Salimos al Encuentro / Bidera goaz — Plan Diocesano de Evangelización 2018-2022

Presentación y aprobación del III Plan Diocesano de Evangelización

Queridos diocesanos: con gran alegría y esperanza, como sucesor de los apóstoles en esta Iglesia nuestra de Vitoria, apruebo y presento el Plan Diocesano de Evangelización 2018-2022. Tras una elaborada consulta en toda la Diócesis y de la mano del Consejo Pastoral Diocesano que ha llevado el peso mayor en su elaboración, el Plan ha visto la luz con el título de “Salimos al encuentro/Bidera goaz”.

En el Plan de Salvación que el Señor ha diseñado para la humanidad, en este momento histórico, en el quinto año del Pontificado del Papa Francisco, el Plan Diocesano de Evangelización de la Diócesis de Vitoria pretende arrojar luz sobre nuestra comunidad eclesial, sobre nuestra tierra y sobre cada uno de nosotros. Dios tiene un plan para ti y para mí. Ser persona, ser cristiano, es admitir que, como hijos muy amados, Dios sueña un mundo de hermanos y una misión para cada persona. No hay nadie “dejado de la mano de Dios”. A todos Dios nos confía personas. No hay nadie sin vocación y no hay vocación sin “convocación”. Necesitamos la ayuda de los hermanos para dar con el sentido de nuestra existencia. Amando sacamos lo mejor de nosotros mismos y los hermanos nos indican cuál es la bendición que portamos, cuál es el “nombre” que Dios nos ha puesto.

Trabajar juntos en el Plan Diocesano de Evangelización va a ser una ocasión privilegiada para dar, aquí y ahora, con los acentos oportunos que Dios quiere poner en este momento de tu vida. Queriendo colaborar con los hermanos para favorecer a los “últimos”, vamos a dar con nuestra mayor riqueza personal y eso, sin duda, contribuirá a la comunión eclesial en nuestra tierra. Nadie está obligado a más de lo que puede, pero acertar hoy con la propia aportación es formar parte de esa “Iglesia en salida, samaritana y misericordiosa”.

La Diócesis se hace familia cuando comparte el mismo proyecto de evangelización; y las distintas sensibilidades y los distintos estilos enriquecen la comunión cuando hay unas acciones prioritarias en las que todos coincidimos. Sin pretender ni agotar ni restringir las posibilidades de acción de cada comunidad, se trata de crear dinámicas de acciones comunes, asumidas por toda la Diócesis, que favorezcan también la evangelización de los más alejados y la promoción de los más pobres. En continuidad con los planes anteriores de evangelización queremos estar a la altura de los tiempos y de las necesidades a las que tenemos que responder en este momento.

Pido al Señor su bendición para toda la Diócesis de Vitoria y la imparto para todos vosotros con todo mi afecto y disponibilidad.

+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

Santuario de Nuestra Señora de Estíbaliz
29 de septiembre de 2018
Festividad de los Santos Arcángeles

Introducción

a.- La evangelización es la misión esencial de la Iglesia

“La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre” (EG 47). Nacida de la persona de Jesús, de su vida y de su palabra, se presenta ante el mundo como la comunidad de sus discípulos, que, unidos por el Espíritu, constituyen el Pueblo de Dios (EG 111). Teniendo en cuenta el momento presente, el Papa Francisco se ha fijado en algunos aspectos de la identidad de la Iglesia: la intimidad con el Señor, la comunión y la misión. Y ha destacado que la intimidad de la Iglesia con Jesucristo ha de ser una intimidad itinerante, y que su comunión ha de configurarse como misionera (EG 23). Por esto le pide que salga a anunciar la alegría del Evangelio a todos, en cualquier lugar y situación. Y reclama, para ello, una conversión misionera que se realice desde el corazón del Evangelio y que afecte a la Iglesia en sí misma, a sus estructuras y a la pastoral, y también a cada creyente.

Con estas palabras el Papa Francisco nos ha recordado que “la tarea de la evangelización… constituye la misión esencial de la Iglesia”, su dicha y vocación propia, su identidad más profunda (EN 14). La evangelización, por tanto, es una categoría englobante de la comprensión de la Iglesia. Y “evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar la misma humanidad (EN 18). Esto significa que la evangelización “es un paso complejo con elementos variados: renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado” (EN 24). Se trata de elementos complementarios y mutuamente enriquecedores, por lo que cada uno de ellos ha de ser visto integrado en los demás.   Así, por ejemplo, tan importante es el anuncio explícito del Evangelio como el compromiso con la justicia, el desarrollo y la paz en el mundo, pues “entre evangelización y promoción humana… existen efectivamente lazos muy fuertes” (EN 31).

Solo Jesucristo es el centro de la creación, de la historia de la humanidad y de cada persona, del Pueblo de Dios (Col 1,12-20)… Pero, siguiendo el mandato del Señor, por su identidad y misión, la Iglesia se sitúa en el núcleo de los “gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias” (GS 1) de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, pues todos ellos desean un mundo más humano y fraterno, acorde con la voluntad de Dios, que, en Jesús, se nos manifiesta como dador de vida, de vida en abundancia (Jn 10,10). La Iglesia ha de ser consciente, por tanto, de que su identidad le reclama un talante itinerante o peregrino[1], hecho de escucha y de aprendizaje, pues siempre ha de permanecer atenta a la vida y a la palabra de Jesucristo; pero también a la escucha de tantos hermanos y hermanas que viven “sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte y sentido de vida” (EG 49). Lo afirmaba de otra manera el Concilio Vaticano II: “Para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza” (GS 4). Esta identidad itinerante del Pueblo de Dios lo sitúa en salida para ofrecer la vida de Jesucristo y para compartir con hombres y mujeres de buena voluntad la misión de construir un mundo nuevo, el Reino de Dios.

b.- EL PDE como instrumento pastoral de conversión misionera

En este horizonte se coloca el Plan Diocesano de Evangelización (PDE), un instrumento pastoral que pretende ayudar a nuestra Iglesia diocesana de Vitoria a la toma de conciencia de su misión evangelizadora y a actuar en consecuencia. Con la ayuda del Plan, la Diócesis avanzará en la fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio, y en el anuncio y construcción del Reino de Dios, teniendo en cuenta las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro pueblo y de nuestro tiempo.

Cada persona que forma parte de la comunidad cristiana, desde su sensibilidad y responsabilidad, está llamada a colaborar en la misión evangelizadora de la Iglesia. El disponer de una misma herramienta nos ayuda a fortalecer y potenciar nuestra común identidad y misión. El PDE nos puede y nos debe estimular a integrar en la comunidad y en la misión evangelizadora única a todos los carismas y servicios de la Diócesis. Podemos aspirar a una mayor coordinación de las diversas acciones que en ella se realizan. La elaboración y puesta en práctica de este Plan es para nosotros una oportunidad que nos brinda el Espíritu, y una llamada a un nuevo impulso misionero.

c.- El PDE en el contexto de la Diócesis de Vitoria

Nuestra sociedad occidental, de la que es parte nuestra Diócesis de Vitoria, experimenta una continua e inacabada transformación. Vive inmersa en un proceso de secularización, y, al mismo tiempo, ha sido y es punto de llegada de inmigrantes que, desde distintas procedencias, buscan aquí una vida mejor. Como consecuencia de esto, conviven entre nosotros múltiples culturas, que constituyen una riqueza, pero también un reto para la convivencia en una sociedad cada vez más plural. Este pluralismo no es solo cultural, sino también religioso e ideológico.

Por otro lado, la Diócesis de Vitoria tiene una constitución original, pues, además del territorio alavés, Orduña (Bizkaia) y Treviño (Burgos) también se integran en ella. Como parte del País Vasco, su cultura y sus lenguas comparten espacio con otras culturas y lenguas. La población se concentra, sobre todo, en Vitoria-Gasteiz y en Amurrio y Laudio/Llodio, que son las zonas más industriales. Pero el mundo rural sigue teniendo una gran importancia, ocupa la mayor extensión de la Diócesis y vive una problemática específica, como es el envejecimiento de sus habitantes y la despoblación. Algunos municipios han visto cómo aumentaba considerablemente su población, pero muchos de los nuevos vecinos no se han involucrado en la vida del pueblo: simplemente viven en un “pueblo-dormitorio”… La secularización afecta a toda la población de la Diócesis, y una gran mayoría se siente ajena a la comunidad cristiana. Este alejamiento de la Iglesia afecta especialmente a los jóvenes, lo que constituye otro reto para una pastoral misionera. A ello se añade la carencia de vocaciones y, en muchos casos, la dificultad para formar equipos ministeriales de la celebración de la Palabra que hagan presente el anuncio del Evangelio en nuestra sociedad.

La Diócesis de Vitoria no es ajena a la crisis económica vivida en los últimos años. Todavía se mantienen bolsas de población que sufren sus consecuencias y que reclaman, por tanto, ser atendidas en sus justas reivindicaciones, tanto por las instituciones públicas como por la misma Iglesia. Asimismo, y como parte del País Vasco, en unión con las Diócesis hermanas de Bilbao, San Sebastián y Pamplona-Tudela, ha de contribuir a la pacificación y reconciliación de la sociedad.

Estas situaciones, muchas de ellas cambiantes, necesitan de la escucha y de la interiorización del Evangelio de Jesucristo, como en su día lo hizo María (Lc 2,19.51). Él nos invita a ponernos en camino, a invitar a las personas a ser discípulas suyas, a bautizarlas para consagrarlas al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, a enseñarles a poner por obra todo lo que nos ha mandado (Mt 28,19-20). Desde su envío, y contando con su acompañamiento, somos humildes colaboradores de la tarea evangelizadora, aportando nuestro saber y hacer. Pero no podemos olvidar que todo se hace y se hará gracias al Espíritu. Él nos guía y nos anima a responder con ilusión a la misión que se nos ha encomendado como Iglesia: anunciar el Evangelio de Jesucristo (cfr. EG 3).

e.- Algunos dinamismos promovidos por el PDE

A la luz de estas consideraciones, debemos entender el Plan Diocesano de Evangelización:

  • Como un proceso continuado de reflexión y de acción de todas las personas que forman la comunidad diocesana, que paulatinamente, como Iglesia en camino, van descubriendo y transmitiendo su fe y su apuesta por la construcción del Reino de Dios, viviendo el Evangelio, apostando por las prioridades básicas del momento que vivimos como Iglesia y como miembros de esta sociedad. El fijar prioridades supone escoger entre las muchas posibles, determinando así unas líneas y acciones en contraste a otras.
  • Como un enriquecimiento constante personal y comunitario, ya que damos y recibimos, enseñamos y aprendemos, partiendo de la propia experiencia.
  • Como una continuación y ampliación de las tareas que venimos realizando en el marco de planes anteriores. No se trata de empezar de cero, sino de avanzar mejorando y, en la medida de lo posible, añadiendo nuevos elementos e iniciativas.
  • Como una guía práctica para que las personas creyentes de la Diócesis caminemos en la misma dirección, respetando todos los carismas, ámbitos de actuación y sensibilidades, trabajando por integrarlos en red, y coordinándonos adecuadamente.
  • Como compromiso con una ecología humana integral[2] (LS 137-162), pues tenemos la convicción de fe de “que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás” (LS 70).
  • Como un modo de contribuir al diálogo entre las culturas presentes en la Diócesis, haciendo posible la reconciliación de nuestra sociedad.
  • Como una oportunidad para promover la participación activa y real de la mujer. Valoramos que la santidad de la Iglesia (GE 12), la identidad misionera del Pueblo de Dios y su vida de comunión frecuentemente tienen rostro femenino… Y reconocemos que “es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia” (EG 103), también en los lugares en que se toman las decisiones, pues es indispensable su aportación a la sociedad.
  • Como una oportunidad de asumir el euskera y la identidad y cultura vascas en todas las dimensiones del Plan.

En resumen, el PDE aspira a orientar la labor diaria de todas las estructuras eclesiales existentes en la Diócesis (parroquias, unidades pastorales, obras sociales, centros educativos, cofradías, comunidades religiosas y laicas…) en la dirección de sus apuestas.

A.- LEMA DEL PLAN DIOCESANO DE EVANGELIZACIÓN (2018-2022)

“Salimos al encuentro” / “Bidera goaz”

B.- OBJETIVO DEL PLAN DIOCESANO DE EVANGELIZACIÓN

“Cada Iglesia particular, porción de la Iglesia católica bajo la guía de su obispo, también está llamada a la conversión misionera. Ella es el sujeto primario de la evangelización, ya que es la manifestación concreta de la única Iglesia en un lugar del mundo, y en ella «verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica» […] Su ale­grí­a de comunicar a Jesucristo se expresa tanto en su preocupación por anunciarlo en otros lugares más necesitados como en una salida constante hacia las periferias de su propio territorio o hacia los nuevos ámbitos socioculturales. Procura estar siempre allí donde hace más falta la luz y la vida del Resucitado” (EG 30).

Nos fijamos en dos pensamientos que aparecen en este texto del Papa Francisco. Resumen bien el fin último del presente Plan Diocesano de Evangelización.

  • El PDE tiene como eje central y final el encuentro de Jesucristo con cada persona y la escucha de su Palabra, así como el compromiso en la construcción del Reino que Él anunció e inició, mediante el servicio a los hombres y mujeres de hoy.
  • Siempre atenta a la realidad de nuestra sociedad de hoy, nuestra Iglesia diocesana de Araba/Álava, Orduña y Treviño está llamada a una conversión misionera. Toma las riendas del anuncio evangélico, la celebración, el servicio y la formación de la comunidad, y procura añadir luz y alegría donde más falta hace.

C.- LÍNEAS DE ACCIÓN / PROPUESTAS DE ACCIÓN: LÍNEAS PRIORITARIAS DE ACCIÓN

Estas líneas de acción son los indicadores de la conciencia evangelizadora de nuestra Diócesis de Vitoria y de sus propuestas para este momento de su historia. Ellas van a configurar un estilo de Iglesia y de hacer nuestra pastoral. Tendrán el objetivo de ayudarnos a vivir una mayor fidelidad al Evangelio. No responden a la totalidad de lo que se podría hacer, sino a una selección de lo que se ha propuesto realizar en base a las reflexiones habidas en nuestra Diócesis.

Así pues, y desde el proceso ya iniciado en el curso 2016-2017, elegimos estas cuatro líneas prioritarias para el presente Plan Diocesano de Evangelización.

1.- La Iglesia diocesana creadora de comunidad (“llamados a vivir en comunidad”):

“Los discípulos del Señor son llamados a vivir como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16). Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de manera siempre nueva. ¡No nos dejemos robar la comunidad!” (EG 92).

Somos conscientes de que vivimos en un contexto social y cultural que potencia el individualismo y el beneficio propio frente al común. Sin embargo, estamos convencidos de que el “ser comunidad” constituye una riqueza para el ser humano. Somos seres en relación y es la relación lo que nos hace ser personas. También el Pueblo de Dios de nuestra Diócesis es plural en culturas, carismas, espiritualidades y modos de vivir la misión, lo que supone riqueza y, a la vez, es fuente de tensión en ocasiones.

Además en el periodo de reflexión y consulta, y de discernimiento[3], se han constatado déficits en nuestra vida comunitaria. Señalamos algunos, a modo de ejemplo:

  • talantes y estilos personales, calificados de “personalismos” carentes de visión comunitaria;
  • falta de coordinación en muchas de las prácticas pastorales y de otras relacionadas con nuestra Iglesia;
  • desconocimiento entre las personas que formamos la Iglesia diocesana, y la intolerancia con respecto a ciertos carismas y a determinadas manifestaciones de la Iglesia.

No solo se trata de solventar los obstáculos y dificultades que constatamos. Queremos mirar al futuro con el fin de desarrollar todas nuestras potencialidades, que brotan de la fe en Jesucristo y en su Evangelio. Ante la tendencia de que los grupos y comunidades se aíslen y se cierren a personas, a ideas y a iniciativas diversas, está la clave de la apertura, de salir de las propias comodidades y de descubrir lo positivo del encuentro. Las miradas a la Iglesia universal y los encuentros diocesanos aparecen como un antídoto contra el peligro de aislarnos en los ámbitos particulares.

No olvidamos los logros positivos alcanzados o que se están alcanzando en nuestra Diócesis. Bastantes de ellos han sido señalados en el periodo de discernimiento. En concreto, y como ejemplo, se han apuntado:

  • el crecimiento habido en comunidades y creyentes de su sentimiento de pertenencia eclesial;
  • el esfuerzo por hacer las cosas en común;
  • la apuesta por las Unidades Pastorales Parroquiales;
  • el mayor compromiso de los laicos y laicas en la vida parroquial;
  • la aportación de los Movimientos y Asociaciones laicales, así como el trabajo del Servicio del Laicado y de las diferentes Delegaciones y Secretariados;
  • la participación de la mujer en diversos ámbitos de la práctica pastoral, aunque todavía deba estimularse más su presencia…

La comunión eclesial, expresada en nuestro empeño por construir la comunidad y el vivir en ella, es un testimonio para nuestra sociedad. Nuestra comunidad es diversa, tenemos distintas sensibilidades…, pero, por encima de todo ello, potenciamos la cohesión interna como Iglesia Diocesana. Lo podemos plantear, incluso, como exigencia de nuestra fe. De ahí que en el presente Plan Diocesano de Evangelización, y, dentro de esta línea prioritaria, se apueste por:

  1. La remodelación de parroquias, arciprestazgos y unidades pastorales, planteando una presencia de la Iglesia adaptada a la situación y a las necesidades actuales, atendiendo a la diversidad de las zonas rurales y urbanas, buscando comunidades significativas, mayor funcionalidad, corresponsabilidad y servicio a la comunidad cristiana y la sociedad.
  2. La constitución de equipos pastorales, que potencien los ministerios laicales, se corresponsabilicen de la elaboración y puesta en marcha de Planes Pastorales, contando con todos los carismas y sensibilidades, promoviendo la presencia de la mujer en ámbitos de consulta y decisión, teniendo en cuenta la realidad urbana y rural de la Diócesis, incluso de aquellas comunidades más alejadas de Vitoria-Gasteiz.
  3. La formación continua, y en determinados temas conjunta, de presbíteros, de consagrados y de consagradas, de laicos y laicas de todas las edades, en continuidad con los Planes de Evangelización anteriores. El cultivo de las dimensiones básicas de la vida cristiana: el conocimiento vivencial de Cristo, la relación personal, familiar y comunitaria con Dios, el compromiso cristiano y la vida de la comunidad.
  4. La promoción de la experiencia de comunidades cristianas donde sea posible vivir y compartir intensamente la fe.
  5. Cuidar, escuchar y acoger a las personas en su diversidad sexual (AL 200).
  6. La mejora de la integración en las comunidades de las personas con diversas discapacidades, eliminando todo tipo de barreras.

2.- La transmisión del mensaje de Jesús (“un pueblo que evangeliza”)

“quiero recordar ahora la tarea que nos apremia en cualquier época y lugar, porque «no puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Señor», y sin que exista un «primado de la proclamación de Jesucristo en cualquier actividad de evangelización» […] La evangelización es tarea de la Iglesia. Pero este sujeto de la evangelización es más que una institución orgánica y jerárquica, porque es ante todo un pueblo que peregrina hacia Dios” (EG 110-111).

La tarea y misión de evangelizar corresponde a todos los miembros de la comunidad eclesial. Aunque frecuentemente muchos mensajes reduzcan la comunidad eclesial a la jerarquía eclesiástica, a partir del Concilio Vaticano II ha tomado importancia el papel y misión de los laicos y laicas en la vida de la Iglesia y en su misión evangelizadora. Por tanto se nos invita a impulsar la conciencia evangelizadora en el conjunto de las personas que forman nuestra Iglesia Diocesana.

Percibimos la necesidad de un nuevo y continuo anuncio del mensaje de Jesús, mediante la palabra y la acción. “Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios” (EG 176). Se trata de algo urgente, porque en nuestro contexto social hay personas que han vivido la fe y ahora están alejadas de ella, y porque hay generaciones que nunca han oído hablar de Jesús de Nazaret. Ahora bien, nuestro anuncio es manifestación de nuestra propia vocación y vivencia. Es nuestra misión. No nos podemos extrañar del desconocimiento, más que rechazo, de la persona y del mensaje de Jesús. Nosotros también escuchamos las palabras del apóstol Pablo como acicate para cumplir el mandato del Señor: “¿Cómo van a creer en Él si no les ha sido anunciado?” (Rom 10,19).

Muchas personas conservan la imagen de Jesús de Nazaret que adoptaron siendo niños. Su fe responde a recuerdos infantiles poco evolucionados. Por esto transmitir el mensaje de Jesús, hoy y aquí, también es actualizar lo que estas personas son y viven, sea cual sea su etapa en el camino de la fe. El Evangelio sigue siendo un gran regalo recibido y una llamada a transmitirlo, asumiendo las circunstancias y retos de nuestro tiempo.

Cada uno de nosotros necesita ser evangelizado para renovar y profundizar constantemente nuestra adhesión a Jesucristo, para anunciarlo y ser constructores de su Reino. Somos conscientes de ello, porque así lo hemos señalado en nuestro periodo de discernimiento, al constatar algunos aspectos negativos, de entre los cuales destacamos algunos ejemplos:

  • nos faltan procesos o itinerarios de educación en la fe: no hay continuidad después de la Primera Comunión…;
  • han desaparecido los Catecumenados de Adultos;
  • nuestras comunidades no siempre muestran el entusiasmo y la creatividad necesaria para la transmisión de la fe, y no somos capaces de testimoniar nuestra experiencia personal;
  • la nueva realidad de muchas familias cristianas dificulta a menudo su aportación fundamental en la Evangelización.

Tampoco podemos olvidar el camino realizado o los logros alcanzados, que son el fruto de muchas iniciativas y múltiples esfuerzos pastorales compartidos. Nuestra fe está viva y por ello en nuestra Diócesis también se reconoce, por ejemplo, que:

  • se vive como un acierto la Catequesis Familiar;
  • se ha avanzado en la elaboración de materiales para la catequesis;
  • hay encuentros e iniciativas de formación cristiana que han sido muy positivos;
  • se ha tomado conciencia de la necesidad de la lectura personal y orante del Evangelio de cada día;
  • se constata una alta participación en grupos de Oración;
  • se da una mayor implicación de los centros educativos en la tarea pastoral y en la transmisión, haciendo de la educación una plataforma de evangelización; asimismo se han realizado avances en la coordinación entre Unidades Pastorales y centros educativos.

La transmisión del mensaje de Jesús se realiza desde distintos caminos. Unos conducen a las personas que, por las razones que sean, se han alejado de la fe y de la Iglesia. Otros conducen a nuestra propia realidad, para que la fe sea un elemento constitutivo de nuestras vidas. Todos ellos se realizan desde la conciencia de la presencia activa de Jesús en la comunidad que trabaja en su nombre (cfr. Mt 28,19-20). De aquí que, desde la perspectiva de la transmisión de la fe, en el presente Plan Diocesano de Evangelización se apueste por:

  1. Mantener una actitud de escucha y diálogo con nuestra sociedad, atendiendo a su pluralismo ideológico, cultural y religioso, dejándonos interpelar por sus anhelos e inquietudes.
  2. Diseñar y trabajar los elementos necesarios para que el primer anuncio del mensaje de Jesús llegue a las personas de nuestra sociedad.
  3. Cuidar, escuchar y acoger a las familias, teniendo en cuenta su diversidad en la sociedad actual (AL 200-258), y acompañarlas en su misión de transmitir la fe (AL 259-290).
  4. Avanzar en la actualización y comunicación de la Buena Noticia del Evangelio, incluyendo el cuidado de la “casa común” (cfr. LS), apostando por las redes sociales y otras tecnologías para la comunicación, y perfilando sus destinatarios: niños, jóvenes, adultos, anuncio a los llamados “alejados”…

Desarrollaremos estas apuestas para la transmisión de la fe a través de todas las estructuras de la Iglesia diocesana, como son las parroquias, la familia, los centros educativos, entidades sociales, los centros para el diálogo con la sociedad, las cofradías…

3.- Vivir y celebrar la fe (“el encuentro personal con el amor de Jesús que nos salva”)

“La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial” (EG 264).

El encuentro con Jesucristo es la finalidad y el punto de partida de la evangelización. La experiencia profunda de Dios y la comunión con Cristo en los sacramentos, especialmente en la celebración de la Eucaristía y de la Reconciliación, transforman nuestra vida. Vivimos y celebramos personal y comunitariamente el encuentro con Dios y la mediación de la gracia de Cristo. En nuestras celebraciones litúrgicas se expresa que “Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y (que) no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que se nos encomienda” (EG 275). En ellas el Espíritu nos fortalece en la fe y se visibiliza la misión evangelizadora de la Iglesia. Y ellas mismas son parte imprescindible del anuncio evangélico. La experiencia de Dios y la comunión con Cristo son fuente de alegría y antídoto contra el pesimismo, el fatalismo y la desconfianza. Para mantener vivo el ardor misionero hemos de confiar en el Espíritu Santo, porque él “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8,26), haciéndonos misteriosamente fecundos (EG 280). Esta experiencia de Dios la prolongamos en la vida diaria, espacio en el que se reproduce el encuentro salvífico y transformador con el Señor en el servicio, especialmente a las personas desfavorecidas.

Nuestra realidad eclesial nos dice que un número no pequeño de laicos, hombres y mujeres, actúan desde la experiencia de una fe vivida y celebrada. Esta experiencia no es solo ocasión de su sanación y renovación interior como hijos e hijas de Dios, sino también fuente de su implicación en las tareas eclesiales y sociales. Todo ello ha de ser conocido y, en cierto modo, participado y vivido en la comunidad cristiana. La participación en Consejos, el desempeño de las variadas responsabilidades en la vida diocesana y parroquial, los problemas y dificultades de la vida laboral, las inquietudes estudiantiles o de la vida familiar, o las de las actividades y compromisos sociales…, por ejemplo, han de ser realidades tenidas en cuenta en la espiritualidad y en el compromiso de las comunidades cristianas. “El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él” (EG 266).

Los grandes desafíos del mundo actual y de nuestra Iglesia reclaman nuevas respuestas en orden a la acción misionera de nuestra comunidad diocesana, lo que, a su vez, también exige ser conscientes de la primacía de la gracia (EG 112; GE 47-59) y celebrar el amor misericordioso de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado, como “depositarios de un bien (la fe) que nos humaniza” (EG 264).

Además de expresar de diversos modos estas inquietudes, en el periodo de discernimiento se han constatado algunos aspectos negativos en nuestra Diócesis. A modo de ejemplo, señalamos algunos con el deseo de superarlos:

  • la carencia de laicos y laicas bien formados para la celebración de la Palabra;
  • la separación entre las celebraciones y la vida, entre nuestra vida de fe y nuestros compromisos socio-laborales;
  • el descuido de la oración personal, y el poco conocimiento y escucha de la Palabra de Dios;
  • la no actualización del lenguaje y la simbología de la liturgia, por lo que dice poco a las nuevas generaciones.

Señalamos igualmente, también a modo de ejemplo, los aspectos positivos que se han subrayado en el periodo de discernimiento que hemos vivido como Diócesis:

  • se ha mejorado mucho la preparación de las celebraciones, tanto las comunes del arciprestazgo como las más cercanas;
  • se han creado espacios de oración, silencio e interiorización; se participa en retiros parroquiales, arciprestales y diocesanos; se preparan celebraciones de la Palabra…, que estimulan la vida espiritual de la persona creyente y su vocación específica;
  • se desarrollan ciertas iniciativas diocesanas (“Misa de Jóvenes”, Ejercicios Espirituales…), como otras de ámbito parroquial y arciprestal (“Misa de las familias”, “las hojas dominicales”, por ejemplo), que ayudan a vivir la fe de forma más comunitaria y responsable.

A la luz de estas consideraciones, y con el propósito de abordar nuevos modos de evangelización, se apuesta por:

  1. Potenciar los equipos ministeriales, formados por presbíteros, laicos y laicas, en el ámbito de la celebración de la Palabra.
  2. Personalizar la fe: fomentar espacios de interioridad y silencio; cuidar y fortalecer la espiritualidad personal, familiar y comunitaria, dando primacía a la escucha orante de la Palabra de Dios (cfr. GE 147-157)…; cultivando la dimensión vocacional de la vida cristiana, pues cada personas “es una misión en esta tierra” y para esto está en el mundo (EG 273).
  3. Celebrar y vivir la Eucaristía, especialmente la dominical, como fuente de la identidad y misión de la Iglesia y del creyente, dejando que Cristo penetre en su existencia con su gracia, y uniendo fe y vida en los distintos escenarios de la vida creyente (familia, trabajo, formación, ocio…).
  4. Acompañar personal y comunitariamente en los distintos momentos de la vida; y atender de forma personalizada en el sacramento de la Penitencia, con diálogo personal y absolución individual.
  5. En comunión con la Iglesia universal y con fidelidad al nuevo Misal Romano, actualizar y cuidar la simbología y lenguaje de nuestras celebraciones.

4.- Confesión de fe y compromiso social como Iglesia samaritana (“cooperar con la acción liberadora del Espíritu”)

“Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora. La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás” (EG 178).

Jesús inició su vida pública leyendo en la sinagoga el pasaje de Isaías que enuncia: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor(Lc 4,15-16). Todas las personas creyentes están llamadas a un compromiso con la justicia que emana de la Buena Noticia y que demanda nuestra fe. Las personas empobrecidas y víctimas de cualquier injusticia son las preferidas de Dios en la comunidad humana; y su sanación, nuestra primera misión.

Jesús se define a sí mismo como Siervo, y, a su vez, toda persona cristiana se define como servidora (Jn 13,1-15; 2Cor 8,9; Filip 2,7-8). Jesús llama a los discípulos y discípulas de todos los tiempos a servir. Es nuestro modo de proceder a la hora de construir el Reino de Paz y Justicia que el Evangelio nos anuncia. Muchas veces descubrimos esta llamada en el rostro de la persona empobrecida y en nuestra actitud ante ella; otras, en los trabajos callados y aparentemente intrascendentes en nuestra propia comunidad. También expresamos nuestra vocación de servicio trabajando por la justicia y la paz; transmitiendo esperanza; identificándonos con las inquietudes de nuestros convecinos; valorando la cultura y las distintas expresiones de nuestro pueblo… Reconocemos el trabajo que muchas personas creyentes hacen en el servicio a la sociedad desde la política, los sindicatos, la defensa del medio ambiente, la cultura y la lengua, incluso en las periferias de nuestra sociedad, contribuyendo a construir una sociedad más evangélica. Y no olvidamos que muchos creyentes viven su identidad de servidores promoviendo activamente el buen funcionamiento de nuestras comunidades, comprometiéndose como catequistas, animadores o agentes pastorales…, haciendo posible la transmisión y celebración de la fe. El servicio de las cristianas y de los cristianos y de la comunidad eclesial constituye una prueba y concreción de su acción evangelizadora.

Pero también tenemos muchas debilidades y limitaciones en nuestro servicio a los más necesitados de nuestra sociedad. Es cierto que vivimos en una sociedad llamada “del bienestar”. Esto nos puede hacer pensar que “todos vivimos bien”, tanto material como espiritualmente. Pero a nuestro alrededor las personas soportan numerosos problemas en su vida cotidiana. Nos falta conocimiento de la realidad social. Nos guiamos por las apariencias, o por tópicos y prejuicios. No conocemos el corazón de los otros. En concreto, constatamos la desigualdad económica creciente en nuestra sociedad, fruto de un deterioro progresivo de los derechos y condiciones laborales. Hoy se puede tener trabajo y ser pobre, pues los empleos que se crean son precarios en condiciones y salario.

He aquí algunas concreciones, a modo de ejemplo, de las debilidades y limitaciones del servicio de la Iglesia, tal como se han apuntado en el análisis realizado en la Diócesis:

  • se necesitan más compromisos encaminados a asumir determinados estilos de vida;
  • no hay una adecuada coordinación diocesana entre las entidades eclesiales que se dedican, como tarea prioritaria, al servicio a los demás; hay un desconocimiento mutuo y una disparidad de criterios de actuación;
  • hay un vacío de denuncia profética ante las injusticias, y pocos creyentes están presentes como Iglesia en determinados sectores de la vida social (por ejemplo, en el mundo obrero y en la cultura).

Podríamos abundar en más debilidades y limitaciones. Pero también debemos aprender de los creyentes, grupos y comunidades de nuestra Iglesia que tienen una actitud más activa, de mayor implicación en el compromiso de la caridad y de la justicia, tanto desde organizaciones eclesiales como sociales. Bastantes tienen gran implicación en distintos voluntariados, aportando su tiempo y su saber, ejerciendo tareas de dirección y gobierno en organizaciones eclesiales y sociales. En algunos casos, estas tareas pueden tener mucha relevancia social; en otros, pueden ser aportaciones humildes y casi anónimas. Por esto, el discernimiento realizado en nuestra Diócesis también ha puesto de relieve aspectos positivos en esta dimensión característica de nuestra identidad creyente. Señalamos algunos ejemplos:

  • aumenta la conciencia de la necesidad del compromiso caritativo y social, y la implicación en el mismo;
  • se valoran positivamente las entidades diocesanas dedicadas al servicio de los más empobrecidos y la labor social que se realiza a través de los centros educativos;
  • crece el compromiso, en forma de voluntariado, de muchos creyentes;
  • hay una mayor sensibilidad y una mayor implicación respecto a las circunstancias y problemas que se viven en otros lugares;
  • tienen más eco las Campañas organizadas en la Diócesis a favor de las personas más desfavorecidas.

Es necesario, con todo, dar nuevos pasos que configuren más activamente esta dimensión del servicio, y que concreten la responsabilidad social de la Iglesia, de las comunidades y de cada creyente. Hemos de trabajar en claves de “búsqueda de la justicia”, superando “paternalismos”, “asistencialismos”, “buenismos”…, coordinándonos con organizaciones eclesiales, sociales y de la Administración Pública… Necesitamos desarrollar un estilo de vida sencillo, austero, compartiendo lo que somos y tenemos; acogiendo al pobre o al migrante como hermano o hermana… Asimismo hemos de percibir las necesidades de nuestras comunidades eclesiales, con el fin de fortalecerlas aportando nuestro tiempo y nuestras cualidades.

Tenemos el convencimiento de que podemos evangelizar con nuestro compromiso con la comunidad y con los otros, y preocupándonos del desarrollo integral de los más empobrecidos. Lo hemos de hacer desde una escucha de la realidad social, para conocerla mejor en todos los ámbitos, profundizando en la reflexión sobre las causas de las injusticias sociales que vivimos… Por esto, apuntamos estas propuestas para desarrollar en el Plan Diocesano de Evangelización:

  1. Alentar y apoyar el compromiso transformador de cada creyente en la sociedad y la vida pública, desde la opción preferencial por las personas empobrecidas y el cuidado de la “casa común”, colaborando en la lucha contra las causas de pobreza y exclusión.
  2. Impulsar personal, comunitariamente y como Iglesia, un estilo de vida más evangélico, incluyendo propuestas alternativas para una economía más ética y centrada en el bienestar de todas las personas, como son: una vida austera, comercio justo, consumo responsable y sostenible, inversión ética, responsabilidad ecológica…
  3. Promover la acogida a las personas empobrecidas como sello distintivo de la comunidad cristiana, trabajando para que cada creyente, y cada grupo al servicio de la caridad, las valore en su dignidad como personas, y no solo como sujetos de necesidad.
  4. Tener voz propia en la denuncia de los grandes temas de injusticia y desigualdad social que se dan en nuestra sociedad y en el interior de nuestra Diócesis, incluyendo los relacionados con la falta de una “ecología humana” y la discriminación de la mujer, buscando la unidad con otros actores en nuestra sociedad.
  5. Apostar por mantener el compromiso misionero con los países del Sur.

Abreviaturas

AL           Papa Francisco, Exhortación Apostólica Amoris laetitia, Roma, 2016.

EG           Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, Roma, 2013.

EN           Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, Roma, 1975.

GE           Papa Francisco, Exhortación Apostólica Gaudete et exsultate, Roma, 2018.

GS           Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, Roma, 1965.

LS            Papa Francisco, Carta Encíclica Laudato si’, Roma, 2015.

PDE         Plan Diocesano de Evangelización.

[1] El PDE alude en varias ocasiones a este carácter itinerante de la Iglesia. Él mismo Papa Francisco se refiere a la intimidad itinerante de la Iglesia con Jesucristo (EG 23). Se concreta así, desde un horizonte pastoral, el carácter peregrino de la misma, tal como lo subrayaba el Concilio Vaticano II: “La Iglesia, a la que todos estamos llamados en Cristo Jesús y en la cual conseguimos la santidad por la gracia de Dios, no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas (cf. Hch 3, 21) y cuando, junto con el género humano, también la creación entera, que está íntimamente unida con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovada en Cristo (cf. Ef 1, 10; Col 1,20; 2 P 3, 10-13) […] Pero mientras no lleguen los cielos nuevos y la tierra nueva, donde mora la justicia (cf. 2 P 3, 13), la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, pertenecientes a este tiempo, la imagen de este siglo que pasa, y ella misma vive entre las criaturas, que gimen con dolores de parto al presente en espera de la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 19-22)” (LG 48). Se destaca así el carácter histórico y dinámico de la Iglesia, que no es una realidad acabada, sino que ha de estar inmersa en un proceso continuo de conversión y de misión, estando siempre atenta a la realidad social que la circunda y en diálogo con ella. En este contexto se sitúa la llamada del Papa Francisco a una conversión misionera de la Iglesia.

[2] Se emplea el término “ecología humana” para considerar las relaciones entre las personas y el medio ambiente. El Papa Francisco se refiere a esta ecología en la Encíclica Laudato si’ (cfr. LS, 137-162), y ha explicado el concepto en otras ocasiones. Según él, no se puede separar al ser humano del resto, pues hay una relación de incidencia mutua: del ambiente sobre la persona; de la persona sobre el ambiente (dependiendo del modo como éste sea tratado); y, como rebote, contra la persona cuando el ambiente es maltratado. Por esto el Papa ha recordado que su Encíclica Laudato si’ no es una encíclica “verde”, sino una encíclica “social”. Dentro de la vida social de los seres humanos, no podemos separar el cuidado del ambiente. Por tanto la ecología ha de ser integral, humana. Y, en consecuencia, invita a una conversión ecológica que afecte, no solo a la economía y a la política, sino también a la vida social, a las relaciones, a la afectividad, a la espiritualidad (LS, 216-221)…

[3] El PDE entiende el discernimiento como la capacidad, dada por el Espíritu Santo, de contemplar nuestra vida, en toda su complejidad, desde la voluntad de Dios, expresada en su Palabra. Pablo pedía este don para los cristianos de Filipos: “Y esto pido en oración: que vuestro amor abunde aún más y más en conocimiento verdadero y en todo discernimiento” (Fil 1,9). San Ignacio nos dejó unas reglas del discernimiento de espíritus. El PDE se refiere, no solo al discernimiento personal, sino también al eclesial o comunitario y pastoral: analizar la realidad, descubrir en ella lo que Dios nos pide, responder con nuestras líneas y propuestas de acción… El PDE se sitúa en este proceso. El Papa Francisco se ha referido al discernimiento en su Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate, números 166-175.

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