Vivir y celebrar la fe

El encuentro personal con el Amor de Jesús que nos salva

“La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más. Pero ¿qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en oración para pedirle a Él que vuelva a cautivarnos. Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial” (EG 264).

El encuentro con Jesucristo es la finalidad y el punto de partida de la evangelización. La experiencia profunda de Dios y la comunión con Cristo en los sacramentos, especialmente en la celebración de la Eucaristía y de la Reconciliación, transforman nuestra vida. Vivimos y celebramos personal y comunitariamente el encuentro con Dios y la mediación de la gracia de Cristo. En nuestras celebraciones litúrgicas se expresa que “Cristo resucitado y glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza, y (que) no nos faltará su ayuda para cumplir la misión que se nos encomienda” (EG 275). En ellas el Espíritu nos fortalece en la fe y se visibiliza la misión evangelizadora de la Iglesia. Y ellas mismas son parte imprescindible del anuncio evangélico. La experiencia de Dios y la comunión con Cristo son fuente de alegría y antídoto contra el pesimismo, el fatalismo y la desconfianza. Para mantener vivo el ardor misionero hemos de confiar en el Espíritu Santo, porque él “viene en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8,26), haciéndonos misteriosamente fecundos (EG 280). Esta experiencia de Dios la prolongamos en la vida diaria, espacio en el que se reproduce el encuentro salvífico y transformador con el Señor en el servicio, especialmente a las personas desfavorecidas.

Nuestra realidad eclesial nos dice que un número no pequeño de laicos, hombres y mujeres, actúan desde la experiencia de una fe vivida y celebrada. Esta experiencia no es solo ocasión de su sanación y renovación interior como hijos e hijas de Dios, sino también fuente de su implicación en las tareas eclesiales y sociales. Todo ello ha de ser conocido y, en cierto modo, participado y vivido en la comunidad cristiana. La participación en Consejos, el desempeño de las variadas responsabilidades en la vida diocesana y parroquial, los problemas y dificultades de la vida laboral, las inquietudes estudiantiles o de la vida familiar, o las de las actividades y compromisos sociales…, por ejemplo, han de ser realidades tenidas en cuenta en la espiritualidad y en el compromiso de las comunidades cristianas. “El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él” (EG 266).

Los grandes desafíos del mundo actual y de nuestra Iglesia reclaman nuevas respuestas en orden a la acción misionera de nuestra comunidad diocesana, lo que, a su vez, también exige ser conscientes de la primacía de la gracia (EG 112; GE 47-59) y celebrar el amor misericordioso de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado, como “depositarios de un bien (la fe) que nos humaniza” (EG 264).

Además de expresar de diversos modos estas inquietudes, en el periodo de discernimiento se han constatado algunos aspectos negativos en nuestra Diócesis. A modo de ejemplo, señalamos algunos con el deseo de superarlos:

  • la carencia de laicos y laicas bien formados para la celebración de la Palabra;
  • la separación entre las celebraciones y la vida, entre nuestra vida de fe y nuestros compromisos socio-laborales;
  • el descuido de la oración personal, y el poco conocimiento y escucha de la Palabra de Dios;
  • la no actualización del lenguaje y la simbología de la liturgia, por lo que dice poco a las nuevas generaciones.

Señalamos igualmente, también a modo de ejemplo, los aspectos positivos que se han subrayado en el periodo de discernimiento que hemos vivido como Diócesis:

  • se ha mejorado mucho la preparación de las celebraciones, tanto las comunes del arciprestazgo como las más cercanas;
  • se han creado espacios de oración, silencio e interiorización; se participa en retiros parroquiales, arciprestales y diocesanos; se preparan celebraciones de la Palabra…, que estimulan la vida espiritual de la persona creyente y su vocación específica;
  • se desarrollan ciertas iniciativas diocesanas (“Misa de Jóvenes”, Ejercicios Espirituales…), como otras de ámbito parroquial y arciprestal (“Misa de las familias”, “las hojas dominicales”, por ejemplo), que ayudan a vivir la fe de forma más comunitaria y responsable.

A la luz de estas consideraciones, y con el propósito de abordar nuevos modos de evangelización, se apuesta por:

  1. Potenciar los equipos ministeriales, formados por presbíteros, laicos y laicas, en el ámbito de la celebración de la Palabra.
  2. Personalizar la fe: fomentar espacios de interioridad y silencio; cuidar y fortalecer la espiritualidad personal, familiar y comunitaria, dando primacía a la escucha orante de la Palabra de Dios (cfr. GE 147-157)…; cultivando la dimensión vocacional de la vida cristiana, pues cada personas “es una misión en esta tierra” y para esto está en el mundo (EG 273).
  3. Celebrar y vivir la Eucaristía, especialmente la dominical, como fuente de la identidad y misión de la Iglesia y del creyente, dejando que Cristo penetre en su existencia con su gracia, y uniendo fe y vida en los distintos escenarios de la vida creyente (familia, trabajo, formación, ocio…).
  4. Acompañar personal y comunitariamente en los distintos momentos de la vida; y atender de forma personalizada en el sacramento de la Penitencia, con diálogo personal y absolución individual.
  5. En comunión con la Iglesia universal y con fidelidad al nuevo Misal Romano, actualizar y cuidar la simbología y lenguaje de nuestras celebraciones.

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