Palabras del Obispo de Vitoria por el Viernes Santo 2026
Compartimos el texto íntegro de Mons. Juan Carlos Elizalde, Obispo de Vitoria, leído durante el Oficio de la Muerte del Señor en el Viernes Santo en la Catedral de María Inmaculada, Madre de la Iglesia, de Vitoria.

HOMILIA DEL OBISPO DE VITORIA
MONSEÑOR JUAN CARLOS ELIZALDE
VIERNES SANTO 2026
Doy voz al Papa León XIV en sus homilías de esta su primera Semana Santa para dirigiros mi palabra en los Oficios Litúrgicos de este Viernes Santo en la Concatedral María Inmaculada, Madre de la Iglesia.
“Queridos hermanos y hermanas:
Mientras Jesús recorre el camino de la cruz, nos ponemos detrás de Él y seguimos sus pasos. Y al caminar con Él, contemplamos su pasión por la humanidad, su corazón que se rompe, su vida que se convierte en un regalo de amor.
Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte.” Papa León XIV. Domingo de Ramos”.
Estas fueron sus palabras en la Misa Crismal:
“La libertad de Jesús cambia el corazón, sana las heridas, perfuma y hace brillar nuestros rostros, reconcilia y reúne, perdona y resucita. En este primer año en el que presido la Misa Crismal como Obispo de Roma, deseo reflexionar con ustedes sobre la misión a la que Dios nos consagra como su pueblo. Es la misión cristiana, la misma de Jesús, no otra. En ella participa cada uno según su propia vocación y en una obediencia muy personal a la voz del Espíritu, ¡pero nunca sin los demás, nunca descuidando o rompiendo la comunión! Obispos y presbíteros, al renovar nuestras promesas, estamos al servicio de un pueblo misionero. Somos, junto con todos los bautizados, el Cuerpo de Cristo, ungidos por su Espíritu de libertad y de consuelo, Espíritu de profecía y de unidad.
Lo que Jesús vive en los momentos culminantes de su misión ya se anticipa en el pasaje de Isaías, que Él mismo señaló en la sinagoga de Nazaret como la Palabra que «hoy» se cumple (cf. Lc 4,21). En la hora de la Pascua, de hecho, queda definitivamente claro que Dios consagra para enviar. Él «me envió» (Lc 4,18), dice Jesús, describiendo ese movimiento que une su Cuerpo a los pobres, a los prisioneros, a quienes caminan a tientas en la oscuridad y a quienes se encuentran oprimidos.
Y nosotros, miembros de su Cuerpo, llamamos “apostólica” a una Iglesia enviada, no estática, impulsada más allá de sí misma, consagrada a Dios en el servicio a sus criaturas: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes» (Jn 20,21).
Sabemos que ser enviados implica, en primer lugar, un desprendimiento, es decir, el riesgo de dejar lo que es familiar y seguro, para adentrarse en lo nuevo. Es interesante que «con el poder del Espíritu» (Lc 4,14), descendido sobre Él después del Bautismo en el Jordán, Jesús regrese a Galilea y vaya «a Nazaret, donde se había criado» (v. 16). Es el lugar que ahora debe abandonar. Se mueve «como de costumbre» (ibíd.), pero para inaugurar un tiempo nuevo. Ahora deberá partir definitivamente de aquel pueblo, para que madure lo que allí ha germinado, sábado tras sábado, en la escucha fiel de la Palabra de Dios. Del mismo modo, llamará a otros a partir, a arriesgarse, para que ningún lugar se convierta en una celda, ninguna identidad en una guarida.
Queridos hermanos, nosotros seguimos a Jesús, quien «no consideró la igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo» (Flp 2,6-7). Toda misión comienza con ese tipo de vaciamiento en el que todo renace. Nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios no nos puede ser quitada, ni se puede perder, pero tampoco pueden borrarse los afectos, los lugares y las experiencias que están en el origen de nuestra vida. Somos herederos de tanto bien y, al mismo tiempo, de los límites de una historia en la que el Evangelio debe llevar luz y salvación, perdón y sanación.
Así, la misión comienza por la reconciliación con nuestros orígenes, con los dones y los límites de la formación recibida; al mismo tiempo, no hay paz sin el valor de partir, no hay conciencia sin la audacia del desprendimiento, no hay alegría sin arriesgar. Somos el Cuerpo de Cristo si nos ponemos en movimiento, saliendo de nosotros mismos, haciendo las paces con el pasado sin quedarnos prisioneros de él: todo se recupera y se multiplica si primero se deja ir, sin miedo. Es un primer secreto de la misión. Y no se experimenta una sola vez, sino en cada nuevo comienzo, en cada ulterior envío.
El camino de Jesús nos revela que la disponibilidad para perder, para vaciarse, no es un fin en sí misma, sino una condición para el encuentro y la intimidad. El amor sólo es verdadero si está desarmado, necesita pocas cosas, ninguna ostentación, y custodia con delicadeza la debilidad y la desnudez.
Nos cuesta lanzarnos a una misión tan expuesta, y sin embargo no hay «buena nueva para los pobres» (cf. Lc 4,18) si acudimos a ellos con signos de poder, ni hay auténtica liberación si no nos liberamos de la posesión.
Aquí tocamos un segundo secreto de la misión cristiana. Tras el desprendimiento está la ley del encuentro. Sabemos que, a lo largo de la historia, la misión ha sido no pocas veces trastocada por lógicas de dominio, totalmente ajenas al camino de Jesucristo. San Juan Pablo II tuvo la lucidez y el valor de reconocer que «por el vínculo que une a unos y otros en el Cuerpo místico, y aún sin tener responsabilidad personal ni eludir el juicio de Dios, el único que conoce los corazones, somos portadores del peso de los errores y de las culpas de quienes nos han precedido». San Juan Pablo II, Bula de convocación del Gran Jubileo del año 2000.
Por consiguiente, es ahora prioritario recordar que ni en el ámbito pastoral, ni en el ámbito social y político, el bien puede provenir de la prepotencia. Los grandes misioneros son testigos de acercamientos cuidadosos, cuyo método consiste en compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculadora, el diálogo y el respeto. Es el camino de la encarnación, que siempre y de nuevo toma la forma de la inculturación. La salvación, de hecho, sólo puede ser acogida por cada uno en su lengua materna. «¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua?» ( Hch 2,8).
La sorpresa de Pentecostés se repite cuando no pretendemos dominar los tiempos de Dios, sino que confiamos en el Espíritu Santo, que “está presente también hoy, como en tiempos de Jesús y de los apóstoles, está presente y actuante, llega antes que nosotros, trabaja más y mejor que nosotros; a nosotros no nos corresponde ni sembrarlo ni despertarlo, sino ante todo reconocerlo, acogerlo, seguirlo, abrirle camino e ir tras él. Está ahí y nunca ha perdido la esperanza respecto a nuestro tiempo; por el contrario, sonríe, baila, penetra, envuelve, llega incluso allí donde nunca hubiéramos imaginado”. C.M. Martini, Tre racconti dello Spirito, Milán 1997, 11.
Para establecer esta sintonía con lo invisible, es necesario llegar con sencillez al lugar al que se nos envía, honrando el misterio que cada persona y cada comunidad lleva consigo: una sacralidad que nos trasciende por todas partes y que se vulnera cuando nos comportamos como dueños de los lugares y de la vida ajena. Somos huéspedes: lo somos como obispos, como sacerdotes, como religiosas y religiosos, como cristianos. De hecho, para acoger debemos aprender a dejarnos acoger. Incluso los lugares donde la secularización parece más avanzada no son tierra de conquista, ni de reconquista: «Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús […]. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de las ciudades». Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 73-74.
Esto sólo ocurre si en la Iglesia caminamos juntos, si la misión no es una aventura heroica de alguien, sino el testimonio vivo de un Cuerpo con muchos miembros.
Existe además una tercera dimensión, quizá la más radical, de la misión cristiana. Ya en la violenta reacción de los habitantes de Nazaret ante las palabras de Jesús se manifiesta la dramática posibilidad de la incomprensión y del rechazo: «Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo» (Lc 4,28-29). Aunque la lectura litúrgica haya omitido esta parte, lo que nos disponemos a celebrar a partir de esta tarde nos compromete a no huir, sino a “pasar en medio” de la prueba, como Jesús, quien, arrastrado por la gente hasta el borde del precipicio, «pasando en medio de ellos, continuó su camino» (Lc 4,30). La cruz es parte de la misión; el envío se vuelve más amargo y atemorizante, pero también más gratuito y revolucionario. La ocupación imperialista del mundo se ve entonces interrumpida desde dentro, la violencia que hasta hoy se erige en ley queda desenmascarada. El Mesías pobre, prisionero, oprimido, se precipita en la oscuridad de la muerte, pero así saca a la luz una nueva creación.
¡De cuántas resurrecciones somos testigos también nosotros, cuando, liberados de una actitud defensiva, nos entregamos al servicio como una semilla en la tierra! Podemos atravesar en nuestra vida situaciones en las que parece que todo ha terminado. Entonces nos preguntamos si la misión ha sido inútil. Es cierto, a diferencia de Jesús, nosotros también vivimos fracasos que dependen de nuestra insuficiencia o de la de los demás, a menudo de una maraña de responsabilidades, de luces y sombras. Pero podemos hacer nuestra la esperanza de muchos testigos.
Recuerdo uno, a quien estimo particularmente. Un mes antes de su muerte, en el cuaderno de los Ejercicios espirituales, el santo obispo Óscar Romero escribía: «El Sr. Nuncio de Costa Rica me avisó de peligros inminentes para esta semana. […] Las circunstancias desconocidas se vivirán con la gracia de Dios. Él asistió a los mártires y si es necesario lo sentiré muy cerca al entregarle mi último suspiro. Pero que más valioso que el momento de morir es entregarle toda la vida y vivir para él. […] Me basta para estar feliz y confiado saber con seguridad que en él está mi vida y mi muerte que, a pesar de mis pecados, en él he puesto mi confianza y no quedaré confundido y otros proseguirán con más sabiduría y santidad los trabajos de la Iglesia y de la Patria».
Queridas hermanas y hermanos, los santos hacen la historia. Este es el mensaje del Apocalipsis. «La gracia y la paz de parte […]de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra» (Ap 1,4-5). Este saludo resume el camino de Jesús en un mundo en conflicto entre potencias que lo devastan. En su interior se gesta un pueblo nuevo, no de víctimas, sino de testigos. En esta hora oscura de la historia, Dios ha querido enviarnos a difundir el perfume de Cristo donde reina el olor de la muerte. Renovemos nuestro “sí” a esta misión que nos pide unidad y que trae la paz. ¡Sí, aquí estamos! ¡Superemos el sentimiento de impotencia y de miedo! Nosotros anunciamos tu muerte, Señor, proclamamos tu resurrección, en la espera de tu venida”.
Añado algún fragmento de su homilía de Jueves Santo comentando el Lavatorio de pies:
“Junto con la muda sorpresa de sus discípulos, incluso el orgullo humano nos hace abrir los ojos a lo que está sucediendo. Al igual que Pedro, que al principio se resiste a la iniciativa de Jesús, también nosotros debemos «aprender continuamente que la grandeza de Dios es diversa de nuestra idea de grandeza; […] porque sistemáticamente deseamos un Dios de éxito y no de pasión» (Homilía de la Misa in Coena Domini, 20 marzo 2008). papa Benedicto XVI.
Necesitamos su ejemplo para aprender a amar, no porque seamos incapaces de ello, sino precisamente para educarnos a nosotros mismos y a los demás en el verdadero amor. Aprender a actuar como Jesús, Signo que Dios imprime en la historia del mundo, es la tarea de toda una vida.
En los obispos y en los presbíteros, constituidos «sacerdotes del Nuevo Testamento» según el mandato del Señor (Conc. de Trento, De Missae Sacrificio, 1), reside el signo de su caridad hacia todo el Pueblo de Dios, al que estamos llamados a servir, amados hermanos, con todo nuestro ser”.
Termino con sus palabras en el Domingo de Ramos:
“Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy. En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra.
Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!
Con las palabras del siervo de Dios, el obispo Tonino Bello, quisiera confiar este clamor a María Santísima, que está bajo la cruz de su Hijo y llora también a los pies de los crucificados de hoy:
“Santa María, mujer del tercer día, danos la certeza de que, a pesar de todo, la muerte ya no tendrá poder sobre nosotros. Que los días de las injusticias de los pueblos están contados. Que los destellos de las guerras se están reduciendo a luces crepusculares. Que los sufrimientos de los pobres han llegado a sus últimos estertores. […] Y que, por fin, las lágrimas de todas las víctimas de la violencia y el dolor pronto se secarán, como la escarcha bajo el sol de la primavera” (cf. Maria, donna dei nostri giorni).
+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria
En la Concatedral de María Inmaculada, Madre de la Iglesia
a 3 de abril de 2026, Viernes Santo
Puedes descargarte aquí la reflexión en PDF.
