Homilía Misa Crismal – 28 marzo 2018

Queridos diocesanos: arropamos hoy a los sacerdotes y diáconos en la Eucaristía de la Misa Crismal donde expresan su identidad vocacional de colaboradores del obispo renovando sus promesas. Todos, religiosas y religiosos, consagrados y fieles laicos, renovamos también nuestro seguimiento al Señor puesto que se bendecirán los óleos sacramentales que nos llenan de su unción.

Jesusek bere duintasunari uko egiten diola eta bere burua ematen digula adierazteko, kapa erantzi eta oinak garbitu zizkien bere ikasleei. Hortik aurrera, Eukaristia ospatzea gizakiaren zerbitzuan eta anaia-arreben alde jokatzea da.

Me quiero fijar en tres expresiones de la espléndida Palabra de Dios que acabamos de proclamar. Procuraré comentarlas con palabras del Papa Francisco dirigidas sobre todo a los sacerdotes en sus misas crismales como Obispo de Roma.

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«El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado» (Is 61, 1)

Nos ha enviado a sanar los corazones afligidos, a anunciar a los presos la libertad y el evangelio a los pobres. Nos ha enviado a los últimos para llevarles su alegría. Por eso nos ha ungido con óleo de alegría: «ungidos hasta los huesos y la alegría, el eco de esa unción». Una alegría «incorruptible, misionera y custodiada» por el rebaño que se nos encomienda. Es la gente la que nos hace vivir el sacerdocio, la que nos pide la unción, la que cree en lo que nosotros representamos. Es la gente que se acerca en sus grandes necesidades como aquellos y aquellas que querían ver y tocar a Jesús. En nuestro pobre ministerio reciben la unción consoladora y sanante de Jesús. Como los buenos pozos, cuanta más agua dan, es más vivo dentro de nosotros el surtidor que salta hasta la vida eterna. (Cf. Jn 4, 13-14)

Hoy reavivamos el don de Dios que hay en nosotros por la imposición de manos del obispo en el día de nuestra ordenación sacerdotal. (Cf. 2Tim 1,6). Esta audacia de Dios se llama sacerdocio. Actuar in persona Christi pudiendo decir con nuestros pobres labios «Yo te absuelvo» o «Esto es mi Cuerpo» nos llena de asombro, de alegría y de humildad. Jesús, Sacramento del Padre, ha querido que nosotros seamos signo sacramental suyo. Como signo sacramental de Jesucristo cabeza y pastor, queremos dedicar todas nuestras fuerzas a transparentar su presencia.

Al cumplir mi segundo año en Vitoria, y sin olvidar lo que comenté el año pasado, quiero destacar con alegría el profundo amor a la Diócesis que este presbiterio tiene y por tanto la fidelidad que profesa a sus mediaciones diocesanas y la esperanza que este hecho genera. La unción sacerdotal se hace fraternidad que quiere acoger todas las formas y modelos sacerdotales que hay en la Iglesia. Nuestra diócesis no tiene un único modelo sacerdotal. La sobreabundante riqueza del único sacerdocio de Cristo se encarna en sacerdotes con acentos muy variados que juntos pueden responder a las necesidades de una Iglesia plural y en salida. Que la fraternidad sacerdotal sea una realidad sacramental, es decir nazca del orden sacerdotal, nos llena de esperanza porque esto quiere decir que estamos capacitados para querernos, para entendernos y para completarnos. Comidas fraternas como la de hoy o la del día de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote o las vacaciones sacerdotales de junio nos ayudan, porque compartir mesa es compartir vida.

Yo, lo digo humildemente, necesito la unción sacerdotal. La unción reblandece las capas más petrificadas del corazón que la ideología o los propios pecados endurecen. Tú necesitas también la unción sacerdotal para que la frescura de tu ministerio venza prejuicios y se abra a nuevos horizontes.

La realidad gozosa de la unción yo la constato en el Consejo Episcopal. Al hacer el balance del primer año nos alegrábamos de que el mismo orden sacerdotal pudiera cuajar en ocho perfiles sacerdotales tan distintos. Tener un proyecto común y procurar irnos queriendo de corazón, lima todas las dificultades que inevitablemente surgen en la misión y da una libertad enorme para actuar en verdad.

«Nos ha librado de nuestros pecados por su sangre» (Ap 1, 5)

Nos suenan familiares palabras de Jesús que proclamaremos estos días: «Nadie tiene más amor que el que da la vida por los amigos» (Jn 15, 13) «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). «Nadie me quita la vida, la doy porque quiero» (Jn 10, 18). Las expresiones de Jesús no dejan lugar a dudas. Nos salva dando la vida. A la Beata Ángela de Foligno le dirá: «No te he amado en broma». Y tratando de convencer a Santa Teresa de Calcuta que se resistía a dejar sus seguridades y fundar las Misioneras de la Caridad le reprochará: «Tú no has muerto por las almas».

Personificamos una entrega por amor. Somos signo sacramental de Cristo, Esposo de la Iglesia. La Iglesia de Vitoria no es una ONG, ni una empresa, ni una idea en la mente de algunos, sino el Pueblo de Dios acompañadp por pastores que están dispuestos a dar la vida por él.

En mi primera Misa Crismal en Vitoria, comentando un documento del Magisterio, definía ilusionadamente mi misión de obispo como padre, hermano y amigo del sacerdote. Dos años después sin romanticismo, más realista y con algunas heridas, vuelvo a hacer la misma declaración. Y me brindo como padre, hermano y amigo a todos y a cada uno de los sacerdotes de la diócesis, también a aquellos con quien he podido disentir más. Nunca el puente estará cortado por mi parte. No lo dudéis, aunque eso suponga poner al descubierto carencias personales y diocesanas. Las puertas de mi casa y de mi corazón siempre están abiertas.

El Papa Francisco en la Misa Crismal de 2014 nos prevenía a los sacerdotes de tres cansancios: del cansancio bueno de la gente en el ministerio, del cansancio desalentador de los enemigos y del cansancio más peligroso: el cansancio de nosotros mismos. Necesitamos la unción sacerdotal para configurarnos con Cristo con ocasión de las pruebas de nuestro ministerio. Éstas nos pueden enfriar y secularizar o por el contrario desde la oración y el fervor nos pueden hacer cada vez más semejantes al Señor, Buen Pastor. En la cruz, sin poderles guiar por los caminos, entonces sí que estaba siendo Buen Pastor, decía San Juan de Ávila. En la pasividad del dolor y el fracaso podemos estar siendo mediación del Señor. En las pérdidas y en la disminución de las fuerzas podemos ser buenos pastores. Los más mayores lo sabéis, en la fragilidad, en la vejez y en la enfermedad podemos seguir dando vida. San Juan de la Cruz decía que hay una intimidad con el Señor que sólo se da «a trueque de padecimientos».

El jesuita que cuenta su experiencia en el libro «Caminando por valles oscuros » dice que cuando después de meses de interrogatorios y torturas en Siberia firma contra su conciencia y por cobardía la confesión de lo que nunca había hecho, que entonces humillado y avergonzado supo que seguía siendo el hijo muy amado para el Padre que para siempre había apostado por él.

La experiencia del Consejo Episcopal, de tantos sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos y laicas, la experiencia de sufrir con paciencia por esta Iglesia nuestra sin responder con amargura a críticas y zancadillas me llena de esperanza. Hay un dolor sanante, curativo y fecundo que sigue construyendo la Iglesia y por tanto respondiendo a las necesidades de nuestra gente.

«Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 21)

El escándalo de Jesús, Dios y Hombre, —actualización salvífica de Dios— se encarna hoy en su Iglesia. Dios responde a las necesidades de sus hijos a través de esta Iglesia concreta, de esta Iglesia humilde de Vitoria. Nuestro pobre sacerdocio, sin esperar otra Iglesia que no existe, llena de vida la realidad de nuestras comunidades. La Iglesia de Vitoria quiere actualizar los «hoy» de Jesús en el Evangelio.

«Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 21)

El deseo y las necesidades de los pobres, de los cautivos, de los oprimidos y de los ciegos tienen que responderse en los cristianos que formamos la Iglesia de Vitoria. Aquí y ahora tenemos que ser respuesta a las necesidades de los últimos. Su unción nos capacita a todos y a todas.

«Hoy hemos visto cosas admirables» (Lc 5, 26)

La muerte del teniente coronel francés, Arnaud Beltrame, al intercambiarse voluntariamente por aquella rehén, nos ha conmovido a todos. Hace diez años, con 33, se había convertido recibiendo la Primera Comunición y la Confirmación dos años más tarde. Una peregrinación a un santuario mariano fue el comienzo de su vocación matrimonial y la cercanía a un monasterio y la dirección espiritual con uno de sus monjes explican el desenlace de su vida. Apostamos por una pastoral de conversión que sea signo lúcido para creyentes y no creyentes de la presencia del Señor entre nosotros.

«Zaqueo, baja, que hoy quiero hospedarme en tu casa» (Lc 19, 5)

Una casa que acoge a cercanos y a alejados, a pobres con toda clase de pobrezas, a todos los carismas presentes en la Iglesia con todos sus estilos y acentos porque todo suma si es en la comunión de la Iglesia. Una Iglesia plural, como aparece en sus Consejos de Pastoral y de Presbiterio. Un Iglesia con muchas ganas de trabajar para ir pasando, como la Iglesia universal, de una pastoral de mantenimiento a una pastoral evangelizadora y misionera.

«Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19, 9)

El Plan Diocesano de Evangelización, en cuya elaboración estamos inmersos, quiere responder al sueño de Jesús sobre su Iglesia. Necesitamos su unción para que los jóvenes, las familias y los mayores se nutran de la Eucaristía dominical y puedan crecer al ritmo de los sacramentos construyendo una humanidad realmente humana.

Encomendamos al Consejo Episcopal que va por delante en el trabajo agotador, abnegado y lleno de esperanza al frente de la Diócesis. Desde la memoria agradecida del pasado afronta los retos de un futuro en el que se intuyen también, por pura gracia de Dios, frutos vocacionales: los cinco jóvenes, algunos maduros, que si Dios quiere entrarán en el Seminario de Vitoria en septiembre; y por lo menos, los cinco que vendrán a reforzar el Seminario Redemptoris Mater, también de Vitoria.

Zorionekoak, Jesusen antzera, zerbitzu bidea aukeratzen dutenak! Zorionekoak, Jesusen antzera, besteentzat ogi egiten direnak!

Que descienda abundante la unción de Jesús sobre este pueblo sacerdotal que hoy arropa a sus sacerdotes y diáconos. Que su unción empape a cada uno de vosotros en la multiplicidad de carismas y vocaciones que enriquecen la Diócesis. Cuánto más ungidos los pastores, más maduros, autónomos y creativos los laicos y consagrados. Rezad por mí para que el Señor me dé un corazón grande, bueno y fuerte. Que todos podamos vivir un fecundo Triduo Pascual.

+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

Vitoria-Gasteiz, 28 marzo 2018

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