Confesión de fe y compromiso social como Iglesia samaritana

Cooperar con la acción liberadora del Espíritu

“Desde el corazón del Evangelio reconocemos la íntima conexión que existe entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse y desarrollarse en toda acción evangelizadora. La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás”
Evangelii Gaudium 178

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  1. Sensibilidad ecológica (¿y cristianismo?)
    18 febrero @ 7:00 pm - 8:30 pm

Jesús inició su vida pública leyendo en la sinagoga el pasaje de Isaías que enuncia: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,15-16)Todas las personas creyentes están llamadas a un compromiso con la justicia que emana de la Buena Noticia y que demanda nuestra fe. Las personas empobrecidas y víctimas de cualquier injusticia son las preferidas de Dios en la comunidad humana; y su sanación, nuestra primera misión.

Jesús se define a sí mismo como Siervo, y, a su vez, toda persona cristiana se define como servidora (Jn 13,1-15; 2Cor 8,9; Filip 2,7-8). Jesús llama a los discípulos y discípulas de todos los tiempos a servir. Es nuestro modo de proceder a la hora de construir el Reino de Paz y Justicia que el Evangelio nos anuncia. Muchas veces descubrimos esta llamada en el rostro de la persona empobrecida y en nuestra actitud ante ella; otras, en los trabajos callados y aparentemente intrascendentes en nuestra propia comunidad. También expresamos nuestra vocación de servicio trabajando por la justicia y la paz; transmitiendo esperanza; identificándonos con las inquietudes de nuestros convecinos; valorando la cultura y las distintas expresiones de nuestro pueblo… Reconocemos el trabajo que muchas personas creyentes hacen en el servicio a la sociedad desde la política, los sindicatos, la defensa del medio ambiente, la cultura y la lengua, incluso en las periferias de nuestra sociedad, contribuyendo a construir una sociedad más evangélica. Y no olvidamos que muchos creyentes viven su identidad de servidores promoviendo activamente el buen funcionamiento de nuestras comunidades, comprometiéndose como catequistas, animadores o agentes pastorales…, haciendo posible la transmisión y celebración de la fe. El servicio de las cristianas y de los cristianos y de la comunidad eclesial constituye una prueba y concreción de su acción evangelizadora.

Pero también tenemos muchas debilidades y limitaciones en nuestro servicio a los más necesitados de nuestra sociedad. Es cierto que vivimos en una sociedad llamada “del bienestar”. Esto nos puede hacer pensar que “todos vivimos bien”, tanto material como espiritualmente. Pero a nuestro alrededor las personas soportan numerosos problemas en su vida cotidiana. Nos falta conocimiento de la realidad social. Nos guiamos por las apariencias, o por tópicos y prejuicios. No conocemos el corazón de los otros. En concreto, constatamos la desigualdad económica creciente en nuestra sociedad, fruto de un deterioro progresivo de los derechos y condiciones laborales. Hoy se puede tener trabajo y ser pobre, pues los empleos que se crean son precarios en condiciones y salario.

He aquí algunas concreciones, a modo de ejemplo, de las debilidades y limitaciones del servicio de la Iglesia, tal como se han apuntado en el análisis realizado en la Diócesis:

  • se necesitan más compromisos encaminados a asumir determinados estilos de vida;
  • no hay una adecuada coordinación diocesana entre las entidades eclesiales que se dedican, como tarea prioritaria, al servicio a los demás; hay un desconocimiento mutuo y una disparidad de criterios de actuación;
  • hay un vacío de denuncia profética ante las injusticias, y pocos creyentes están presentes como Iglesia en determinados sectores de la vida social (por ejemplo, en el mundo obrero y en la cultura).

Podríamos abundar en más debilidades y limitaciones. Pero también debemos aprender de los creyentes, grupos y comunidades de nuestra Iglesia que tienen una actitud más activa, de mayor implicación en el compromiso de la caridad y de la justicia, tanto desde organizaciones eclesiales como sociales. Bastantes tienen gran implicación en distintos voluntariados, aportando su tiempo y su saber, ejerciendo tareas de dirección y gobierno en organizaciones eclesiales y sociales. En algunos casos, estas tareas pueden tener mucha relevancia social; en otros, pueden ser aportaciones humildes y casi anónimas. Por esto, el discernimiento realizado en nuestra Diócesis también ha puesto de relieve aspectos positivos en esta dimensión característica de nuestra identidad creyente. Señalamos algunos ejemplos:

  • aumenta la conciencia de la necesidad del compromiso caritativo y social, y la implicación en el mismo;
  • se valoran positivamente las entidades diocesanas dedicadas al servicio de los más empobrecidos y la labor social que se realiza a través de los centros educativos;
  • crece el compromiso, en forma de voluntariado, de muchos creyentes;
  • hay una mayor sensibilidad y una mayor implicación respecto a las circunstancias y problemas que se viven en otros lugares;
  • tienen más eco las Campañas organizadas en la Diócesis a favor de las personas más desfavorecidas.

Es necesario, con todo, dar nuevos pasos que configuren más activamente esta dimensión del servicio, y que concreten la responsabilidad social de la Iglesia, de las comunidades y de cada creyente. Hemos de trabajar en claves de “búsqueda de la justicia”, superando “paternalismos”, “asistencialismos”, “buenismos”…, coordinándonos con organizaciones eclesiales, sociales y de la Administración Pública… Necesitamos desarrollar un estilo de vida sencillo, austero, compartiendo lo que somos y tenemos; acogiendo al pobre o al migrante como hermano o hermana… Asimismo hemos de percibir las necesidades de nuestras comunidades eclesiales, con el fin de fortalecerlas aportando nuestro tiempo y nuestras cualidades.

Tenemos el convencimiento de que podemos evangelizar con nuestro compromiso con la comunidad y con los otros, y preocupándonos del desarrollo integral de los más empobrecidos. Lo hemos de hacer desde una escucha de la realidad social, para conocerla mejor en todos los ámbitos, profundizando en la reflexión sobre las causas de las injusticias sociales que vivimos… Por esto, apuntamos estas propuestas para desarrollar en el Plan Diocesano de Evangelización:

  1. Alentar y apoyar el compromiso transformador de cada creyente en la sociedad y la vida pública, desde la opción preferencial por las personas empobrecidas y el cuidado de la “casa común”, colaborando en la lucha contra las causas de pobreza y exclusión.
  2. Impulsar personal, comunitariamente y como Iglesia, un estilo de vida más evangélico, incluyendo propuestas alternativas para una economía más ética y centrada en el bienestar de todas las personas, como son: una vida austera, comercio justo, consumo responsable y sostenible, inversión ética, responsabilidad ecológica…
  3. Promover la acogida a las personas empobrecidas como sello distintivo de la comunidad cristiana, trabajando para que cada creyente, y cada grupo al servicio de la caridad, las valore en su dignidad como personas, y no solo como sujetos de necesidad.
  4. Tener voz propia en la denuncia de los grandes temas de injusticia y desigualdad social que se dan en nuestra sociedad y en el interior de nuestra Diócesis, incluyendo los relacionados con la falta de una “ecología humana” y la discriminación de la mujer, buscando la unidad con otros actores en nuestra sociedad.
  5. Apostar por mantener el compromiso misionero con los países del Sur.

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