¡Señor mío y Dios mío!». Jn20,24-29

Llamando a la puerta de Europa

Las crueles imágenes de lo acaecido entorno a las vallas que rodean Ceuta y Melilla se habían olvidado, pero esta primavera el horror vivido en las costas italianas nos ha situado de nuevo ante la realidad, un hecho, el migratorio, que visibilizamos a través del rostro ensangrentado de los desheredados de la tierra llamando a la puerta de la opulenta Europa. Y no nos los podemos quitar de encima, aunque lo deseemos, pues en esta sociedad mediática cualquier acontecimiento, por lejano que sea, se nos presenta a través de los medios de comunicación, a veces virtuosos otras, muchas, anestésico de las sociedades postmodernas. El hecho es que nuestras conciencias se han visto sacudidas a través de la pequeña pantalla. El sur, con su rostro menos amable, ya no es algo lejano, ya está aquí entre nosotros y la recogida de náufragos o su internamiento en un centro de acogida temporal no son la respuesta adecuada. Según datos aportados por la Asociación pro Derechos Humanos de Andalucía, el fenómeno conocido como patera ha generado desde 1988 más de 18.000 fallecidos en aguas del Mediterráneo, y la Unión Europea eleva esta cifra a 30.000 personas al sumar los fallecimientos acaecidos en el Atlántico, fruto de los saltos en cayuco.

Mundo inmigranteBuscamos culpables entre las estructuras del estado y así lavamos nuestra responsabilidad como cooperadores necesarios, cada uno con nuestra cuota de bienestar, de la miseria del continente Africano y en definitiva de lo que en el Mediterráneo está ocurriendo. Despotriquemos contra un poder abstracto y así nadie hablará del dineral que aporta la UE para que seamos los gendarmes de su vulnerable frontera sur; ni del pingüe negocio de las mafias, verdaderos negreros del s. XXI; ni de la falta sensibilidad de representantes autonómicos o regidores locales; ni de quienes dan las órdenes, confortablemente sentados en un despacho…

Poco podemos hacer, salvo abordar la situación de emergencia desde el más escrupuloso respeto a los DDHH, pero la solución real, la solución radical, no nos engañemos, pasa por el desarrollo económico de los países exportadores de emigrantes. Como acertadamente apunta el Defensor del Pueblo Andaluz, D. José Chamizo, la inmigración es un proceso de liberación-revolución no violenta de los pobres del mundo que piden igualdad, justicia y dignidad. Una solución radical necesita indefectiblemente de una inversión transformadora del llamado Tercer Mundo por parte de las economías más ricas. Y en este caso Europa no puede cerrar los ojos a esta realidad.

Las vallas que protegen nuestro territorio nacional, no nos engañemos, nos tienen aprisionados a nosotros. Sus afiladas púas y alambres nos recuerdan todos los días que esos inmigrantes desesperados, no cruzan la frontera, sino que la frontera hace siglos que les cruzó a ellos y a sus países.

Samir Naïr lo expresaba con claridad meridiana en el artículo Lo que ocurre allí (El País 8-10-2005):

También los nuevos condenados de la tierra tienen derecho al derecho.

Jesús Prieto Mendaza

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