Dejaos reconciliar con Dios (2Cor 5, 20)

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Queridos hermanos y hermanas:

Todos los años, al inicio de la Cuaresma, escuchamos la exhortación apremiante del apóstol Pablo: “Dejaos reconciliar con Dios” (2Cor 5, 20). Se trata de un texto que no nos deja indiferentes y que evoca la constante llamada a la conversión que el Señor nos dirige. Según el sentir de la Iglesia, la Cuaresma es el tiempo oportuno para visibilizar una dinámica que debe ser constante en nuestra vida: nuestra vuelta al Señor y a los hermanos con toda nuestra mente, con todo nuestro corazón (Mt 22,37-39).

  1. La alegría de ser llamados por el Señor

En este contexto de vuelta al Señor, propio de este tiempo cuaresmal, os escribimos esta carta. Nos dirigimos a todos los miembros de nuestra Iglesia diocesana (sacerdotes y diáconos, consagrados y consagradas, laicos y laicas…) desde la responsabilidad que el Señor nos ha encomendado. Lo hacemos con humildad, sintiéndonos hermanos entre hermanos, conscientes de nuestra pertenencia a esta Diócesis que queremos y a la que nos debemos. Hace un año, el Obispo nos llamaba a compartir con él el gobierno y la animación pastoral de nuestra Iglesia diocesana. A lo largo de este tiempo, el Obispo y sus Vicarios, con la ayuda del Señor, y de acuerdo con la sensibilidad creyente y pastoral de cada uno, hemos realizado un ejercicio de comunión sacerdotal, no exento de dificultades, pero que nos ha hermanado en el discernimiento del momento de nuestra Diócesis y en la propuesta de nuevas líneas pastorales acordes con el devenir de la Iglesia universal. Vivimos este momento como una gracia de Dios, pero, al mismo tiempo, “con temor y temblor” (Flp 2,12-16), pues somos conscientes de nuestra responsabilidad y también, a causa de nuestra fragilidad, del peligro de correr y trabajar en vano en la viña del Señor. Pero nos anima el contemplar la ilusión, la generosidad y el buen hacer de tantos sacerdotes, consagrados y consagradas, laicos y laicas que, “fijos los ojos en Jesús” (Hb 12,2), construyen la Iglesia cada día, con fe y esperanza. Por esto también nosotros nos ponemos a disposición del Señor, a la escucha de su llamada a la conversión, pidiendo su luz y su gracia para que sea efectiva nuestra vuelta constante hacia Él, y haciendo nuestra la oración del profeta Jeremías: “conviérteme y me convertiré” (Jr 31,18).

Jaunaren eskura jartzen dugu gure burua, Berak zuzentzen digun bihozberritzeko deia entzuteko, bere argia eta grazia eskatuz, Beragana bueltatzeko, Jeremias profetaren otoitza gureganatuz. ‘Bihotzberritu nazazu eta bihotzberrituko naiz’ (Jr 31, 18)

  1. Avanzar en el camino de la conversión pastoral y misionera

En el contexto de esta vuelta al Señor, y siguiendo al Papa Francisco, os invitamos a todos, sea cual sea vuestro lugar en la Iglesia y vuestra responsabilidad en ella, a “avanzar en el camino de una conversión pastoral y misionera, que no puede dejar las cosas como están” (EG 25). El mismo Papa, en un texto muy repetido, nos aclaraba el sentido de esta conversión: “Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (EG 27). Esta conversión pastoral ha de provocar que todas las estructuras “se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquéllos a quienes Jesús convoca a su amistad” (Ibíd.).

Somos conscientes de que nos resulta difícil esta conversión pastoral. Por un lado, nos vemos sorprendidos por una sociedad cada vez más secularizada, lo que provoca en nosotros cierto aturdimiento y desánimo, la sensación de desconexión con las nuevas generaciones, la frustración de muchos de los anhelos que brotan de la fe… Y, por otro lado, también nosotros, como parte de esta sociedad, nos dejamos contaminar de una mundanidad espiritual que sólo busca el bienestar individualista, al margen de toda referencia a Cristo crucificado y resucitado y de la entrega a los pobres. A ello se añade el enfriamiento y el cansancio del corazón; el pesimismo que nos deja insatisfechos y que se concreta en constantes quejas que nos bloquean, nos enfrentan y nos impiden caminar; el ensimismamiento pastoral, acompañado frecuentemente de planteamientos ideológicos que encubren nuestro inmovilismo; la autosuficiencia que nos cierra ante la novedad del Evangelio, y que nos impide vivir a la escucha de la Palabra de Dios, en una actitud de discipulado y atentos a los que el Señor nos puede manifestar y enseñar a través de los acontecimientos y de otras personas, creyentes y no creyentes, practicantes o indiferentes… A menudo, el Papa Francisco invita a la Iglesia a salir de sí misma y a ir a las periferias geográficas y existenciales. Pero hemos de reconocer que frecuentemente estas periferias forman parte de nuestro ser, pues vivimos bloqueados en nosotros mismos, “prefiriendo quedarnos con nuestra desolación antes que sentirnos confortados por (la) Palabra (de Dios) y sus Sacramentos” (Papa Francisco, Mensaje de Cuaresma de 2018).

Pastoral bihotzberritze honek, egitura guztiak misiolariagoak izan daitezen, eguneroko pastoral lanak zabaltze eta hedapen handiagoa izan dezaten, eta pastoral eragileen etengabeko irtetze jarreran heziketa eragindu behar du, honela, Jesusek bere adiskidetasunera deitzen dituen guztien erantzun baikorra ahaleginduko du. (EG 27)

  1. Tiempo de Dios y de misericordia

Pero la confrontación con la verdad de esta situación no nos puede robar la alegría evangelizadora. Hemos de ser conscientes del momento que vivimos (Rm 13,11), que, aunque distinto a otros, es tiempo de salvación, tiempo de Dios y de misericordia. Recordemos que Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte, y que está lleno de poder. Su resurrección es una fuerza imparable. Él nos ha dejado su Espíritu que, de una manera silenciosa, nos sorprende con su eficacia, que no coincide con nuestros aparentes éxitos. Su actuación se sitúa en el horizonte del fracaso-triunfo de la cruz. Tenemos la certeza de que, sin saber cómo, el Espíritu de Jesús está aquí, con nosotros, animando nuestros momentos de discernimiento pastoral y de planificación; fortaleciendo y potenciando los muchos signos de vida que aparecen en nuestra Diócesis; abriendo nuestra mente y nuestro corazón a los nuevos caminos que Él nos inspira… El proceso de elaboración del nuevo Plan Diocesano de Evangelización responde a esta experiencia de fe. Como obra humana, tendrá sus limitaciones y carencias, pero el Espíritu actúa a través de nuestras mediaciones. Por esto hemos de considerar el nuevo Plan como una oportunidad de concretar nuestra conversión misionera, como un momento privilegiado en el que se visibiliza la misteriosa fecundidad del Espíritu de Jesús.

No estamos solos en el camino de la conversión. Muchos testigos de la fe nos han precedido; otros nos contemplan y estimulan a ejercer la responsabilidad pastoral que concierne a cada uno de los miembros de nuestra Iglesia diocesana. Pensemos en tantas personas mayores que son ejemplo de fidelidad a Jesucristo y a su Iglesia; en tantas familias que se manifiestan como auténticas iglesias domésticas y que fortalecen su identidad cristiana, aun en medio de muchas dificultades; en tantos agentes pastorales que dedican su tiempo a la edificación de nuestras comunidades; en tantas mujeres que dan rostro a nuestra Iglesia y que, en múltiples servicios, visibilizan su misión materna; en tantos jóvenes que, en gran número, nos contemplan con extrañeza y con desconocimiento de nuestra identidad; en los sacerdotes y consagrados que han entregado su vida a la causa del Evangelio y que son una referencia positiva para nuestras comunidades cristianas en el seguimiento de Jesús, en la celebración de los misterios de la salvación y en el servicio de la caridad; en tantos creyentes implicados en la construcción del Reino de Dios… Toda esta nube de testigos nos interpela positivamente y nos invita a preguntarnos qué esperan ellos de mí, qué puedo hacer, qué puedo aportar, desde mi propia sensibilidad creyente, desde mi propio carisma, a la misión evangelizadora de nuestra Iglesia diocesana.

Bihotzberritzearen bide honetan ez gaude bakarrik, aurretik doaz fedearen lekuko asko; beste batzuk, elizbarrutiko Elizan bakoitzak dugun pastoral erantsukisuna betetzera begirunez bultzatzen gaituzte.

  1. No todo depende de nosotros

Estamos llamados a crecer como evangelizadores, en esta sociedad cambiante y plural, en el momento nuevo que nos toca vivir. Y el camino de la evangelización pasa siempre por el encuentro con el otro en el amor, descubriendo en él el rostro de Cristo, dejándonos interpelar por sus demandas, compartiendo, con alegría, su dolor y sus fracasos… El vivir de espaldas a esta conversión misionera supone traicionar nuestra identidad creyente, pues, como decía Pablo, “¡ay de mí si no predico el Evangelio!” (1Cor 9,16). Lo hacemos desde la humildad, reconociendo que nuestra vida no se corresponde con el ideal evangélico, pero transmitiendo, a la vez, nuestra fe confiada en el Señor, y nuestra certeza de que nuestra existencia se sustenta en su amor incondicional y misericordioso. Por esto no todo depende de nosotros. Necesitamos detenernos en la oración para pedirle al Señor que nos siga cautivando con su amistad; que nos haga tomar conciencia de la perla preciosa que llevamos en nuestro interior y que nos humaniza; que, sin renunciar a nuestra condición de discípulos, renueve nuestro entusiasmo evangelizador. La evangelización exige estar atentos a Dios y al prójimo, sabiendo que podemos confiar en un amor divino que no se apaga. Por esto no hay evangelización al margen de la celebración de la Eucaristía y del Sacramento de la Reconciliación. En su mensaje de Cuaresma, el Papa Francisco propicia, de nuevo, la iniciativa “24 horas para el Señor”, determinando que, en cada Diócesis, el 9 (viernes) y el 10 de marzo (sábado), al menos una iglesia permanezca abierta durante 24 horas seguidas, para permitir la oración de adoración y la confesión sacramental. En nuestra Diócesis de Vitoria esta iniciativa se realizará en varios monasterios de clausura, tal como se indicará en breve.

La invitación del apóstol a dejarnos reconciliar con Dios supone que podemos poner obstáculos a este encuentro con el Señor. Que esta Cuaresma sea una ocasión propicia para romper nuestros bloqueos y para adentrarnos en el camino de la obediencia de la fe. Así lo hizo María, la mujer creyente que, desde el seguimiento de su Hijo y desde la escucha de su palabra, realizó el camino hacia la cruz, momento en que se desvela su nueva identidad como madre del discípulo que da testimonio de su fe. Y que, en esta vuelta al Señor, con la gracia del Espíritu, seamos capaces de aceptarnos y de querernos unos a otros, considerando nuestra diversidad como una riqueza, reconociendo que la barca de nuestra Iglesia diocesana sólo puede adentrarse mar adentro (Lc 5,4) con la colaboración de todos. Los que se bastan a sí mismos están incapacitados para evangelizar. La evangelización es siempre una misión compartida y sólo es posible desde la comunión.

Espirituaren graziaz Jaunarengana egiten dugun itsuleran, guztion laguntzarekin, gure aniztasuna aberastasuna bezala hartuz, bata besteari onartuz eta maitatuz, elibarrutiko Elizaren  txalupa itsas barrenera sartzeko (Lk 5, 4) gauza izan gaitezela.

Nosotros creemos que es posible avanzar en esta dirección por la que el Espíritu conduce a su Iglesia. Asumimos con gozo y realismo la misión que el Señor nos ha encomendado: la de animar a nuestra Iglesia diocesana a levantarse al momento, como lo hicieron los discípulos de Emaús, para volver al encuentro con nuestros hermanos, y poder contar lo que nos ha pasado por el camino y cómo hemos reconocido al Señor al partir el pan (Lc 24,13-35). Confiamos en vosotros y ojalá podamos contar nosotros con vuestra confianza de hermanos y hermanas. Oremos los unos por los otros, para que el poder del Espíritu se manifieste con nitidez en nuestra vida.

Sabemos que, aunque no compartan nuestra fe, muchas personas de buena voluntad participan de nuestro anhelo de construir un mundo más humano y más fraterno, acorde con la voluntad de Dios, que, en Jesús, se nos manifiesta como dador de vida, de vida en abundancia (Jn 10,10). Por esto, al igual que el Papa Francisco (Mensaje de Cuaresma de 2018), invitamos a todas estas personas a unirse a nosotros en el esfuerzo de construir un mundo nuevo (el Reino de Dios); a compartir la escucha de Dios que nos habla a través de la propia conciencia; a invocarle juntos, para que también juntos podamos salir en ayuda de nuestros hermanos.

Recibid nuestro abrazo fraterno.

+ Juan Carlos Elizalde Espinal, Obispo de Vitoria

Carlos García Llata, Vicario General

Luis Antonio Preciado Sáenz de Ocáriz, Vicario Episcopal (Este y Sur de Vitoria-Gasteiz)

Unai Ibáñez Berriozabal, Vicario Episcopal (Norte, Oeste y Centro de Vitoria-Gasteiz)

Nunilo Ceballos Chasco, Vicario Episcopal (zona rural Sur)

Álvaro Gastón García de Iturrospe, Vicario Episcopal (zona rural Norte)

José María Izaga Ortueta, Vicario Episcopal (Pro Senior)

Alfredo Arnáiz Rodríguez, Vicario Episcopal (Vida Consagrada, Sacerdotal y Vocacional)

Vitoria-Gasteiz, 16 febrero 2018

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