Homilía — Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote 2019

Querido vicario general, vicarios episcopales, rectores, canónigos, sacerdotes, diáconos, seminaristas, consagrados y consagradas, familias y amigos todos: Celebrando la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote estamos poniendo en el centro de la celebración el sacerdocio de Cristo, es decir el sacerdocio bautismal de todo el pueblo cristiano que en nosotros cuaja en el sacerdocio ministerial. Celebrando las bodas de oro y plata de nuestros hermanos estamos poniendo en medio de la fiesta a vuestras familias, amigos y comunidades aquí bien representadas. «No sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú Padre en mí y yo en ti».

¡Enhorabuena de todo corazón diácono y hermanos sacerdotes en este día de vuestras bodas de oro y plata!

Hemos disfrutado mucho en estas jornadas sacerdotales con el testimonio enamorado de los dos obispos más jóvenes de nuestra conferencia episcopal. De dos grandes diócesis —Madrid y Barcelona— y provenientes de la pastoral vocacional y de la formación en nuestros seminarios, nos han iluminado el camino por el que hoy evangeliza la Iglesia de nuestros días. Quiero ayudarme de sus palabras llenas de pasión para comentar la espléndida Palabra que hoy el Señor nos vuelve a regalar.

Tres certezas:

  1. Traspasados por el amor de Cristo

«Traspasados por el amor de Cristo», era la primera nota de identidad de los sacerdotes. Los dos obispos usaron la misma expresión: traspasados. Lo entendemos muy bien al proclamar la oración sacerdotal en esa conversación de Jesús con el Padre en la sobremesa del Cenáculo. Lo entendemos muy bien en este jueves después de Pentecostés. El Espíritu Santo nos introduce en esa intimidad entre el Padre y el Hijo. «Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo… Que todos sean uno como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros… Yo en ellos y tú en mí para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, este es mi deseo, que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste porque me amabas antes de la fundación del mundo… Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos y yo en ellos».

Todos los que hoy estamos aquí, de todas las vocaciones y sensibilidades, tenemos el Espíritu de Jesús, hemos sido traspasados por su amor y podemos reaccionar y vivir como Jesús, pegados al Padre, en absoluta confianza. Ésa es la fuente de nuestra alegría, una alegría que nadie nos puede arrebatar. Cristo vive, te ama, se ha enamorado de ti y te confía una misión gigantesca. «Yo he venido de Barcelona para decirte esto y te lo digo porque yo necesito escucharlo para seguir convirtiéndome» nos decía ayer D. Antoni. ¡Ese es nuestro secreto!

«Traspasados por el amor de Cristo. 25 y 50 años comunicando esta certeza que salva al mundo. «Transparencia de Cristo en nuestra carne que se comunica en la cercanía del pastor» era la experiencia de D. Jesús. ¡Qué gran vocación! ¡Qué apasionante!

Esto lo perciben nuestros jóvenes y son fieles a las comunidades donde encuentran esa paternidad.

  1. El Señor es mi pastor, nada me falta

Desde la atalaya de los 50 años de presbítero y de los 25 de diácono ¿es verdad que el Señor es mi pastor y nada me falta? «Cuando os envié sin alforjas ni bastón ¿os faltó algo?» ¿Qué respondéis a Jesús en vuestras bodas de oro y plata? Lo único que de verdad tenemos para evangelizar es el amor del Señor en nuestra pobre vida y comunidad, se nos decía ayer. «Su vara y su cayado me sosiegan», nunca faltan señales cercanas del pastor que me tranquilizan. El papa confesaba a los jóvenes en la exhortación apostólica «Cristo vive» que en su vejez por el ministerio petrino, el Señor le ha concedido una nueva juventud. No acierta a explicar este cambio: «No sé, me pasó», contestó a un viejo amigo.

Desde vuestro ministerio maduro, hoy proclamamos con enorme fuerza y con vosotros el salmo: «El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar; me conduce haca fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término».

«El Señor que comenzó en ti la obra buena, él mismo la lleve a término», ¿os acordáis? Todos los días de mi vida, por años sin término, Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote… El papa escribía hace poco una carta a la Fraternidad de Comunión y Liberación que hacía sus Ejercicios Espirituales sobre este tema: «¿Hay algo que resista el embate del tiempo?» En la oración final pediremos «una caridad perpetua para que demos frutos que siempre permanezcan» ¿Qué ha permanecido en estos 25 y 50 años? ¿La salud y el vigor, el aplauso y la fama, las estrategias y líneas pastorales? ¿Hay algo que resista el embate del tiempo? Sí, la llamada del Señor, la vocación. Y vamos con la última certeza.

  1. Aquí estoy, mándame

El momento fundante de nuestra vida lo acaba de proclamar el profeta Isaías: «Entonces, escuché la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros? Contesté: Aquí estoy, mándame «. Dicen que Tolkien, en El Señor de los anillos, se inspiró en esta escena para describir el envío del Concilio de Elrond. Frodo, el portador del anillo contestó: «Aquí estoy, mándame». Y al hobbit se le regaló una Compañía: un hombre, un enano, un elfo y Gandalf. Juntos podían emprender la aventura y vencer, como así fue. ¡Como nosotros! Eso es la Iglesia: el Señor entre nosotros, todas las vocaciones y sensibilidades y una misión. No en Jerusalén, sino en el exilio, en Babilonia, pero con su Espíritu que forja una identidad, un pueblo, una esperanza de liberación. Su Espíritu asegura la prioridad de los pobres, la vocación universal a la santidad y la transmisión de la fe.

«Aquí estoy, mándame», decimos con humildad y alegría cada uno de nosotros.

El Papa Francisco en un discurso programático que marcó la nueva Ratio para los seminarios dice: «Me agrada comparar la vocación del ministerio ordenado con el «tesoro escondido en un campo» (Mt. 13, 44). Es verdaderamente un tesoro que Dios pone desde siempre en el corazón de algunos hombres, que Él eligió y llamó a seguirlo en este estado de vida especial. Este tesoro, que pide ser descubierto y llevado a la luz, no está hecho para «enriquecer» sólo a alguno. Quien está llamado al ministerio no es «dueño» de su vocación, sino administrador de un don que Dios le ha confiado para el bien de todo el pueblo, es más, de todos los hombres, incluso los que se han alejado de la práctica religiosa o no profesan la fe en Cristo. Al mismo tiempo, toda la comunidad cristiana es custodio del tesoro de estas vocaciones, destinadas a su servicio, y debe percibir cada vez más la tarea de promoverlas, acogerlas y acompañarlas con afecto.

Dios no cesa de llamar a algunos a seguirlo y servirlo en el ministerio ordenado. Pero también nosotros, debemos hacer nuestra parte, mediante la formación, que es la respuesta del hombre, de la Iglesia al don de Dios, ese don que Dios le hace a través de las vocaciones. Se trata de custodiar y cultivar las vocaciones, para que den frutos maduros. Ellas son un «diamante en bruto», que hay que trabajar con cuidado, respeto de las personas y paciencia, para que brillen en medio del pueblo de Dios…

Se trata de «ser» sacerdotes, no limitándose a «hacer de» sacerdotes, libres de toda mundanidad espiritual, conscientes de que es su vida la que evangeliza aún antes que sus obras. Qué hermoso es ver sacerdotes alegres con su vocación, con una serenidad de fondo, que los sostiene incluso en los momentos de fatiga y dolor. Y esto no sucede nunca sin la oración, la del corazón, ese diálogo con el Señor… que es el corazón, por decir así, de la vida sacerdotal. Tenemos necesidad de sacerdotes, faltan vocaciones», decía el 3 de octubre de 2014.

En este proceso apasionante de remodelación—renovación de la Diócesis, los seminaristas sois el corazón de la Iglesia de Vitoria. Sois un don, un regalo, nuestra esperanza. No son momentos proclives al optimismo, aunque algunos más os acompañarán el curso que viene. Pero yo no veo viveros, semilleros o grupos de jóvenes con identidad claramente cristiana. Ayer nos contaba el obispo auxiliar de Barcelona que un joven le preguntó: «¿No me puedo encontrar con el Señor bajo un árbol?» «Por supuesto, le contestó, y encima de una moto. Pero Jesús nos dejó la Eucaristía, no un árbol. La centralidad de la Eucaristía es garantía vocacional, de todas las vocaciones. Hay en nuestras comunidades niños, pero pocos jóvenes. Los tuvimos, ahora casi no los tenemos, volveremos a tenerlos. Pero mientras, nuestras comunidades necesitan pastores. Más pastores cuanto más bautizados maduros y comprometidos en nuestras comunidades. Por eso pregunto a vuestras comunidades a través de vosotros: ¿Hay hombres maduros, libres, normales, con fe y posibilidad de estudiar, a los que Dios puede llamar al sacerdocio? Es una prioridad de todo presbiterio la promoción vocacional, ¡cuánto más la sacerdotal! Nos unimos en esa prioridad. Pedimos por los que se preparan al diaconado permanente que nos recuerda el servicio como actitud esencial de toda vocación. Pedimos hoy a Santa María, la Virgen Blanca, la Virgen de Estíbaliz y en medio del Año Jubilar Mariano, «ministros y dispensadores de sus misterios». ¡Gracias hermanos por vuestra entrega incondicional en estos 25 y 50 años! ¡Que el Señor siga estando grande con vosotros!

¡Enhorabuena a todos los sacerdotes y diáconos!

+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

Vitoria-Gasteiz, 13 de junio de 2019

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