Evangelio del día: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del Hombre va a ser entregado». Mc10,32-45

Homilia del Obispo de Vitoria en la Misa Crismal

Transcribimos a continuación las palabras de D. Juan Carlos Elizalde, Obispo de Vitoria, pronunciadas en la homilía de la Misa Crismal celebrada en la Catedral de María Inmaculada, Madre de la Iglesia, en la mañana del Miércoles Santo.

‘En la duda libertad, en lo necesario unidad, en todo caridad’

Querido Vicario General, Vicarios Episcopales, rectores y formadores, Deán y canónigos, hermanos sacerdotes, diáconos, miembros de la Vida Consagrada, bautizados ungidos por el Santo Crisma y asistentes todos, “In dubiis libertas, in necesariis unitas, in omnia charitas”, "En la duda libertad, en lo necesario unidad, en todo caridad". Esta expresión genial, que todo el mundo atribuye a Agustín y que nadie dice a qué obra suya pertenece, ha sido asumida por la tradición de la Iglesia.

En lo necesario, en lo esencial, en la comunión de la fe, pedimos en esta Misa Crismal, el don de la unidad. En la duda, en lo accidental, en lo opinable, queremos luchar por la libertad. Y en todo, suplicamos la caridad del Espíritu del Señor. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor».

Hoy, también aquí, se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Se cumple en ti y en mí, se cumple en la comunidad diocesana de la Iglesia de Vitoria. El Espíritu del Señor se derrocha sobre nosotros en esta Eucaristía. Su gran signo sacramental, el óleo consagrado, nos empapa. Desde el bautismo a la unción de los enfermos, desde la confirmación al sacramento del orden, su unción penetra en nosotros, nos revitaliza, nos fortalece y nos unge con oleo de alegría.

1.-En lo necesario, unidad

El Santo Crisma, que enseguida consagraré, pone al bautismo en el centro de la comunidad. Vivimos una esencial unidad porque participamos del mismo bautismo, de la misma fe y del mismo Señor. El Sínodo ha visibilizado especialmente esta igualdad común de todos los bautizados. En adelante los diferentes carismas y las diferentes vocaciones, serán concreciones y riqueza diversa del mismo bautismo. El obispo visibiliza esta unidad radical porque está en comunión con Pedro y con todos los obispos del mundo. La Misa Crismal muestra con especial fuerza que sin comunión con el obispo no hay Iglesia Católica ni comunidad eclesial. Y en comunión, en cambio, toda la creatividad, participación y responsabilidad de cada una de las personas bautizadas, genera una fecundidad armoniosa. El Espíritu del Señor desciende sobre toda su Iglesia. “Yo planté, Apolo regó pero fue Dios quien hizo crecer”. 1 Cor 3,6. Solo en la comunión de la Iglesia hay crecimiento y fecundidad.

Ungidos con óleo de alegría, ungidos para ungir, ungidos hasta los tuétanos, como dice el Papa. Cuando estamos ungidos por el Espíritu, porque vivimos y celebramos en la comunión de la Iglesia, estamos empapados de sus dones. El ambiente eclesial de nuestras comunidades es entonces de “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”, los dones del Espíritu Santo en su Iglesia. Cf. Gal 5,22-23.

Por difíciles que sean las circunstancias personales o eclesiales, ya no prevalece la crispación, la crítica o la polarización, sino el don de la unidad y de la armonía de la comunión. Porque es más lo que compartimos –la fe, la esperanza, la caridad– que todos los acentos, carismas, estilos y sensibilidades distintas, que ya no tienen por qué dividirnos. Cuando participamos de la unidad de lo esencial, las diferencias nos enriquecen y complementan. Aquello ya no chirría. Comunión, participación y misión, las bases del proceso sinodal, están dando su fruto en nuestra Diócesis. “Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”. Hechos 2,42. Así formula San Lucas la unidad en lo esencial. Corresponde al obispo, en primer lugar, velar por esa unidad, que se concreta en el magisterio y en la tradición de la Iglesia, en la disciplina eclesial y en la manera de celebrar los sacramentos. Que las comunidades vivan esta unidad en lo esencial, a mí también me ayuda y libera tremendamente, como pastor y padre.

Después de 7 años, me siento respetado y reconocido en lo que propongo, porque estoy planteando lo que es vinculante y común a toda la Iglesia. Algunas singularidades en nuestra Diócesis y en nuestro presbítero son problemáticas no por su singularidad, sino porque no comparten algo o mucho de la unidad en lo esencial. Tampoco temo pagar el precio que supone la fidelidad eclesial: la cruz. Nadie olvida que el pasaje del Evangelio de la Misa Crismal, el encuentro de Jesús en la la sinagoga de Nazaret, termina así: “Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos, y levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo”. Lc 4, 28-29. Lo que ocurrió en el monte del Escándalo está en el ritual del ceremonial del bautismo, de cada sacramento y de toda vocación, incluida la del obispo. La vida nos pone en condiciones de fragilidad y de desamparo, condiciones en las que Dios nos regala su consuelo sanante y su alegría irreprimible. Es mi humilde experiencia.

2.- En la duda, libertad

El mismo bautismo, nada que ver en los frutos en cada bautizado según comunidad, latitud, carácter, mediaciones o historia de salvación personal y comunitaria. El mismo orden sacerdotal, nada que ver en los sacerdotes y diáconos que estamos aquí. Y el Señor es el primero que respeta procesos y ritmos en sus ministros. El Sínodo está impulsando la común misión de todos, sin quedarnos mirándonos a nosotros mismos en nuestras diferencias. Operación humildad, porque nadie poseemos en plenitud el Espíritu y este tiempo del proceso sinodal, nos lo recuerda.

El cardenal Ratzinger dice en 1994 en Essen: “Si volvemos a los textos originales del Antiguo y del Nuevo Testamento podemos comprobar que la palabra “está”, el Espíritu del Señor “está” sobre mí, no figura en ellos. Sólo figura en la traducción. Y, de hecho, el “estar”, el mero reposar, no es la forma propia del Espíritu. No es algo que se tiene, como tengo una moneda o muebles o cuadros. No es algo que se pueda tener, que yo pudiera contemplar como propiedad mía y que quizá se pueda añadir, como una más, a otras peculiaridades mías. Las imágenes esenciales del Espíritu en la Escritura son tormenta y fuego. El Espíritu no es posesión, que está en reposo, sino fuerza transformadora. Él nos saca de nuestros hábitos de vida, de nuestro estado de autosatisfacción, nos quema y abrasa, nos purifica y renueva. Nosotros no tenemos al Espíritu, es él quien nos toma a nosotros.

Él nos incita y nos lleva al camino. Recibir el Espíritu significa entregarse a él para convertirnos en ministros de Cristo, significa ser aferrados de modo que seamos para él, para el otro. Y así figura a continuación, en la frase siguiente: “Él me ha enviado” (Is 61,1). Recibir el Espíritu en el santo sacramento significa ser enviado, estar ahí para que Cristo me envíe adonde él quiera, aun cuando yo tuviese otros planes. Pero con esto ha quedado clara otra cosa. El Espíritu es tormenta y fuego. Pero no una tormenta cualquiera, no es una excitación cualquiera, con el propósito de destruir para hacer cualquier otra cosa, no es una teoría cualquiera para mejorar el mundo, El Espíritu tiene un nombre: es el Espíritu de Jesucristo. Viene de él y conduce a él. El santo apóstol Pablo, en la primera carta a los Corintios lo ha dicho con palabras totalmente inequívocas: Nadie puede decir “Jesús es el Señor”, salvo por el Espíritu Santo (1 Cor 12,3). Y con esto quiere decir lo siguiente: La prueba del Espíritu Santo es la confesión de fe de la Iglesia respecto de su Señor. El Espíritu no conduce a cualquier parte, conduce a Cristo. Y Cristo nos conduce unos a otros, para que juntos seamos su Cuerpo, la santa Iglesia. San Lucas ha expuesto esto en los Hechos de los Apóstoles en la imagen de la Iglesia naciente y a partir de ahí ha dado cuatro reglas en las que se pone de manifiesto la esencia del permanente acontecimiento de Pentecostés, del Espíritu que siempre viene de nuevo, transforma y edifica. Él describe la Iglesia naciente con estas palabras: “Perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunidad, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42). Estas son las reglas por las que también hoy conocemos al Espíritu”.
Nadie tiene la receta mágica en la pastoral de la familia, de los jóvenes o en la vocacional. Los sacerdotes –estudiantes o no– venidos de otras latitudes o con carismas nuevos son una riqueza grande, pero no marcan una dirección diocesana en la que no cabríamos todos. Iluminan una universalidad, que pulveriza la uniformidad, y nos empuja a formas nuevas y creativas de pastoral. En esas formas nuevas, también ellos serán enriquecidos por la tradición que encuentran aquí. Lo mismo ocurre con la vida consagrada u otras iniciativas de nueva evangelización que están irrumpiendo en nuestra Diócesis. Son una gran riqueza que la Iglesia universal reconoce y que constituyen también un gran enriquecimiento para nuestra Iglesia local, sin detrimento de otras realidades diocesanas arraigadas desde hace mucho tiempo. En el tajo, trabajando juntos, sumando carismas, va a salir lo mejor de cada bautizado y de cada comunidad. Si el Espíritu Santo está sobre nosotros, si hemos sido ungidos por Él, el futuro ya no es de confrontación, de resignación o de decadencia, sino de alegría, fecundidad y esperanza, por desértico que sea el momento.

3.- En todo, caridad

Si algo tenemos muy claro es que el distintivo del cristiano es el amor, la caridad: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois discípulos míos, si os amáis unos a otros.”Jn 13,34-35. Tertuliano, en su Apología, ponía estas palabras en boca de los paganos: “Mirad cómo se aman, mientras ellos sólo se odian entre sí”. Y a continuación: “Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro”.

En las tensiones de nuestra Diócesis lo tenemos muy claro: si no tengo amor, no me sirve de nada. Cf. 1 Cor 13,3. “Al final de la vida nos examinarán del amor”, como decía San Juan de la Cruz. Las tensiones eclesiales, y más en este proceso sinodal, deben servir para que el amor crezca entre todos nosotros. Los sacerdotes lo estamos experimentando en la conversación espiritual de nuestras reuniones de trabajo. Después de expresar libre y profundamente, cada uno, su planteamiento personal, nos abrimos al Espíritu para recoger lo que el Señor ha dicho a cada uno a través del hermano. Está siendo ocasión para aceptarnos y querernos distintos, compatibles y colaboradores.

San Ignacio, con su pedagogía de oración, en su libro de los Ejercicios Espirituales, dice en el número 75: “…un paso o dos antes del lugar donde tengo de contemplar o meditar, me pondré en pie, por espacio de un Pater Noster, alzado el entendimiento arriba, considerando cómo Dios Nuestro Señor me mira.” Misa Crismal para considerar cómo Dios Nuestro Señor me mira, para considerar cómo Dios Nuestro Señor nos mira. Una mirada lúcida como ninguna y llena de amor y ternura como ninguna. Nada hay escondido a la mirada de Dios y nada de lo que Dios ve impide su amor por nosotros. Lucidez y ternura pedimos para cada uno de nosotros, para toda la Diócesis y para su presbiterio. Si de esto tenemos experiencia personal, sabremos plasmarlo en nuestras estructuras diocesanas.

Después de 7 años, me siento con sana distancia ante planteamientos teológicos y eclesiológicos difícilmente compatibles con el magisterio y la tradición de la Iglesia, pero nada de eso me puede impedir el afecto y la cercanía por las personas que los sostienen. Al menos, no por mi parte. Y agradezco al Señor, vivamente, que vaya ensanchando mi corazón y el de cada uno de los diocesanos. En momentos límites, es el Espíritu, porque de nuestro corazón pequeño no sale nada y menos ternura, es el Espíritu, el que logra el milagro. Con el Espíritu, “donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”, como decía San Juan de la Cruz.

Me decía hace poco una persona que le ayudaba, en sus momentos límites, la experiencia de Santa Joaquina Vedruna: “Haz lo que puedas, Dios pone lo que falta”. San Francisco de Sales lo decía de otra forma: “El buen Dios me ha ayudado mucho con consuelos que me han fortalecido, de manera que verdaderamente he nadado entre las aguas de la amargura sin haber tragado una sola gota”. Pedimos para que en este proceso sinodal, el contraste, el diálogo, la discusión, y en definitiva la variedad y multiplicidad de sensibilidades, lejos de amargarnos, agigante nuestro corazón.

El Cardenal Cantalamessa, en su primera predicación de esta Cuaresma concluía: “Por lo tanto, no se trata de eliminar el juicio de nuestro corazón, ¡sino de eliminar el veneno de nuestro juicio! Eso es el odio, la condena, el ostracismo”.

El ministerio de la presidencia, el que se pone en el lugar del minus como Jesús el día de Jueves Santo, debe presidir en la caridad. El predicador del Papa lo borda: “Pedro aparece claramente como el mediador entre Santiago y Pablo, es decir, entre la preocupación por la continuidad y por la de la novedad. En esta mediación, somos testigos de un incidente que puede ayudarnos aún hoy. El incidente es el de Pablo, que en Antioquía reprende a Pedro de hipocresía por haber evitado sentarse a la mesa con paganos convertidos. Ante los acontecimientos y las realidades políticas, sociales y eclesiales, nosotros estamos listos para tomar inmediatamente partido por un lado y demonizar al contrario, a desear el triunfo de nuestra elección sobre la de nuestros adversarios. La acción de Pedro en Antioquía –como la de Pablo en Listra– no fue hipocresía, sino adaptación a las situaciones, es decir, la elección de lo que, en una determinada situación, favorece el mayor bien de la comunión… El papel de mediador que ejerció Pedro entre las tendencias opuestas de Santiago y Pablo continúa en sus sucesores.

Este año celebramos el cuarto centenario de la muerte de un santo que fue un excelente modelo de esta virtud –amabilidad, condescendencia o caridad benigna–, en una época también marcada por amargas controversias: San Francisco de Sales. Todos deberíamos volvernos, en la Iglesia, un poco más condescendientes y tolerantes, menos colgados de nuestras certezas personales, conscientes de cuántas veces hemos tenido que reconocer dentro de nosotros mismos que estábamos equivocados sobre una persona o una situación, y cuántas veces nosotros también hemos tenido que adaptarnos a las situaciones”.

Gracias queridos sacerdotes por vuestra fidelidad en lo esencial. Enseguida vais a renovar vuestras promesas sacerdotales. Gracias hermanos sacerdotes porque tratáis de vivir vuestra libertad en la comunión de la Iglesia y en el cauce amplio de la Diócesis. Gracias amigos sacerdotes por vuestra caridad, por vuestra entrega incondicional y por vuestro servicio lleno de afecto al santo pueblo fiel de Dios.

«No penséis –escribía Orígenes en el siglo III– que basta con renovarse una sola vez; necesitamos renovar la misma novedad: “Ipsa novitas innovanda est”» Misa Crismal para renovar la misma novedad. Es el sentido de la consagración de los óleos santos que renovarán a la comunidad a través de los sacramentos. Ungidos con óleo de júbilo para sanar, para liberar, para llegar a las periferias. Ungidos en el primer amor, en el fervor de la primera caridad y en la entrega total. Ungidos para dialogar sinodalmente. ¡Ven Espíritu Santo, empápanos de tu unción! ¡Derrocha en nosotros los regalos de la unidad, de la libertad y de la caridad! En la duda libertad, en lo necesario unidad, en todo caridad.

A Maria Inmaculada, Madre de la Iglesia, le pedimos “que nos ponga con su Hijo”.

+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

En la Concatedral de María Inmaculada, Madre de la Iglesia,
Vitoria-Gasteiz, 5 de abril de 2023, Miércoles Santo

Homilía en pdf

© 2024 Diócesis de Vitoria / Gasteizko Elizbarrutia