“Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me complazco” (Lc 3,22)

Quizás aún resuenen en tu interior estas palabras del Evangelio que escuchaste ayer en la celebración de la fiesta del Bautismo del Señor.

José Antonio Pagola decía hace unos años:

«Una de las mayores desgracias del cristianismo contemporáneo es haber olvidado, en buena parte, esta experiencia nuclear de la fe cristiana: “Yo soy amado, no porque soy bueno, santo y sin pecado, sino porque Dios es bueno y me ama de manera incondicional y gratuita en Jesucristo”. Soy amado por Dios ahora mismo, tal como soy, antes de que empiece a cambiar».

¡Qué hermosa tarea la de preparar el corazón de nuestros niños y niñas para que sientan que Dios les ama tal como son! Y aquí también tenemos que buscar el concurso de las familias. Decía el papa Francisco a las familias de los niños que bautizó en esta misma fiesta en 2016:

«Quisiera deciros solo una cosa, que se refiere a vosotros: la transmisión de la fe se puede hacer solo “en dialecto”, en el dialecto de la familia, en el dialecto de papá y mamá, del abuelo, de la abuela.(…) Vuestra tarea es transmitir la fe, pero hacerlo con el dialecto del amor de vuestra casa, de la familia».

¿Qué mejor imagen del amor de Dios que el amor de mamá y papá?

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