Palabras del Obispo en las Solemnes Vísperas de la Virgen Blanca

HOMILÍA DEL OBISPO DE VITORIA,
MONS. JUAN CARLOS ELIZALDE CON MOTIVO DE LAS
SOLEMNES VÍSPERAS DE LA VIRGEN BLANCA PATRONA DE VITORIA-GASTEIZ
Querido vicario general, vicarios episcopales, sacerdotes y diáconos. Querida alcaldesa, Maider, querido Diputado General, Ramiro, querida Presidenta de las Juntas Generales, Irma, querida Subdelegada del Gobierno, Mar, querida abadesa, Blanca, queridos concejales, diputados, junteros, parlamentarios, cofrades y querido pueblo fiel de Vitoria que hoy llenáis la casa de la Patrona de nuestra ciudad, un año más desde hace siglos para mostrar públicamente el afecto, cariño y devoción a la Virgen Blanca.
Acabo de llegar hoy de Roma acompañando al centenar de jóvenes alaveses al Jubileo de la Esperanza que ha congregado a más de 1 millón de chicos y chicas llegados de más de 150 países. El papa Leon XIV ayer nos encargaba que saludáramos con su paz a nuestra gente, a nuestra tierra y a nuestra Iglesia, “la paz desarmada y desarmante”. La paz por fin y de una vez por todas, para Ucrania y Gaza, como nuestro deseo prioritario y radical.
Ya bajó Celedón desde la torre de esta iglesia de San Miguel para anunciar, como lo viene haciendo desde 1957, el inicio de las fiestas en honor de la Virgen Blanca. Compartimos con Roma la primera advocación de la primera basílica dedicada a la Virgen, Santa María la Mayor, después del Concilio de Éfeso que la declara Madre de Dios. Es la advocación de la Virgen Blanca, Virgen de las Nieves en algunos lugares, por la señal que según la tradición recibió el papa Liberio para construirla en el monte Esquilino, una de las siete colinas de Roma. En la bóveda de la Capilla de la Virgen Blanca se puede ver plasmada la escena. La visitábamos con nuestros jóvenes como templo jubilar y venerábamos la tumba del papa Francisco del que siempre fui transmisor de su palabra en las fiestas de la Blanca.
La Virgen Blanca no es solo una imagen devocional. Es presencia viva que acompaña la historia de Vitoria desde hace siglos. Es memoria de un pueblo que, generación tras generación, ha puesto en sus manos los gozos y las penas, los proyectos y los duelos. Es madre que acoge, intercede y, sobre todo, nos enseña a mirar con los ojos del corazón.
Hemos estrenado la alegría de la fiesta. Es la alegría de la víspera. A veces la vivimos con más intensidad que en el mismo día de la fiesta porque somos seres de futuro, de proyecto, de esperanza. Aún no somos plenamente, somos más lo que seremos. El “ya pero todavía no”, lo tenemos a flor de piel.
Decía el Papa a los jóvenes en la Eucaristía: “Y por eso aspiramos continuamente a un 'más' que ninguna realidad creada nos puede dar; sentimos una sed tan grande y abrasadora, que ninguna bebida de este mundo puede saciar. No engañemos nuestro corazón ante esta sed, buscando satisfacerla con sucedáneos ineficaces. Más bien, escuchémosla. Hagámonos de ella un taburete para subir y asomarnos, como niños, de puntillas, a la ventana del encuentro con Dios. Nos encontraremos ante Él, que nos espera; más bien, que llama amablemente a la puerta de nuestra alma (cf. Ap 3,20). Y es hermoso, también con veinte años, abrirle de par en par el corazón, permitirle entrar, para después aventurarnos con Él hacia espacios eternos del infinito".
San Agustín, hablando de su intensa búsqueda de Dios, se preguntaba: «¿Qué es, entonces, esa cosa tan esperada [...]? ¿La tierra? No. ¿Algo que se origina en la tierra, como el oro, la plata, el árbol, la mies, el agua? [...] Todas estas cosas causan deleite, son hermosas, son buenas» (Sermón 313/ F, 3). Y concluía: «Busca a quien las hizo: él es tu esperanza» (ibíd.). Pensando, luego, en el camino que había recorrido, rezaba diciendo: «Y he aquí que tú [Señor] estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando [...]. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y respiré, y ya suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz» (Confesiones, 10, 27).
Hermanas y hermanos, son palabras muy hermosas, que nos recuerdan lo que decía el Papa Francisco en Lisboa, durante la Jornada Mundial de la Juventud, a otros jóvenes como ustedes: «Cada uno está llamado a confrontarse con grandes preguntas que no tienen [...] una respuesta simplista o inmediata, sino que invitan a emprender un viaje, a superarse a sí mismos, a ir más allá [...], a un despegue sin el cual no hay vuelo.No nos alarmemos, entonces, si nos encontramos interiormente sedientos, inquietos, incompletos, deseosos de sentido y de futuro [...]. ¡No estamos enfermos, estamos vivos!» (Discurso en el encuentro con los jóvenes universitarios, 3 agosto 2023).
Hay una inquietud importante en nuestro corazón, una necesidad de verdad que no podemos ignorar, que nos lleva a preguntarnos: ¿qué es realmente la felicidad? ¿Cuál es el verdadero sabor de la vida? ¿Qué es lo que nos libera de los pantanos del sinsentido, del aburrimiento y de la mediocridad?”
Nuestros jóvenes conocen esos pantanos. Es alarmante: en Euskadi, el suicidio es ya la primera causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. 6 de cada 10 lo han pensado en algún momento. Un cuarto de ellos toma antidepresivos. Muchos jóvenes no quieren morir, pero no saben cómo vivir. Detrás hay heridas: ansiedad, desestructuración familiar, presión social y estética, miedo al fracaso, y falta de vínculos verdaderos. A esto se une el uso excesivo y adictivo del móvil, las redes que comparan, que exigen reconocimiento propio, que aíslan, que absorben la atención hasta el punto de robar el descanso, el sueño y la paz. Nuestros jóvenes hoy en Vitoria necesitan sentido. Eso se espera, aunque sea inconscientemente, también de la fiesta.
Les decía el Papa en la Vigilia “que cuando el instrumento domina al hombre, el hombre se convierte en un instrumento: sí, un instrumento de mercado y a su vez en mercancía. Sólo relaciones sinceras y lazos estables hacen crecer historias de vida buena.
Comprar, acumular, consumir no es suficiente. Necesitamos alzar los ojos, mirar a lo alto, a las «cosas celestiales» (Col 3,2), para darnos cuenta de que todo tiene sentido, entre las realidades del mundo, sólo en la medida en que sirve para unirnos a Dios y a los hermanos en la caridad, haciendo crecer en nosotros “sentimientos de profunda compasión, de benevolencia, de humildad, de dulzura, de paciencia” (cf. Col 3,12), de perdón (cf. ibíd., v. 13) y de paz (cf. Jn 14,27), como los de Cristo (cf. Flp 2,5). Y en este horizonte comprenderemos cada vez mejor lo que significa que «la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5,5)”.
Somos seres sedientos e insatisfechos. Aún los más felices, percibimos “una cierta insatisfacción dentro de la satisfacción.” ¿Quién no pediría más a la familia, a los amigos o a la Iglesia? Pues la respuesta a esa insatisfacción es Cristo que como Dios y hombre colma plenamente la sed del corazón humano. María nos trae a Jesús. “Nacido de mujer”, dirá San Pablo, es la respuesta a nuestra sed. El Señor nos espera en las fiestas porque las estrenamos con sed de felicidad. Las fiestas se convierten en test demuestra felicidad, en banco de prueba de nuestra alegría.
“Muy queridos jóvenes, nuestra esperanza es Jesús. Es Él, como decía san Juan Pablo II, «el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, [...] para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna» (XV Jornada Mundial de la Juventud, Vigilia de oración, 19 agosto 2000).
San Agustín escribió: «Tú mismo lo mueves a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. [...] Que yo, Señor, te busque invocándote y te invoque creyendo en ti» (Confesiones, I, 1)”.
“Aspiren a cosas grandes, a la santidad, allí donde estén. No se conformen con menos. Entonces verán crecer cada día la luz del Evangelio, en ustedes mismos y a su alrededor. Los encomiendo a María, la Virgen de la esperanza”. Así les despedía en la Eucaristía.
Queridos amigos, son las fiestas de la Blanca en el Jubileo de la esperanza. Termino con unas palabras del Presidente de la Conferencia Episcopal Española el viernes en la Plaza de San Pedro ante 30.000 jóvenes: “El Jubileo es oportunidad de ofrecer una alianza de esperanza a quien quiera escucharnos, a quien quiera compartir con nosotros algún tramo del camino. Queremos ofrecer la alegría del Evangelio y así dar testimonio en nuestras calles y plazas de la belleza de creer en Dios, dar testimonio de una comprensión de la persona, del cuerpo, de la sexualidad vinculada al amor y a la transmisión de la vida. Dar testimonio de una forma diferente de plantearnos la economía, la cultura, la política. Dar testimonio de una cercanía singularísima a los pobres, queriendo acoger en nuestra casa y en nuestro corazón a quienes están solos, a quienes sufren cualquier tipo de dolor, de sufrimiento, a quienes vienen de lejos, a quienes estando cerca
de nuestras casas, nuestro corazón cerrado no descubre como un grito que nos está permanentemente llamando”.
Que así sea. ¡Viva la Virgen Blanca! Gora Andra Mari Zuria!
+Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria
En la iglesia de San Miguel, a 4 de agosto de 2025,
en las Solemnes Vísperas de la Virgen Blanca
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