«Mucho más que tradición o vacaciones»

  • Tribuna de opinión firmada por Manuel Gómez-Tavira, vicario episcopal para la Vida Consagrada, profesor y secretario de la Facultad de Teología del norte de España, sede de Vitoria.

Cada año, al llegar la Semana Santa, calles y templos se llenan de símbolos que forman parte del paisaje de estos días. Para muchos, es una tradición profundamente querida; para otros, una costumbre que contemplan desde fuera; y para no pocos, simplemente unos días de descanso y vacaciones. Pero detrás de cada rito, cada procesión y cada celebración hay un significado que ayuda a entender por qué esta semana sigue tocando algo muy hondo en tantas personas.

No es solo una recreación histórica ni un conjunto de ceremonias antiguas. Para los cristianos, en estos días se revive el tramo final de la vida de Jesús: su entrada en Jerusalén, la última cena con sus discípulos, su pasión, su muerte en la cruz y su resurrección. Es, en definitiva, el centro mismo de la fe cristiana.

Del entusiasmo de los ramos al drama de la Pasión

La Semana Santa comienza con el Domingo de Ramos, una jornada marcada por el contraste. La Iglesia recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén, recibido con alegría por una multitud que lo aclama agitando ramas de olivo y de palma. De ahí nace la costumbre, tan extendida, de bendecir palmas y ramos antes de la misa. Pero esa alegría inicial cambia pronto de tono, en la misma celebración se proclama el relato de la Pasión. La liturgia pone así ante los ojos de los fieles una paradoja profundamente humana: el mismo pueblo que aclama a Jesús es el que, pocos días después, pedirá su condena. La gloria y el sufrimiento aparecen unidos desde el comienzo.

Después llegan el Lunes, Martes y Miércoles Santo, días que a menudo pasan más desapercibidos, sobre todo porque siguen siendo jornadas laborables en muchos lugares. Sin embargo, tienen un papel importante, son días de preparación interior, de escucha y contemplación. En ellos se recuerdan episodios como la unción en Betania, el anuncio de la traición de Judas o la negación de Pedro. No hay en estas jornadas grandes celebraciones, pero sí una invitación clara: detenerse y disponerse a vivir lo esencial.

El día del pan, el servicio y la entrega

En torno al Jueves Santo tiene también un lugar significativo la Misa Crismal, una celebración presidida por el obispo junto a los sacerdotes de la diócesis. En ella se consagran el Santo Crisma y se bendicen los Óleos de los catecúmenos y de los enfermos, que serán utilizados después en distintos sacramentos a lo largo del año. Su sentido es profundamente eclesial: expresa de un modo visible la comunión del obispo con su presbiterio y la unidad de toda la Iglesia diocesana reunida en torno a su pastor.

Con la tarde comienza el Triduo Pascual, el núcleo más sagrado de todo el año litúrgico. La Iglesia conmemora la última cena de Jesús con sus discípulos, un momento decisivo del que nacen tres grandes pilares del cristianismo.

El primero es la eucaristía, cuando Jesús parte el pan y comparte el vino, los cristianos reconocen el origen de ese gesto que seguirá repitiéndose en cada eucaristía. El segundo es el sacerdocio ministerial, porque en esa cena Jesús confía a los apóstoles la misión de hacer memoria de él. Y el tercero es el mandamiento del amor fraterno, expresado de forma especialmente intensa en el lavatorio de los pies.

Ese gesto, aparentemente sencillo, sigue siendo uno de los más impactantes del Jueves Santo: Jesús se inclina ante los suyos y les lava los pies como haría un esclavo. El mensaje es directo y rompe cualquier lógica de poder: creer no es imponerse, sino servir.

Al terminar, el Santísimo se traslada a un lugar preparado para la oración, el altar queda desnudo y comienza un silencio especial. La Iglesia acompaña así a Jesús en las horas de soledad que preceden a su pasión.

El día de la cruz

El Viernes Santo es probablemente el día más sobrio y sobrecogedor de toda la Semana Santa. La Iglesia recuerda la pasión y muerte de Jesús, y por eso no celebra eucaristía. En su lugar, se hace la acción litúrgica de la Pasión del Señor.

La celebración suele desarrollarse en tres momentos: la proclamación del relato de la Pasión según san Juan, una gran oración universal por la Iglesia y por el mundo, y la adoración de la cruz. Este último es uno de los gestos más significativos, los fieles se acercan a venerarla no porque ensalcen el sufrimiento, sino porque en ella reconocen el amor llevado hasta el extremo: una vida entregada por los demás.

El clima del Viernes Santo está marcado por el silencio, la gravedad y la contemplación. Y, sin embargo, no es para los cristianos un día de fracaso. La cruz no se entiende como el final absurdo de una historia, sino como el paso que conduce a una vida nueva.

Cuando todo parece en suspenso

El Sábado Santo es, quizá, el día más desconocido para muchas personas. No hay grandes celebraciones durante el día, la Iglesia permanece junto al sepulcro de Jesús, en silencio. Es el tiempo de la espera, del desconcierto, del aparente vacío.

Precisamente por eso tiene una enorme fuerza espiritual, habla de esos momentos de la vida en los que todo parece detenido, cuando no hay respuestas claras y solo queda mantenerse en pie y esperar. Es un día callado, pero cargado de sentido en un mundo tan “ruidoso”.

La noche en que cambia la historia

Cuando cae la noche del Sábado Santo, llega la Vigilia Pascual, considerada la celebración más importante de todo el año cristiano. Todo comienza con el fuego nuevo, del que se enciende el cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado. Después, esa luz pasa de mano en mano hasta iluminar una iglesia que está a oscuras. El signo es elocuente: la luz vence a las tinieblas.

A continuación, se proclaman lecturas bíblicas que recorren la historia de la salvación, se bendice el agua y se renuevan las promesas del bautismo. Finalmente, se celebra la eucaristía en un ambiente de alegría desbordante. La Vigilia no es una misa más: es la gran proclamación de que la muerte y el sufrimiento no tiene la última palabra.

Pascua: la alegría que vence

El Domingo de Resurrección culmina la Semana Santa, se celebra que Jesús ha resucitado y que la vida ha vencido. No se contempla la cruz desde el dolor, sino desde la esperanza. Para los cristianos, aquí está el corazón de todo: Jesús no es solo alguien admirable que murió injustamente, sino el Resucitado.

Por eso la Pascua no es solo una conmemoración religiosa, es también un anuncio: que el mal no triunfa para siempre, que la vida puede renacer y que incluso después de la noche más oscura puede abrirse un horizonte nuevo.

Mucho más que tradición o vacaciones

Escapadas vacacionales para algunos y para muchos creyentes, la Semana Santa está unida a tradiciones como: procesiones, imágenes, saetas, tambores, flores, hábitos o silencios populares que forman parte de una riqueza cultural inmensa a lo largo del planeta. Pero la liturgia recuerda que el centro no está solo en lo que se ve, sino en lo que se celebra: la acogida, la traición, el servicio, el sufrimiento, la espera y la esperanza.

Por lo que, la Semana Santa es mucho más que tradición o vacaciones, es la razón por la que, siglos después, estos días siguen conmoviendo a creyentes y no creyentes. Porque hablan de experiencias profundamente humanas. Y porque, en el fondo, todos entendemos lo que significa esperar que la vida vuelva a abrirse paso.


Manuel Gómez-Tavira Gómez-Tavira, vicario episcopal para la Vida Consagrada, profesor y secretario de la Facultad de Teología de Vitoria.

 


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