«Santa Teresa de Calcuta, al amparo de Nuestra Señora»

  • Tribuna de opinión firmada por Albert Vergés, Laico Misionero de la Caridad (LMC).

“Hoy, 19 de agosto de 1949, deja Saint Mary’s, Entally, para trabajar por los pobres en los suburbios de Calcuta. Para esta difícil tarea pone toda su confianza en el Inmaculado Corazón de María”.

Así recogió ese primer día de Madre Teresa en las calles de Calcuta quien había sido su director espiritual, el Padre J. Henry SJ.

Esa confianza completa de Madre Teresa con Nuestra Señora (como ella siempre se refería a la Virgen María) venía ya de lejos, cuando, siendo adolescente, había decidido dedicarse a la vida religiosa ante la Virgen de Letnica en Kosovo. Tras 21 años en la congregación de Loreto, ¿qué había llevado a esta mujer de etnia albanesa a abandonar la comodidad de la escuela donde era directora y salir sola a los asentamientos más pobres de la ciudad?

Con la publicación de sus cartas privadas en el libro 'Ven, sé mi Luz', el público en general conoció en 2003 acerca de ese “día de la inspiración” en septiembre de 1946, en ese tren que la llevaba a un retiro a Darjeeling y en el que vivió una experiencia fundante. Durante dos años, mediante una especie de diálogo interior, Jesús le mostró el amor que tiene por cada uno de nosotros, y la llamó a ser su Luz ahí donde los corazones viven en la oscuridad porque no lo conocen. Madre Teresa explicaría cómo sin la ayuda de Nuestra Señora, no habría podido entender ese “Tengo Sed” de Jesús de amor y de almas.

Nuestra Señora mostraría a Madre Teresa el significado de esa Sed, al igual que con su fidelidad a los pies de la Cruz había posibilitado que Juan lo escuchase. Madre Teresa decía que Nuestra Señora fue la primera Misionera de la Caridad, ya que –al saber que esperaba a Jesús en su vientre– fue corriendo a compartir la alegría de amar con su prima Isabel. Al Corazón Inmaculado de María consagró Madre Teresa su nueva congregación y, mediante un permiso del Vaticano, la congregación celebra el día del Inmaculado Corazón de María el 22 de agosto, fecha en la que se celebraba litúrgicamente esta festividad con anterioridad.

La Virgen María representa en plenitud los tres elementos que Madre Teresa estableció como propios del “Espíritu de la Compañía de las Misioneras de la Caridad”, como son: la confianza amorosa, la entrega total y la alegría.

Su oración preferida fue el Rosario. En uno de sus diálogos, la Virgen María le dijo: “Cuida de ellos– son míos [los pobres]. Llévaselos a Jesús, tráeles a Jesús. No temas. Enséñales a rezar el Rosario, el Rosario en familia y todo irá bien…”

Una vez le preguntaron: “¿Por qué siempre lleva un rosario en la mano aunque no lo rece en ese momento?”, a lo que ella contestó: “Es como ir de la mano de Nuestra Señora”. Con el tiempo sabríamos que así se había visto ella en una de las tres visiones que acompañaron a ese diálogo interior anteriormente citado. De la mano de la Virgen María se vio a los pies de la Cruz, con Jesús crucificado en medio de los más pobres.

Otras oraciones que usaba eran la “novena voladora” (diez Acordaos, contando ya el último como agradecimiento por lo que se nos concederá al rezarla) y una oración de mayor “emergencia” como es: “María, Madre de Jesús, sé una madre para mí, ahora”.

Obsequiaba a todo aquel con quien se encontraba con un rosario y repartió durante su vida miles de medallas de la Virgen de la Medalla Milagrosa, que siempre llevaba consigo.

Madre Teresa vivió en íntima comunión con la persona y la gracia de Nuestra Señora. En su Inmaculado Corazón ella veía el corazón más vacío de ego y de orgullo, el más humilde, y en ello veía la condición para recibir y dar a Dios completamente. Es en el silencio del corazón donde Dios nos habla. El fruto de esa oración es la fe y el fruto de la fe es el amor y el servicio hacia los demás.

También conocemos ahora, mediante sus cartas personales, que tras este periodo de gracia especial que le llevó a dar su “Sí” incondicional a Jesús y a Nuestra Señora, le siguió una “noche oscura” de casi 50 años.

En esa oscuridad en lo sensible, la Virgen María la acompañó, la ayudó a “ver”, y la misma Virgen es una presencia que nos ayuda en nuestra posible propia oscuridad, que nos consuela, nos sostiene en nuestra debilidad y nos acompaña para poder escuchar en nuestro corazón ese “Tengo Sed” de Jesús por ti y por mí.

Esa oscuridad es un ejemplo para nosotros, ya que en ella Madre Teresa se aferró aún más a Dios, en su aparente ausencia. Su respuesta fue amar más, entregarse más a los más pobres de los pobres, saliendo cada día a las “Calcutas del mundo” y sabiendo, mediante la fe, que Dios está ahí, en cualquier realidad y situación.

En esas “Calcutas” se dan las heridas del hombre y la mujer del siglo XXI. Madre Teresa nos anima a encontrar “nuestra Calcuta” ahí donde estemos, empezando quizás por nuestra propia Calcuta interior en nuestro corazón, ya que estamos llamados a ser transformados por Dios, quien nos ama sin límite y quiere sacar de nosotros nuestra mejor versión. Y por ese misterio de Amor, tras esa transformación, poder ser su Luz ahí donde estemos, mostrando el Amor de Dios en nuestra familia, en nuestro vecindario o lugar de estudio o de trabajo.

Decía Madre Teresa que “con ella y como ella [la Virgen María] aprendemos a estar al lado del doloroso disfraz de Jesús en el mundo de hoy, en especial en las vidas de los más pobres entre los pobres, material y espiritualmente, y así saciar Su sed de amar y ser amado”.

Inmaculado Corazón de María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.

Santa Teresa de Calcuta, ruega por nosotros.


Albert Vergés, Laico Misionero de la Caridad (LMC).

 


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