Evangelio del día: «¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido». Lc15,3-7

Trabajo decente frente a la precarización

La proliferación en nuestro mundo de palabras que a base de ser repetidas una y otra vez pierden su sentido hace que muchas personas recelen cuando solicitamos trabajo decente para todo el mundo. ¿Qué queremos decir cuando decimos “Trabajo Decente”? Este término se comenzó a usar en la OIT en 1999, y supone: “trabajo desarrollado en condiciones de libertad, equidad y seguridad, que no atente contra la dignidad del ser humano. Trabajo con derechos, protegido por el marco legal, y en el que las decisiones se toman a través del diálogo y la negociación entre las partes”

Trabajo DecenteEs decir, el trabajo decente desaparece cuando siguen muriendo personas en su puesto de trabajo, o enfermando gravemente porque la ley de prevención de riesgos “también sufre los recortes de la crisis” y se relaja su aplicación.

Desaparece el trabajo decente cuando los responsables de las asociaciones empresariales deciden unilateralmente qué derechos se deben mantener y cuáles se deben “relajar”, cuando los gobiernos se pliegan a estas exigencias, y dejan desprotegidos a trabajadores y trabajadoras.

No existe trabajo decente cuando constatamos cómo la crisis la están pagando trabajadores y trabajadoras, personas con un nombre, que proyecta negras sombras sobre sus proyectos de vida y los de sus familias, mientras se pierden las subvenciones públicas que se ofrecieron hace pocos años para “solucionar” los problemas, así como aumentan las rebajas en fiscalidad a las grandes empresas.

Desaparece el trabajo decente cuando las grandes empresas amenazan con deslocalizar su producción si los sindicatos no aceptan condiciones laborales draconianas que impiden una vida familiar con momentos de descanso y de encuentro.

Trabajo decente no es que dos personas en el mismo puesto y con las mismas responsabilidades de trabajo perciban salarios diferentes, con la única diferencia de que una de ella es una mujer, o una persona joven, o una becaria, o con un contrato en prácticas, o una persona con discapacidad.

El trabajo decente se relaciona directamente con una sociedad decente, es decir, aquella sociedad en la que las instituciones no humillan a las personas: con tarjetas de “alimentación”, o con sospechas que unen pobreza y fraude, o con desahucios que se ven con indiferencia desde las instituciones, o con una fiscalidad que castiga a las personas más pobres y que no exige responsabilidad de los grandes despilfarros, ni a las “negras” tarjetas, ni a los porcentajes de las comisiones. No somos conscientes de que si no se promueve un trabajo decente, nuestra sociedad no tiene futuro, porque el futuro solo llegará de la mano de la sostenibilidad y la convivencia social, nunca de los avances en el IBEX, o de las cifras macro que se olvidan de las personas.

El Papa Francisco este agosto último, en una estupenda definición de TRABAJO INDECENTE EN UNA SOCIEDAD INDECENTE, nos lo decía:

“…Cuando el trabajo se separa de la alianza de Dios con el hombre y la mujer, cuando se separa de sus cualidades espirituales, cuando es rehén sólo de la lógica del beneficio y desprecia los afectos de la vida, el abatimiento del alma contamina todo: también el aire, el agua, la hierba, el alimento… La vida civil se corrompe y el hábitat se arruina. Y las consecuencias golpean sobre todo a los más pobres y a las familias más pobres”. 
Librería Editrice Vaticana - AUDIENCIA GENERAL - Miércoles 19 de agosto de 2015

HOAC - Comisión Diocesana

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