Ungidos, unidos y audaces — Homilía de la Misa Crismal

Descarga la Homilía de la Misa Crismal del 17 de abril de 2019

Jesusek bere duintasunari uko egiten diola eta bere burua ematen digula adierazteko, kapa erantzi eta oinak garbitu zizkien bere ikasleei. Hortik aurrera, Eukaristia ospatzea gizakiaren zerbitzuan eta ania-arreben alde jokatzea da.

«El Espíritu del Señor está sobre mí porque el Señor me ha ungido». Jesús se apropia de la expresión de Isaías y cada uno con Él podemos hacer lo mismo. Todos, con verdad, hoy y aquí, según su vocación y circunstancias, podemos decir: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque el Señor me ha ungido».

Dirigiéndome con todo mi afecto especialmente a los sacerdotes, en la Misa Crismal que visibiliza la comunión del presbiterio con su obispo, quiero explicarlo con tres adjetivos: ungidos, unidos y audaces.

Ungidos

Ungidos todos porque somos los hijos muy amados. La primera unción del bautismo nos lo asegura. Formamos parte de un pueblo grande que nos arropa. No somos un número sino un rostro, un nombre, alguien de casa.

Ungidos en todos los momentos de la vida, en la salud y en la enfermedad decís los casados. Ungidos con todos los carismas del Espíritu, ungidos con el carisma de la vida consagrada como muchas y muchos hoy aquí.

Ungidos con óleo sacerdotal, como los sacerdotes que hoy vais a renovar ante mí vuestras promesas sacerdotales. Ungidos para ungir y por tanto «ungidos hasta los tuétanos», como nos dice el Papa Francisco, ya que la gente nos roba la unción porque necesita consuelo, cercanía y afecto.

Ungidos con óleo incorruptible, que no vamos a dejar que se vuelva rancio, porque nos rodea una muchedumbre de hermanos hambrientos de vida y de sentido.

Ungidos con óleo de salvación para devolver a los prisioneros la libertad. Ungidos con óleo medicinal para curar los corazones desgarrados. Ungidos con óleo de esperanza para consolar a los afligidos transformando el duelo en fiesta.

Ungidos con óleo de alegría, una alegría que nadie nos puede arrebatar porque nace de la certeza de quien es amado incondicional y apasionadamente por el Señor. Ungidas tus manos sacerdotales para bendecir, animar, perdonar, consolar y ayudar.

Tus manos hoy son más valiosas que las que fueron ungidas hace 20, 40 o 60 años porque no han dejado de colaborar con el Señor portando tanta bendición.

Muchos de vosotros sois sacerdotes mayores y sabéis de enfermedades y achaques. La mayor parte de la gente que os rodea también es mayor y a veces está un poco desanimada. Sin embargo, estáis en contacto con la fuente de la Vida, el Ungido del Señor lleno de alegría y bendición.

A muchos sacerdotes nos salpica el secularismo reinante, nos tienta la mundanidad espiritual y nos entumece como una niebla baja la división ideológica. Razón de más para adherirnos al Señor Jesús, ternura y pasión de Dios por la humanidad.

Muchos estáis acompañando a personas pobres y vulnerables en situaciones límite, con dolores desgarradores, dobles vidas muy penosas y decisiones difíciles pendientes. Sólo la unción del Espíritu puede capacitaros para aconsejar, consolar y animar sin llenaros de amargura y escepticismo.

A veces sensibilidades excluyentes nos dividen, nos enfrentan y nos enfrían. Pero estamos capacitados para querernos porque la fraternidad sacerdotal es sacramental, un fruto de la unción sacerdotal desde el día de nuestra ordenación.

¡Enhorabuena porque hemos sido abundantemente ungidos! Contad con todo mi afecto, mi tiempo y mi persona.

Unidos

San Hipólito, contemplando a Cristo en la cruz, decía: «Roto el frasco, todos hemos quedado empapados de su perfume». Todos hemos sido ungidos y compartimos la misma bendición. Somos Pueblo de Dios antes que estructura y organización. En el Jubileo Mariano en esta catedral de María Inmaculada, Madre de la Iglesia, recordamos a San Juan Pablo II que en Malta decía que «La Iglesia es antes mariana que petrina». Es decir, antes es María, madre, familia y fraternidad que Pedro, organización, jerarquía y estructura. Por tanto, si ungidos, ¡unidos!

Muchas veces he descrito entre vuestras comunidades los cuatro carismas de una comunidad en marcha: los profetas, las personas críticas que no se conforman con el ir tirando de la Iglesia; los cantores que siempre animan con sus cánticos porque captan la huella de Dios en los momentos difíciles de la travesía; les médicos porque atentos a sus hermanos que sufren, se acercan con sigilo, diagnostican bien y ponen remedios eficaces para curar. Y finalmente el carisma de la autoridad del que participáis todos los sacerdotes, sacerdocio de segundo grado, como colaboradores del obispo. A más riqueza de carismas, más sentido tiene el carisma de la autoridad. Todos tenemos experiencia de comunidades muy ricas en carismas que se han despedazado unos a otros porque no había quien encauzara, compatibilizara y armonizara aquello.

Hoy, la pobreza nos une. Hace muchos años, una Iglesia rica en recursos, números y vocaciones podía permitirse el lujo de estar desunida y dividida en distintas sensibilidades que se desautorizaban mutuamente. Hoy en cambio, nuestra pobreza institucional, es una oportunidad inmejorable para afrontar juntos la nueva evangelización en una Iglesia en salida y hacia las periferias. No sobra ninguna sensibilidad ni carisma. El cauce amplio de la Escritura y la Tradición de la Iglesia en su Magisterio y Disciplina sacramental, nos asegura un espacio común en el que caben todas las sensibilidades eclesiales sin aislarse ni desautorizarse. El obispo y los sacerdotes y diáconos somos signo de unidad en comunión con nuestros hermanos consagrados y laicos. Los pastores en comunión con Pedro contribuimos a la unidad de esta Iglesia diocesana. Mi comunicación directa contigo a cualquier hora del día o de la noche quiere también crear unidad y fraternidad sacerdotal. ¡Cuenta conmigo, yo cuento contigo!

Audaces

Quien se sabe ungido puede exclamar con San Agustín: «Señor, dame lo que me pides y pídeme lo que quieras». Lo que Él quiera. ¿Quién somos nosotros para achicar las posibilidades de Dios? Si estamos comunicados con la fuente de esa unción ¿qué nos puede faltar? Los primeros cristianos tan en contacto con el Ungido, tan fresca la unción, afrontaban el martirio y cambiaron el mundo de su tiempo. El jesuita que este año nos dio Ejercicios Espirituales a los obispos, nos decía que aquellos primeros jesuitas que se embarcaban a lejanos continentes, ungidos y enviados, lograban sus proyectos porque creían realmente en las posibilidades de Dios en ellos y en sus hermanos.

Sin que se extinguieran las llamas de Notre Dâme de París, Francia, el mundo y toda la Iglesia apostábamos por la audaz tarea de la reconstrucción de la catedral. Ya están sonando donaciones increíbles. Muchos fuegos están consumiendo hoy la dignidad humana y la fe cristiana también en nuestra tierra. No nos puede faltar audacia para acometer esta tarea.

Labios impuros pueden pronunciar en primera persona las palabras de la consagración: «Esto es mi Cuerpo, ésta es mi sangre «. Manos pecadoras trazan el signo de la absolución de los pecados en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu. Esta audacia de Dios se llama sacerdocio. Sus posibilidades son escalofriantes y audaces.

La ventaja de haber formulado un diagnóstico tan terrible sobre nuestra diócesis el primer año, es que tenemos claro que con nuestras fuerzas no podemos responder a las necesidades de nuestros hermanos. Necesitamos la audacia de Dios. Si sólo servimos con afecto y coherencia lo que marcan nuestros horarios, iremos «enterrando» poco a poco a nuestras comunidades. Sólo una actividad audaz y entusiasta que trabaje en red con servicios diocesanos y delegaciones podrá sacarnos del mantenimiento pastoral. Sólo equipos ministeriales audaces en línea con el Plan Diocesano de Evangelización podrán ayudar a una renovación y a una remodelación de nuestra Iglesia. Sólo con una dosis muy elevada de pasión y sacrificio podremos remitir a Otro que da sentido a nuestra vida y nos unge de alegría. Sólo abriéndonos a nuevas formas de acción y contemplación podremos ganar para el Señor el corazón de nuestros hermanos. Sólo queriéndonos y apoyándonos mutuamente nos haremos indestructibles al desaliento y podremos ofrecer comunidades donde florezcan las vocaciones y el futuro. Si en nuestras comunidades apenas hay jóvenes, habrá que orar de momento, lo digo en este día, por hombres maduros que puedan sentir la llamada del Señor al sacerdocio. Sólo una pastoral audaz que combine lo lúdico y festivo con una fuerte identidad cristiana sacramental y eclesial, podrá conducir a nuestros niños a una progresiva madurez. En esta Misa Crismal, en el marco del Jueves Santo, pedimos al Señor, en palabras de San Juan Pablo II, «estupor eucarístico» —es decir, conciencia de la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía— para vincular nuestras comunidades a la Eucaristía dominical sin la que no podemos ser plenamente cristianos. Con vosotros hermanos sacerdotes, todo mi corazón sacerdotal. Que la unción que el Señor derrocha en nosotros empape también a nuestros hermanos. «El Espíritu del Señor está sobre mí porque el Señor me ha ungido». También hoy y aquí se cumplen estas palabras que acabamos de escuchar. El Señor no ha menguado su mano, «ha estado grande con nosotros y estamos alegres». Y por tanto nosotros ungidos, unidos y audaces.

Nos espera un largo camino en el que no podemos ni desanimarnos ni restarnos sino sumarnos. Que nos ayude para ello el recuerdo de todos los sacerdotes fallecidos este año a los que encomendamos. Gracias finalmente por el enorme trabajo pastoral desarrollado en cada comunidad.

Egun zakonak datoz gure fedearentzat, pozik bizi ditzagun. Aste Santu kristau eta zoriontsua opa dizuet!,

¡Feliz Semana Santa! ¡Feliz Pascua de Resurrección! Con todo mi afecto, mi bendición.

+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

Vitoria-Gasteiz, 17 de abril de 2019
Miércoles Santo

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