Homilía de D. Juan Carlos Elizalde — Eucaristía del XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, 4 noviembre de 2018

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Queridos amigos que participáis en esta Eucaristía dominical en la Catedral de Santa María de Vitoria-Gasteiz, hermanos que llenáis nuestra bella catedral y hermanos mayores o enfermos que a través de las imágenes participáis de esta celebración.

En mis palabras como Obispo de Vitoria quisiera recoger el sentir del Vicario general y vicarios episcopales, del señor deán y Cabildo de la catedral y de todos los sacerdotes del Casco histórico y diáconos concelebrantes.

«La gran tentación es conformarse con una vida sin amor», decía ayer el Papa Francisco en la Basílica de San Pedro.

Shemá Israel, «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» Las palabras del Shemá pronunciadas por Jesús han resonado en nuestra catedral.

De la maraña de los 613 preceptos vigentes en tiempo de Jesús, Él resitúa el panorama cuando elige sólo dos como principales: – «El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.» El segundo es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» No hay mandamiento mayor que éstos.»

Ya están los tres amores: el Señor, los hermanos y uno mismo.

Cuando nos tratamos de confesar bien nos preguntamos: ¿Cómo estoy con el Señor, con los demás y conmigo mismo?

El peregrino del Camino de Santiago con su mochila al hombro, ¿qué tiene? El Señor velando sus pasos, las personas que lleva en el corazón y las que le rodean y su pobre vida. Los tres grandes amores son siempre los mismos: el Señor, los hermanos y uno mismo.

Aquí, en nuestra entrañable catedral de Vitoria-Gasteiz ¿quién eres? ¿Quién te define?

El Señor, los hermanos y uno mismo. Siempre amores distintos pero interrelacionados, interdependientes, entrelazados y con la misma suerte. Si un amor hace aguas ¡qué raro que no arrastre a los otros! Y si uno va muy bien ¡seguro que los otras lo notan! ¡Es un tema de armonía! La armonía que al Papa emérito le sugería el espacio gótico de la catedral de San Patricio de New York.

Amor al Señor

«La unidad de una catedral gótica, es sabido, no es la unidad estática de un templo clásico, sino una unidad nacida de la tensión dinámica de diferentes fuerzas que empujan la arquitectura hacia arriba, orientándola hacia el cielo.», decía en 2008. Mirando las bóvedas de nuestra catedral, nuestra mirada asciende al Señor: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.»

Estamos en la Eucaristía, la fuente del amor: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo… Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros.» ¿Cómo no sentirnos los hijos muy amados? «Él se ofreció de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo… Vive siempre para interceder en nuestro favor», acabamos de proclamar.

¿Cómo no saber con certeza del amor fiel del Señor? «Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte… ¡Viva el Señor, bendita sea mi Roca!, acabamos de cantar con el Salmo.

Pero lo que vemos tan claro en la Eucaristía, el amor del Señor, no siempre nos es fácil en el amor al prójimo. Cuando estamos heridos y decepcionados de los demás qué difícil es amarlos. Hay cosas que son imperdonables. Sólo si nos apoyamos en el amor del Señor podremos amar al prójimo. Si rechazamos a los otros, que son hermanos, nos podemos quedar sin El Señor que es Padre para todos. Cerrarnos al prójimo nos cierra a Dios.

Y a veces lo que nos falla es el amor a nosotros mismos. Cuando no estamos a la altura y nos decepcionamos a nosotros mismos ¡qué difícil nos resulta querernos! Tenemos que mirar a lo alto y contemplarnos amados por el Señor. Tú vales mucho porque vales para Él. Su amor por ti te hace valioso porque eres el hijo muy amado, porque eres la hija muy amada.

Amor al prójimo

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Los pilares y los muros de esta catedral son una casa para los hermanos. Nuestra vieja catedral nos ha hablado de sus dolencias, de su deficiente cimentación y de su sobrecarga continuada. «Como todas las catedrales góticas, tiene una estructura muy compleja, cuyas proporciones precisas y armoniosas simbolizan la unidad de la creación de Dios», decía en San Patricio. La fraternidad es compleja, puede desmoronarse y a veces pesa demasiado. Cuando no tenemos fuerzas para amar y perdonar a los demás, sabernos amados y perdonados por el Señor, nos ayuda a amar y perdonar. ¿Y qué decimos del amor al enemigo? ¿Quién puede amarlo con sus propias fuerzas? Necesitamos del amor del Señor para morir perdonando a los verdugos como Jesús y los santos.

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Si no nos queremos a nosotros mismos tampoco querremos al prójimo. Si yo no me quiero a mi mismo el prójimo sólo recibirá de mi dureza y frialdad. Si no me reconcilio conmigo mismo tampoco me reconciliaré con el prójimo. «Está amargado, poco se puede esperar de él», decimos a veces.

Amor a uno mismo

Jesús no está hablando del narcisismo egoísta o del egocentrismo patológico. Jesús se refiere a la sana autoestima y a la conciencia saludable de quién se sabe el hijo muy amado. Su vida se iluminó desde la experiencia del amor del Padre en el Tabor. Vernos a la luz del Señor, amados por Él nos ayuda a vernos bien.

Hoy aquí nos sentimos bien, iluminados cálidamente por las vidrieras de nuestra catedral.

«Desde fuera, estos ventanales parecen oscuros, recargados y hasta lúgubres. Pero cuando se entra en el templo, de improviso toman vida; al reflejar la luz que las atraviesa revelan todo su esplendor… Solamente desde dentro, desde la experiencia de fe y de vida eclesial, es como vemos a la Iglesia tal como es verdaderamente: llena de gracia, esplendorosa por su belleza, adornada por múltiples dones del Espíritu», decía el Papa emérito.

El amor del Señor y el amor de los hermanos ilumina nuestra propia vida. Cuando estando oscuros, nos entregamos al Señor y a los hermanos, ellos sacan lo mejor de nosotros mismos. Sin el Señor y los hermanos, sin amar, permanecemos desconocidos para nosotros mismos.

La Eucaristía alimenta nuestros tres grandes amores: el Señor, los hermanos y nosotros mismos. Que refuerce hoy el amor que encuentre más frágil en nosotros. Y que los beneficiarios sean nuestros hermanos más frágiles y vulnerables tal como aparece en el III Plan Diocesano de Evangelización. No nos vamos a conformar con una vida sin amor, como decía ayer el Papa Francisco.

Que Santa María la Blanca, la Virgen de Estíbaliz, fortalezca nuestro amor.

+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

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